La comunidad judía marroquí celebra estos días su pascua (Pesaj) con la fiesta de la Mimuna, una celebración ancestral que pone de relieve la vitalidad del patrimonio y la identidad judía en Marruecos, pese al dramático descenso de la población de este credo.

La Mimuna, donde lo religioso pesa menos que la gastronomía y la música, era antes una celebración puramente magrebí, pero hoy en día se ha internacionalizado gracias a la diáspora judía en el mundo, hasta el punto de convertirse en una de las fiestas populares en .

“Es una fiesta que simboliza la tolerancia y la convivencia entre judíos y musulmanes”, explicó a Efe Zhor Rhihil, conservadora del Museo del Judaísmo marroquí de Casablanca -único en todo el mundo árabe- que albergó anoche la fiesta de la Mimuna.

En los siete días de pascua, los judíos comen el pan ácimo que llaman “matzot”, y sacan fuera de sus casas todo producto que contenga levadura como el vinagre, el queso o la cerveza.

Tras estos días, terminan las prohibiciones alimentarias y reintroducen los alimentos antes vetados. En Marruecos, era usual que los judíos recibieran en sus casas a sus vecinos musulmanes que les traían pan, miel, mantequilla, dátiles y frutos secos.

Bajo una carpa erigida en el jardín del Museo del Judaísmo marroquí, cientos de judíos conmemoran esta fiesta saboreando el té marroquí con hierbabuena con los tradicionales buñuelos “sfenj” y las crepes “msemen” con miel y mantequilla mientras se intercambian la célebre expresión: ¡trabhu w tsaadu! (Con nuestros deseos de prosperidad y felicidad).

A la comida siguió un concierto de cantantes que interpretaron famosas piezas del patrimonio judío marroquí, todo en “dariya” (árabe dialectal), mientras que muchas de las asistentes se ataviaron con sus mejores caftanes tradicionales: era a todas luces una fiesta marroquí.

Con la Mimuma y otras celebraciones, Marruecos quiere mantener viva la llama del patrimonio y la identidad judía de una comunidad cada vez más residual: apenas 2.000 judíos residen en Marruecos frente a más de 250.000 que llegó a haber en los años sesenta, y que fueron abandonando el país en sucesivas fases de emigración masiva al recién creado estado de .

Para tratar de preservar esta cultura, el país magrebí ha puesto en marcha en los últimos años un programa destinado a restaurar los sitios históricos judíos del país, además de dar todas las facilidades para los viajes organizados de judíos de todo el mundo que vienen a Marruecos a peregrinar o a celebrar algunas de sus fiestas.

El secretario general del Consejo de las comunidades israelíes en Marruecos, Serge Berdugo, dijo a Efe que hay una voluntad clara para que la presencia judía “sea visible”, así como una demanda de mejor conocimiento de la vertiente hebrea de esta cultura.

“Más de 170 cementerios judíos han sido restaurados. Hemos puesto en marcha un programa con 23 proyectos entre los cuales figura la apertura de museos en Tánger, El Yadida y Marrakech, además de la restauración de una la sinagoga Nahon-Massat Moshe del siglo XVIII” en Tánger, refirió Berdugo.

La preservación del patrimonio judío en todas sus formas responde a una clara voluntad política de la monarquía alauí, que además ha protegido históricamente a la comunidad hebrea. Ahora, ante la menguante población judía, la monarquía trata de que la diáspora no olvide sus raíces.

A mediados del pasado abril, el rey Mohamed VI dio instrucciones para restaurar un museo de la cultura judía en Fez, y pocos días después ordenó organizar las elecciones de las instancias representativas de las comunidades israelíes marroquíes, que no se celebran desde 1969.

Estas medidas estuvieron precedidas por otras, como cuando en 2017 se rebautizaron las calles de la antigua medina de Marrakech con sus antiguos nombres judíos, o la celebración en 2016 del primer festival del filme judío en Casablanca.

La existencia judía en Marruecos se renueva y adquiere más visibilidad, pero ¿es suficiente para frenar el goteo migratorio de las nuevas generaciones judías?.

“El judío es un nómada y viajero”, indicó el cantante Maxime Karoutchi (uno de los pocos que se ha quedado en Marruecos) quien reconoce que las nuevas generaciones judías, cuando tienen medios económicos, mandan a sus hijos a estudiar en el extranjero, y pocos vuelven.

“Lo mismo que hacen los musulmanes”, puntualizó, aunque reconoció que la marcha de varios jóvenes en una comunidad tan pequeña “se nota más”.

“Pero no nos sentimos pocos, porque la comunidad judía de origen marroquí que vive por todo el mundo vuelve a lo largo del año a Marruecos para sus celebraciones”, expresó.

FuenteEl Diario
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