Diario Judío México - Fanny Rabel nació en Polonia (agosto 27, 1922). Con su familia (sus padres eran actores de teatro) llegó a París en 1929, donde hizo sus primeros estudios. Cuando se trasladaron a en 1938 ella ingresó a la Escuela Nocturna para Trabajadores, donde se impartían cursos de dibujo y grabado. Al establecer en 1942 la Escuela de Pintura y Escultura (La Esmeralda), ella decide fortalecer su vocación y sigue cursos con José Chávez Morado, Feliciano Peña y Frida Kahlo. Cuando en 1945 iba a tener su primera exposición individual (veinticuatro óleos, trece dibujos, ocho grabados) en la Liga Popular Israelita, Frida Kahlo le escribió una afectuosa y comprensiva presentación. Entonces Fanny usaba todavía el apellido paterno, y así aparece en el texto:

Fanny Rabinovich pinta como vive, con enorme valor, inteligencia y sensibilidad agudas, con todo el valor y la alegría que le dan sus veinte años [en verdad ya contaba veintitrés]. Pero lo que yo juzgo más interesante en su pintura es la raíz profunda que la liga a la tradición y la fuerza de su pueblo [Frida se refiere al pueblo judío]. No es pintura personalista sino social. Le preocupan fundamentalmente los problemas de clase, y ha observado con una madurez excepcional, el carácter y el estilo de sus modelos, dándole siempre una viva emoción. Todo esto sin pretensiones, y llena de feminidad y finura que la hacen tan completa.

En septiembre de 1955, Fanny Rabel iba a tener una muestra individual en el Salón de la Plástica Mexicana. Entonces le pidió a Leopoldo Méndez que le diera su opinión para el catálogo. Era una solicitud nacida del cariño al compañero, al maestro del Taller de Gráfica Popular, al artista cuya obra y cuya línea de conducta Fanny admiraba sobremanera. El fundador del TGP (al que Fanny se había integrado en 1950) dejó correr su pluma en busca de lo esencial en el comportamiento estético de su joven colega. Los apuntes fueron creciendo repletos de tachaduras e insistencias. Muchas fueron las cuartillas, tantas que Leopoldo Méndez ya no las quiso organizar y se las entregó a Fanny, quien tomó un pequeño trozo para el catálogo. Cuando tuve en mis manos aquella embarullada fogosidad crítica, no pude resistir la tentación de ordenarla y, sin pedirle permiso a su autor, reproducirla en el suplemento en la Cultura, de Novedades. Cuando Méndez leyó la versión, dijo que a su escrito lo habían peinado en un salón de belleza. El original ya no existe, porque las cuartillas quedaron fundidas como textura en un cuadro de la serie que Fanny dedicó a escritos de sus amigos. Felizmente salvé la totalidad, pues las apreciaciones de Méndez valen para lo pintado antes y después de 1955, y siguen dando sustento a cualquier conjunto antológico de obras de Fanny, como puede apreciarse en los párrafos que ahora rescato con motivo del reconocimiento que le ofrece la unam.


EL sol, la sombra y la soledad

En los cuadros y los grabados de Fanny hay rostros inconfundibles de niños mexicanos. Esos rostros tienen expresiones que no se sabe si son el preámbulo de una risa furtiva o acaso van a descomponerse en llanto. Es el niño mexicano hijo de generaciones que no han conocido más realidad que la inicua explotación; esos rostros prefieren huir ante el señor de saco y corbata; son los rostros de millones de niños nacidos en las capas pobres de nuestra sociedad, las de la clase obrera y campesina a lo largo y ancho del país. No es necesario hablar mucho sobre el origen de la realidad expresada en esos rostros; sobre ella se han escrito muchos libros y es necesario escribir ahora mismo muchos más. Hace falta agitar las conciencias, hace falta pintar muchos cuadros dentro de las tendencias de los de Fanny. Ella no pinta el llanto, es decir, no pinta la tragedia. En nuestro mundo hay tragedia, y el artista que la sienta y la comprenda la pintará. Pintará, como Fanny, una parte de la verdad, que no es toda la verdad de la vida humana. Yo prefiero el drama que la obra de Fanny expresa, no obstante las fallas que le pueda encontrar. Los artistas debemos preocuparnos porque la forma, el color y el mensaje –es decir, el contenido– marchen juntos. Ninguna de estas cosas debe adelantarse o atrasarse respecto de las otras. Las obras de Fanny tienen esa virtud. Por ello y por el tesón que debe caracterizar a todo profesional, puede asegurarse que esta artista progresará en su obra constantemente.


Woman Holding a Baby, 1958

Fanny tiene la propensión a pintar el dolor del hombre más que la alegría. No importa: son muchos los que colocados muy arriba se frotan las manos alegremente y con hipocresía inaudita pretenden detener las legítimas conquistas revolucionarias, acallando el justo anhelo de los pobres. Ellos cuentan con un grupo de artistas económicamente prósperos, cómodamente instalados en estudios donde pueden reír y beber todo el whisky con soda que les venga en gana. Es importante que todavía algunos artistas están más tristes que alegres frente a nuestra realidad. Entre los artistas que ya están satisfechos y ríen y los que todavía tienen la facultad de transmitir el dolor que impera sobre la faz de nuestra nación, prefiero mil veces a estos últimos porque ellos son –a pesar de todo– quienes mejor pueden comprender el futuro grandioso que habrán de conquistar quienes sufren por carecer de todo. De este futuro debemos hablar todos porque el arte tiene que contener esa profecía. ¿Podrá Fanny afrontar semejante tarea?

La actual retrospectiva permite responderle a Leopoldo Méndez que Fanny Rabel sí ha podido, porque en el medio siglo que transcurrió desde entonces ella ha desarrollado en pintura, dibujo y estampa, imágenes que ha fincado con decisión, sin falsas compensaciones, en problemas tan profundos como la incomunicación, el urbanicidio, la hipocresía, la fatuidad. La extendida protesta de Fanny se apoya con energía en sentimientos de reivindicación individual y social, en reclamos materiales y anímicos. Ella quisiera que los humanos vivieran con más plenitud, con más alegría, con auténtica libertad. Frente a su trabajo se pudo hablar ayer, y se puede hablar hoy, de significados reales, de valores especulativos, de intenciones didácticas; pero también, como lo apreciara Leopoldo Méndez, se debe valorar su capacidad de ternura como una sobresaliente virtud artística.

En las discusiones que el ya desaparecido Frente Nacional de Artes Plásticas coordinó a principios de 1958, ante Siqueiros, O’ Gorman, Chávez Morado, González Camarena y otros, Fanny Rabel se preguntaba: “¿No estamos utilizando nuestro paisaje y nuestro material humano en forma enteramente estática, sin aportar nada, cayendo en pintoresquismos? ¿No estamos desvirtuando los contenidos humanos por no darles vida?” Y en su cuestionamiento crítico agregaba: “Nosotros estamos dando el contenido humano simplemente en la forma, pero no en el sentido ni en la intención; estamos dando vueltas sobre los mismos puntos.”


Campesino

Cabe señalar que Fanny Rabel se empeñó, con su energía espiritual más sincera, en evitar esas vueltas que empequeñecen las mejores aspiraciones de cualquier artista.

Nominado por: Ofelia Iszaevich y Miriam Zachs

Fuentejornada.unam.mx
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