Diario Judío México - Parece que ése es el dilema del cambio de régimen en el que estamos. Por un lado, las necesidades apremiantes del país demandan una velocidad constante para reducir la violencia, la inseguridad, la corrupción y la impunidad; y por otro, la percepción es que, en el camino, se toman decisiones y medidas apresuradas.

Dicen los que saben de política, que ésta es tiempo. Los momentos cuentan mucho y cada acción tiene su instante adecuado. Saber cuándo es tan o más relevante que saber cómo.

Por ello, la manera en que se nos comunican las decisiones del gobierno debe incluir una consideración del tiempo; algo muy complejo, porque los acontecimientos no se detienen y los imprevistos nunca avisan (ésa es precisamente su naturaleza).

Una de las maneras que tiene el Presidente de la República, desde sus años como jefe de Gobierno, de tratar de acomodar el tiempo con sus planes, son las conferencias mañaneras.

Al igual que muchos mexicanos, trato de verlas todas y completas, como un ejercicio simple contra la desinformación. En ese ejercicio de comunicación se trata de explicar el fondo de lo que se hace, a pesar de que la forma original no haya servido para hacerlo desde un principio.

Luego vienen las declaraciones de varios titulares del primer nivel del gobierno federal y, más tarde, la interpretación de los analistas, los mercados y los líderes de opinión.

Desde el espacio de la sociedad civil, se ve la velocidad con la que el Presidente quiere ir en los puntos de su agenda, pero a la vez, se observa la prisa con la que parte de su gabinete aplica sus instrucciones.

Llevarlas a cabo a la carrera trae costos que es difícil atenuar en un solo encuentro con los medios. Del impacto en redes sociales, mejor ni hablar, cada palabra se convierte en una
batalla entre apoyadores y detractores de la llamada Cuarta Transformación.

En estas condiciones, desmontar el régimen anterior a la velocidad que se marcó desde antes de la campaña presidencial, puede seguir provocando los tropiezos naturales de superar los obstáculos con prisa. No obstante, esto no es nuevo.

Cuando Vicente Fox llegó al poder, vivimos más o menos la misma encrucijada, y después de alrededor de un año y medio, todo se hizo con demasiada calma; tanta que nos desesperó.

Con Felipe Calderón, todo se concentró en meterle velocidad a un solo tema: la seguridad, en especial el combate al narcotráfico, el rival que se asignó a sí misma la administración de ese entonces para tratar de avanzar. La violencia que derivó de ese paso trajo de regreso al PRI.

En su mejor estilo, el gobierno de Enrique Peña pisó el acelerador con la confianza que sólo tienen los pilotos curtidos en muchas carreras, pero la falta de frenos (de todo tipo) hizo que el vehículo de su gestión se saliera en la primera de varias curvas.

La prisa por hacer las cosas igual que siempre era notoria y la velocidad se volvió el peor enemigo del partido que llevaba más kilometraje recorrido en nuestra historia política reciente.

Ahora estamos en el inicio de un cambio de época. Serán seis años en los que deben notarse las mejorías pronto. Esas fueron las expectativas que se plantearon y por las que votamos en julio de manera mayoritaria.

No hay tiempo perfecto para ninguna decisión fundamental, menos en política, aunque hay momentos más adecuados que otros, si se planea, se tiene una estrategia y acuerdos sociales mínimos. De lo contrario, todo es prisa.

FuenteExcélsior
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