Diario Judío México - La maestra Gertrudis Kurz de Delara (1905-1988) fue para muchos que la conocieron, y en especial para mí, un personaje inolvidable.

Nació en Austria, en 1905, pasó por dos guerras mundiales, estuvo en un campo de concentración y llegó a México en 1942. En 1966 inició sus labores en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Fue 1966 el último año en que la carrera de Física estuvo dividida en teórica y experimental, y en la que había que llevar cursos anuales seriados y obligatorios. Para los que en ese año cursábamos el último año de la carrera de Físico Experimental era obligatorio llevar un curso de Electrónica II y teníamos el problema de que no había ningún maestro que pudiera o quisiera darnos la parte teórica. Después de un mes de estar acudiendo casi a diario a la Dirección de la Facultad para que se solucionara nuestro problema, se nos avisó que al fin se había localizado a una persona que era muy brillante en electrónica y que había accedido a impartirnos el curso.

El lunes siguiente, las ocho o nueve personas que llevábamos este curso, nos presentamos al salón asignado a las 9:00 horas, con la expectación que siempre se tiene al esperar a un maestro nuevo. Al poco tiempo de estar en el salón vimos entrar a una señora bajita como de unos sesenta años con vestido de colores muy vivos y suéter, de andar un poco vacilante y con una enorme bolsa en cada mano, las depositó en el escritorio y hurgó en una de ellas, sacó sus cigarros, encendió uno y con un español bastante chistoso y a veces incomprensible inició su clase. Fue así como tuvo lugar mi primer contacto con la maestra Gertrudiz Kurz de Delara y a partir de ese momento, primero como alumno y después como tesista, ayudante y colaborador, tuve la fortuna de aprender, trabajar y convivir con ella por los siguientes once años; y aunque después dejé el laboratorio de Cibernética por ella fundado, para iniciar el laboratorio de Acústica de la Facultad, nunca dejamos de estar en contacto hasta el día de su muerte, acaecida el 16 de noviembre de 1988.

Nació en la ciudad de Viena, Austria, capital del vals y del ya decadente y casi agonizante imperio austro-húngaro el 15 de mayo de 1905. Al tener ocho años estalla la Primera Guerra Mundial, siendo el centro de la misma la ciudad de Viena, por lo que estudiar y aun conseguir los alimentos necesarios para sobrevivir se volvió sumamente difícil; después de la guerra continúa sus estudios y llega a la universidad para estudiar la carrera de física, continúa con la maestría y, al estar concluyendo el doctorado, tiene que salir rápidamente de Viena debido a la entrada de los nazis en 1938; se refugia en Francia y hasta allá llegan los alemanes que la envían a un campo de concentración, debido a su ascendencia judía. De este campo es liberada mediante un intercambio de prisioneros realizado por los ingleses, pudiendo llegar a Inglaterra, en donde sus amigos de la comunidad científica le ofrecen asilo y le piden que se quede a trabajar con ellos. Sin embargo, pensando que el haber estado en el centro de dos guerras mundiales es más que suficiente para cualquier persona, declina la invitación inglesa y decide venir a América.

Radica un tiempo en el Canadá, desde donde hace su solicitud para emigrar a los Estados Unidos. El permiso le es negado al saber que en su juventud había participado activamente en Viena en manifestaciones con carácter socialista. De igual forma le es negado el permiso para permanecer más tiempo en Canadá, por lo que hace su solicitud para venir a México, en donde se le da el asilo solicitado y llega a la Ciudad de México en 1942.

Ya en México entra a trabajar como armadora de radios en la RCA, de donde es rescatada por el Dr. Alejandro Medina, el cual se la lleva a formar parte del grupo de investigadores del laboratorio de Cibernética dependiente de la entonces Comisión Nacional de Energía Nuclear. Es precisamente el Dr. Medina quien la recomienda para que imparta el curso de Electrónica II en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Una de las cosas más importantes para ella, era la preparación e impartición de sus clases; se preocupaba mucho en tratar de que todos comprendieran su curso y quedase clara su exposición, pues su construcción en español a veces no era muy buena. En una ocasión me comentó que ella pensaba en alemán, después lo convertía al inglés y finalmente al español. En otra ocasión, en la que tuvimos un examen del curso que llevábamos en la hora anterior, todos llegamos tarde, al entrar al salón vimos a la maestra Kurz que estaba sentada en el escritorio llorando, pues creía que como no le entendíamos ya no íbamos a asistir a su curso. Dadas las explicaciones pertinentes se inició la clase, sin embargo tuvimos desde entonces buen cuidado en avisarle cuando por alguna razón íbamos a llegar tarde.

Acostumbraba andar siempre cargando dos enormes bolsas, bastante pesadas, en las que se podía encontrar prácticamente de todo, desde libros, revistas, folders con notas y muchas cosas más. Al final del curso, en el laboratorio nos encargaron diseñar y armar un oscilador con transistores. En aquel entonces eran elementos muy nuevos y para nosotros desconocidos que aún no se tenían en el laboratorio, pues aunque ya sabíamos de ellos en las clases teóricas, en aquel, todavía se trabajaban las válvulas de vacío o bulbos. Al comentar lo anterior con la maestra, hurgó un poco en sus bolsas y aparecieron los transistores, bobinas y condensadores que íbamos a necesitar, nos dio el maletín y nos enseñó cómo diseñar el famoso oscilador.

Su interés por la enseñanza y en que los alumnos de la Facultad tuvieran una preparación lo más actual y moderna posible, la llevó a diseñar los cursos de Circuitos Digitales y Máquinas Digitales con Laboratorio mucho tiempo antes de que se popularizaran los circuitos computarizados; fundó el Laboratorio de Cibernética de la Facultad y presionó para que se adquiriera una de las primeras microcomputadoras, una HP2114, para este laboratorio, en donde además de servir para investigaciones se empleó para las clases antes mencionadas; propuso programas de actualización para profesores para promover el aprendizaje de la computación y que emplearan esa herramienta en sus cursos; trabajó también en este aspecto en las Facultades de Ingeniería y Medicina.

Además de ser mi directora de tesis y de haber tenido la oportunidad, como ya mencioné, de trabajar con ella por 11 años en el Laboratorio de Cibernética de la Facultad colaboré en muchos de sus trabajos. En una ocasión presentamos uno en el Congreso Internacional de Cibernética, realizado en la ciudad de Viena, Austria, lo que para mí significó mucho, pues pude conocer dicha ciudad con una guía de turistas incomparable, pues ahí pasó su juventud. Un día que íbamos a la Universidad, donde se realizaba el Congreso, me dijo: “Mire, en esa casa yo viví por dos años”. Intrigado por el aspecto del recinto, pues más parecía una fortaleza que una casa, le pregunté que si era una casa de huéspedes o convento, a lo que respondió que no, que era la cárcel de mujeres y que estuvo ahí por pertenecer al partido comunista.

Sin embargo, considero que la característica más importante de la maestra, y que nos dejó a todos los que la conocimos, fue su gran deseo de vivir y de siempre salir adelante de cualquier adversidad; y más que decirlo lo predicó con su ejemplo, pues salió avante de dos guerras mundiales, de un cáncer de seno que la puso al borde la muerte y aun al final de su vida jamás dejó de hacer planes para el futuro. Esa gran entereza creo que fue su mejor legado.