El viernes pasado, tras una serie de cabildeos tras bambalinas, que pusieron en duda lo que ocurriría con una propuesta de resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU, acerca de los asentamientos israelíes en Cisjordania y Jerusalén oriental, finalmente el tema se abordó y votó. El resultado fue que de los 15 miembros del Consejo, 14 votaron a favor y uno se abstuvo –Estados Unidos– con lo cual la resolución fue aprobada. Durante los ocho años de la administración del presidente Obama, la postura norteamericana, en consonancia con la Cuarta Convención de Ginebra y con el resto de la comunidad internacional, fue la de instar repetidamente al gobierno israelí del premier Netanyahu a suspender la construcción de los mencionados asentamientos. Sin embargo, eso no sucedió, sino que por el contrario, continuó en aumento con el agravante de que en las últimas semanas y a partir del triunfo de Trump, ha habido un envalentonamiento de los partidos de ultraderecha israelí que perciben al magnate y a la persona elegida para ser su embajador en Israel como la ansiada luz verde que les permitirá redoblar la expansión de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén oriental. Incluso, ha habido el intento de legislar en el Parlamento israelí para regularizar y facilitar la creación de nuevos asentamientos. Tal tendencia pone en jaque la viabilidad del establecimiento de un Estado palestino, debido al obstáculo que significa la multiplicación de colonias israelíes en esas zonas
Tanto Obama como sus antecesores en la Presidencia, demócratas o republicanos, consideraron siempre que la solución de “dos Estados para dos pueblos” es la que se debía implementar a fin de resolver el conflicto israelí-palestino. Sólo así se daría satisfacción a la demanda palestina de independencia nacional, al tiempo que permitiría a Israel conservarse como Estado democrático y judío. Sin embargo, es hasta ahora, a menos de un mes de dejar su cargo que, contrariamente a lo que fue su postura tradicional, Obama eligió la abstención y no el veto para posibilitar así la aprobación de la citada resolución que fue recibida con indignación por el actual gobierno israelí, especialmente comprometido con la empresa de expansión de asentamientos, a pesar de su ilegalidad, según derecho internacional, y su desaprobación por parte de segmentos importantes de israelíes y de judíos del mundo. De hecho, para israelíes y palestinos que buscan la viabilidad de la solución de dos Estados, la resolución adoptada es vista como positiva.
Ahora bien, lo aprobado en el Consejo no implica sanciones ni medidas coercitivas, pero evidentemente lanza una advertencia al gobierno israelí acerca de posibles consecuencias en el futuro, en caso de no acatar las recomendaciones de suspender la construcción de asentamientos, asunto que será reportado trimestralmente al Consejo de Seguridad para su evaluación. Por otra parte y a manera de crítica al no veto de la resolución ordenado por Obama, el Presidente electo Trump declaró que, a partir del 20 de enero las cosas serán diferentes en la ONU. No obstante, en el caso de la resolución de marras, ésta no podrá ser legalmente anulada, a menos que se emita y apruebe otra resolución que establezca que los asentamientos no son ilegales ni un obstáculo para la paz, cuestión altamente improbable dado que el consenso internacional va en sentido contrario y una resolución como ésa sería vetada por el resto de los miembros permanentes del Consejo, a saber, Rusia, China. Francia y Gran Bretaña.En este contexto cabe suponer que las exitosas relaciones comerciales y de cooperación que tiene Israel con muchas naciones del mundo en diversas áreas contrastan con la reprobación que la política del gobierno de Netanyahu respecto al conflicto con los palestinos, suscita en la comunidad internacional. Por lo que si tal política continúa, cada vez será más probable que esa reprobación empiece a afectar esas buenas relaciones en perjuicio sobre todo, del propio Israel.
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