Para todos aquellos a quienes el poema de Itsik Manger – Oyfn veg shteyt a boym / En el camino hay un árbol- no les pasa desapercibido, copio acá fragmentos de un artículo que escribió el poeta luego de visitar, en 1946, la Polonia destruida por la guerra, donde se encontró con, entre otros, Marek Edelman, uno de los comandantes de la rebelión del de Varsovia.

El destino de un poema - Itsik Manger (Der Veker, NuevaYork, febrero de 1960)
(Fragmento)

Una vez, durante esa visita, Marek Edelman se me acercó en una calle de Lodz. Era la primera vez que lo veía en mi vida. Me detuvo y me dijo algo que me conmovió y desconcertó, algo referido a mi poema(…).

Con serenidad, sin emoción, me contó la más emotiva de las historias que jamás escuché sobre mi poema:

“El de Varsovia luchaba y sangraba. Para imponerse a los combatientes del ghetto, los alemanes empezaron a arrojar bombas incendiarias a los edificios. El calor era insoportable. Miles de judíos murieron abrasados en sus hogares. Se nos acababan las armas y las municiones. Muchos de los de mi grupo del distrito de las cepillarías ya habían caído en la lucha. A los últimos sólo les quedaba una salida: escapar de los bunkers y abrirse paso, a través de las cloacas, hasta el lado polaco.

Cuando salieron del bunker, por unos momentos, se quedaron inmóviles, confundidos. A su alrededor ardían todos los edificios; el entero era una gran llamarada. Así debió verse Jerusalén cuando los romanos la incendiaron. Así debió verse Roma cuando Nerón le prendió fuego. Y justo entonces, una chica que estaba en nuestro grupo recitó tu poema:

Oyfn veg, shteyt a boym, / shteyt er ayngeboygn, / ale feigkl funem boyn / zenen zij tsefloygn

En el camino hay un árbol / está ahí, encorvado / todos los pájaros del árbol / ya se han volado

¿Recitó? No, no recitó; apenas susurró, pero todos escucharon. Todos sintieron que los pájaros que habían volado del árbol no eran sólo pájaros, sino padres, madres, hermanos, hermanas, camaradas y amigos. Los más hermosos pájaros del judaísmo polaco. Siguieron adelante, hacia las cloacas. No todo el grupo logró llegar. Muchos cayeron en el camino.

“¿Nu, y ella, la muchacha?”

Fue de las primeras en caer. No llegó. Parecía habernos dicho adiós con el poema, haberle dicho adiós al mundo.

Todos los pájaros del árbol,
ya se han volado.

Marek Edelman se fue. No me moví siquiera por largo rato. Veía en mi mente a los combatientes de de Varsovia con armas en sus manos. Escuché a la muchacha desconocida susurrando el poema a la luz brutal de las llamas del ghetto.

Escribí ese poema en los años ‘30, en memoria de mi madre, una simple madre judía, que no sabía leer ni escribir, pero que tenía un océano de amor, tanto que podía volverse demasiado pesado aún para las más fuertes de las alas. (…) Sin embargo, el poema mismo le pertenece a esa desconocida muchacha judía en el de Varsovia, Ella lo santifico en los últimos momentos de su vida, alumbrada por las llamas del ghetto. La muchacha judía y el poema yiddish.

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