Palestina e Israel en México

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El reconocimiento del Estado palestino por Noruega, España e Irlanda traerá escasas consecuencias en Medio Oriente, en particular en Gaza y en Cisjordania, pero puede entrañar implicaciones para otros países. Francia y Reino Unido, por ejemplo, ya realizaron declaraciones el día de ayer más avanzadas de lo que habían hecho jamás en cuanto a su propio, posible y ulterior reconocimiento del mismo Estado palestino. Estados Unidos no ha procedido de esta manera y no lo hará seguramente por un tiempo, pero Israel se encuentra cada vez más aislado en el concierto internacional. Lo interesante para nosotros, y con el evidente deseo de hablar de algo que no sean las elecciones del 2 de junio, es qué implicaciones reviste todo esto para México.

Abrimos una Oficina de Representación en Ramala a finales del sexenio de Fox, pero no somos uno de los 124 países que han reconocido al Estado palestino. No lo hemos hecho por muchas razones, pero sin duda una de ellas ha sido no herir sensibilidades de Israel —con quien tenemos un acuerdo de libre comercio—, de Estados Unidos —inútil decir por qué—, e incluso de la comunidad judía en México y Estados Unidos, con las cuales los pleitos en el pasado han resultado muy onerosos para México. Sin embargo, existen razones para pensar que antes de salir de la Presidencia López Obrador quisiera dar este paso, quizás el último de su sexenio en materia de política exterior. Otros dirían que en todo caso sería el primer paso, ya que hasta ahora no ha dado ninguno.

No habría grandes cambios con un tal reconocimiento mexicano. La oficina en Ramala se volvería una embajada, aunque seguramente debido a la austeridad republicana seguiría en funciones el actual jefe de misión, Pedro Blanco, un destacado funcionario. La representación palestina en México ya se autodenomina embajada, su titular se refiere a sí mismo como el embajador de Palestina en México, presentó credenciales a Peña Nieto en 2013, pero en el sentido estricto no lo es. Resulta entonces perfectamente posible que López Obrador se enamore de un gesto de este tipo para dejar una huella, por lo menos una, además de ser amiguito de los cubanos, en materia de política exterior.


Pero hay un problema, como siempre suele suceder en estos asuntos. Como es bien sabido, hay dos mexicanos actualmente radicados en Israel que han sido objeto de solicitudes de extradición por parte del gobierno de México: Andrés Roemer y Tomás Zerón. En el caso de Roemer, un juez ya dijo que procedía la extradición; él está apelando; su caso probablemente llegue a la Suprema Corte de Israel, y aun entonces la última decisión quedará en manos del gobierno de Israel. El de Zerón es más complejo. Ha habido múltiples filtraciones de la conversación de Alejandro Encinas con él en Israel hace más o menos un año; no ha sido detenido hasta ahora, por lo menos que se sepa; y una defensa que descansara en la afirmación de Zerón de que es un perseguido político podría resultar verosímil en Israel.

En otras palabras, si López Obrador decide reconocer al Estado palestino, es poco probable que Roemer o Zerón pisen suelo mexicano antes del 30 de septiembre. Para el gobierno de Israel las iniciativas de España, Noruega e Irlanda son altamente reprobables, y una de México lo sería también. Incluso tal vez los norteamericanos ya le hayan hecho saber a López Obrador que verían con disgusto una nueva provocación. Le han perdonado muchas, pero ya estaría tensando la cuerda.

El otro tema es mucho más delicado. Como se sabe, la Corte Penal Internacional (CPI) expidió en estos días órdenes de aprehensión contra Benjamin Netanyahu, Yoav Gallant (ministro de Defensa de Israel) y Yahya Sinwar de Hamás por crímenes contra la humanidad. Esto sí ha creado una enorme molestia en Estados Unidos y en muchas partes de Europa, sin hablar de Israel, desde luego. Dichas órdenes de aprehensión, emitidas por el fiscal Karim Khan, deben ser ratificadas por la llamada Sala de Cuestiones Preliminares de la CPI. Esta sala la integran tres de los dieciocho jueces de la corte. Da la casualidad que una de las tres es Socorro Flores, miembro distinguido del Servicio Exterior mexicano de larga data, esposa del actual subsecretario de Asuntos Multilaterales. En buena medida de ella depende la ratificación de las órdenes de aprehensión por los jueces de la corte.

En teoría, los gobiernos no cabildean en la Corte Penal Internacional ni en la Corte Internacional de Justicia. Ambas cosas son falsas. Cada gobierno cabildea a su manera y cada uno tiene diversos instrumentos a su alcance para lograr sus propósitos. No tengo duda de que la Cancillería mexicana no quisiera prestarse, de ninguna manera, a un intento de ejercer presión sobre Socorro Flores para que no expidiera las órdenes de aprehensión. Pero al mismo tiempo, no tengo duda de que Washington sí va a presionar a López Obrador para que él, como presidente de todos los mexicanos, incluyendo a la juez en La Haya, sí la presione para que se oponga a la entrega de dichas órdenes de aprehensión. Por cierto, esta es una de las razones por las cuales ha existido siempre una corriente dentro de la Secretaría de Relaciones —corriente con la que ni yo ni mi padre jamás concordamos— en el sentido de que México debe ser muy cuidadoso en ocupar cargos de alto rango en la estructura entera de las Naciones Unidas, visto que se puede llegar a ser objeto de presiones por Estados Unidos en esta materia.

Entonces, ¿reconocer al Estado palestino o no? Creo que AMLO lo desea, pero no sé si lo logre realizar ¿Ratificar las órdenes de aprehensión en la Corte Penal Internacional? Quién sabe ¿Fallar a favor de Sudáfrica y en contra de Israel en la demanda por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia, donde por cierto acabamos de perder el caso de Ecuador, y donde también tenemos un juez desde principios de año? Son todos dilemas que le pueden dar verdaderas jaquecas a los funcionarios de la Cancillería. A López Obrador probablemente no, porque como ya sabemos, todo esto le importa un pepino.

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia.

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