Diario Judío México - Gutierre Tibón (Milán, Italia, 1905 ­- Cuernavaca, 1999), vástago de una familia de sabios medievales de España; los Tibónidas de Granada. Tenía 94 años y era uno de los estudiosos de más brillantes y respetados. Su obra escrita, tensa, directa y sin condescendencias retóricas, mereció el reconocimiento nacional e internacional.

En 1946 obtuvo el doctorado honoris causa de la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán; en 1946 fue electo Académico de número por la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica; en 1949 ganó la cátedra de filología comparada y alfabetología en la Universidad Nacional Autónoma de ; en 1958 fue nombrado Académico de número por la Academia Nacional de Ciencias y en 1992 Académico honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Entre los múltiples reconocimientos que recibió destacan: Cruz al mérito de la República Austriaca en 1959; Condecoración del Águila Azteca en grado de Encomienda en 1972; el Premio Internacional Alfonso Reyes en 1988, entre muchos otros.

Curioso, puesto que su formación, virtualmente autodidacta, se había forjado en un disciplinado y nada indulgente aprendizaje de la mirada. Entre los historiadores, antropólogos y arqueólogos de su generación, como Silvio Zavala, José N. Iturriaga, José Luis Martínez, Alfonso Caso, Ramón Piña Chán o más jóvenes como Miguel León Portilla, todos dotados de una apreciable capacidad crítica que los convierte en discutidos referentes casi intemporales del diálogo histórico del contemporáneo. Pero el caso de Tibón era singular y apreciado unánimemente por su agudeza inquisitiva; el descubrimiento de la colosal obra, y a la vez su más acerada contribución: Historia del nombre y de la fundación de (1975), la complejidad filológica de su Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos (1988) y la ironía educada de sus Divertimientos lingüísticos (1946) son hallazgos del investigador difíciles de disolver en la “prosa del tiempo”.

Gutierre Tibón descubrió la historia a partir del lenguaje y con el pretexto de ser un viajero incansable en 1939, el delegado de en la Liga de las Naciones en Ginebra, Isidro Fabela, convenció a Tibón que se estableciera en su país para llevar a cabo estudios históricos y sociológicos. Desde su llegada a , en 1940, Tibón se consagró enteramente a la investigación científica. Su relación constante con el historiador francés Jacques Soustelle le ayudó a afilar un utillaje crítico siempre más formalista que descriptivo. le descubrió las múltiples miradas de los indios de cada rincón del país, el respeto y rescate de cada tradición.

Pero resulta todavía más decisiva la conversión del historiador al de divulgador, entendido como la “norma” de comprender la historia y su complejidad; es decir, forjada desde el tiempo de la narración popular y distanciada del referencialismo histórico tradicional. Sus libros Pinotepa Nacional y Onilalá constituyen sus primeras apuestas fuertes al rescatar la historia y tradiciones de dos pueblos mexicanos. Ciencia, arte, religión, procedimientos políticos y sociales que se proyectan desde y sus rincones, son un conjunto para Tibón, diferentes, nuevos, en una palabra, propios del ser mexicano y de sus habitantes, los “americanos criollos”, como le gustaba llamarlos.

El afán nacionalista de Tibón no es resultado de un capricho individual, sino la consecuencia histórica de un proceso de integración que se dio al poner en contacto dos culturas diferentes: Occidente y América, en el que los vencedores, marcaron la visión histórica, no obstante que Tibón luchó contra las formas anquilosadas de la concepción del mundo, de la historia y de la ciencia.

Quizá convenga modestamente apelar a una persistente tradición “moderna” que arranca de la crítica histórica del pasado, de sus modos de orientación escrita y representativa, que propone una nueva fundamentación imaginativa basada en el “único principio que escapa a la crítica, puesto que se confunde con ella: el cambio, la historia”, como proponía Octavio Paz. Una historia negativa, y es modo de hablar, que vaya más allá del imaginario y se instale en la pluralidad normativa para establecer una relación de diálogo con aquellos modelos formales todavía capaces de generar respuestas históricas activas.

Frente a las tentativas anacrónicas de repetir las formas culturales del pasado, con mayor o menos astucia, Walter Benjamin sugería sencillamente que “la historia debe trabajar con los materiales de que dispone”. Y hablaba en plena crisis de Weimar; cuando la cultura de masas empezaba a desdibujar el egoísmo estética romántico.

¿Una cultura al margen de la historia? Tampoco es eso. Creer en la historia significa apostar por la creatividad y la innovación. Un buen desafío para nuestra sensibilidad tal vez un poco abrumada de memoria, releer algunos de los libros de Gutierre Tibón –celoso guardián de la integridad de la memoria mexicana–, que tanta historia y memoria lograron rescatar para preservar el pasado mexicano y que hoy día tanta falta hace.