Con cada cosa que hagas o que pienses debes tener un propósito que no sea la cosa en sí misma, sino la finalidad que a su vez será un medio para alcanzar otro medio, y así consecutivamente ir logrando esas metas que siempre serán subtotales a medio camino.
Cuando no se tiene un propósito, se cree al punto de estar convencido que la finalidad es la cosa en sí misma que se está haciendo. Esto, más allá de dar buenos resultados viendo los logros obtenidos, no conduce sino a una inminente decepción. Lo bueno es que tiene retorno.

Para explicarlo más claramente, trataré de ejemplificarlo con un caso de la vida real cotidiana:
Cuando trabajamos, ya sea como asalariados o empresarios, si la finalidad es el trabajo en sí mismo, no lograremos más que contentarnos con los resultados y los logros del mismo. Y aunque tengamos beneficios económicos, no serán notorios ya que anteponemos el trabajo a la finalidad por la cual trabajamos. Con el paso del tiempo, muy probablemente a corto plazo, la decepción es inmediata dado el hartazgo, la rutina, el cansancio, el estrés, los problemas laborales de los más normales, etc. En cambio, si nos ponemos como propósito lo que haremos con las ganancias obtenidas, ya sean económicas o experimentales, nuestro crecimiento está casi asegurado. Esto es por ser que nunca nada será más beneficioso que beneficiarse a uno mismo como cada uno quiera, por medios propios, sin deberle nada a nadie y sintiéndose satisfecho de haber llegado a ese momento por méritos propios. Satisfacerse a uno mismo puede ser de varias maneras, a veces es dando algo a nuestros seres queridos, etc.

Claro que para muchas personas no es tarea fácil proponerse algo como finalidad, ya que el trabajo lo han antepuesto como primordial dado el tiempo que han estado en su búsqueda, ya sea por la carencia del mismo o por “escapar” a determinadas situaciones.
Uno de los principios de ayuda a este último grupo es tener alguien de confianza a quien puedan desahogar esas penas, frustraciones, enojos, enfados, molestias y demás situaciones laborales a fin de darse cuenta, por medio de la catarsis, a donde los está llevando ese afán de no tener más finalidad que el trabajo en sí mismo. Ese alguien debe ser alguien que sepa escuchar sin juicio, e incluso sin aconsejar. Esa tarea no es fácil y casi no hay personas con esa capacidad. Lamentablemente muchos creen que deben dar un juicio de lo escuchado, analizar la situación y terminar aconsejando. Cuando realmente, lo que el parlante desea no es otra cosa que expresarse y vaciar sus ansias, hacer audible su silencio, ser escuchado y nada más.

Ese ejercicio de hablar con ese alguien, los llevará automáticamente a darse cuenta de dos cosas: la primera es que carecen de una finalidad por la cual trabajan, y la segunda es proponer dicha finalidad que no tiene porqué ser contada a ese alguien. Luego, podrán ver cumplido sus tan anhelados proyectos y alcanzarán el grado de alegría deseado.