Mientras en 1945 las tropas de soldados rusos y norteamericanos entraban a liberar los campos de concentración y exterminio nazis, asqueados por el olor a muerte, y horrorizados por el aspecto de los pocos sobrevivientes que aún encontraron con vida, el mundo se quitaba la venda de los ojos para atestiguar el genocidio más brutal en historia de la humanidad, el Holocausto. El asesinato sistemático de millones de personas -en su gran mayoría judíos- en fábricas de la muerte, habría marcado un parteaguas en la historia de la humanidad.

A partir de estos eventos, se acuñó el término genocidio, y la Organización de las Naciones Unidas firmó la declaración de los derechos humanos. Buscando proteger a todos los individuos sin importar su religión, nacionalidad, raza, género, orientación sexual o etnicidad. Garantizándoles el derecho a la vida digna.

Y también en 1945, mientras los países e instituciones occidentales celebraban el fin del mal, y buscaban reparar los estragos traumáticos de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo capítulo sombrío de éxodo se escribía para los judíos del Medio Oriente. Con el surgimiento del nacionalismo árabe del siglo XX, los judíos del Medio Oriente y el norte de África se convirtieron en una minoría sumamente discriminada y vulnerable.

En 1945, en la región habitaban 850 mil judíos, sin embargo, debido a la violencia y hostilidad por parte de sus vecinos árabes, comenzaron a escapar en calidad de refugiados a Palestina. En 1948, con la inminente creación del Estado de Israel, los árabes -musulmanes en su mayoría- estuvieron en contra de que un país no islámico, existiera como entidad soberana. El rechazo árabe se intensificó, lo que se tradujo en actos violentos, por lo que muchas comunidades judías se vieron obligadas a escapar de las condiciones represivas.

Este fenómeno fue distinto en cada uno de los países del Medio Oriente y el Norte de África, pero en general, las comunidades judías desaparecieron, las sinagogas fueron vandalizadas y destruidas. La vida judía que permaneció en Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Irak, Argelia, Túnez, Marruecos y Yemen por dos mil años, ya no está allí.

Los migrantes cruzaron en camiones el desierto o abordaron los barcos para “hacer América” y encontrar abundancia y paz. Se llevaron con ellos las tradiciones, idioma, sabores y costumbres a diferentes rincones del mundo. Israel, Estados Unidos, México, Panamá, Colombia, Argentina, Brasil y España, entre otros. Aquellos hombres y mujeres sembraron su semilla en países nuevos, y allí depositaron su futuro, el de sus hijos, sus nietos y los nietos de sus nietos. Nunca volvieron y no voltearon para atrás.

Soy nieta de uno de ellos, y por cuestiones del destino, el barco que abordaron mis bisabuelos maternos, y mi abuelo paterno desembarcó en Veracruz, y yo, tengo la suerte de ser mexicana. Mi familia aquí encontró un país que le brindó paz y aceptación. Tengo demasiadas razones para amar a nuestra patria, pues aquí en México hemos podido prosperar como individuos y comunidades.

Sin embargo, tengo que admitir que soy parte de un pueblo melancólico. La mesa de viernes en mi casa siempre tiene platillos de comida árabe, la bendición con la que me despido de mis hijos y esposo en las mañanas es Ala Maak (significa en árabe que Dios esté contigo), y ahora que se conmemoran 75 años de la expulsión de los judíos del Medio Oriente, decidí escribir este artículo para recordar este doloroso capítulo en la historia de mi pueblo. Otro capítulo de obscuridad en el que no fuimos dotados de la protección de los derechos humanos. En el que por intolerancia religiosa fuimos asesinados y perseguidos.

Y sí, en un rincón de mi alma y mi conciencia colectiva, todavía duele.