Diario Judío México - La historia del Imperio Romano a partir del siglo III dC, es la crónica de una lucha contra un enemigo equivocado, y el hundimiento consiguiente, a resultas del ataque del verdadero rival, las bacterias y los virus, que regalaron la victoria, en bandeja, a los bárbaros primero, y a los cristianos después. Y en una subsiguiente oleada infecciosa propiciaron la derrota del Imperio Romano de Oriente y de la Persia Sasánida a manos del islam. Las enfermedades infecciosas han sido el enemigo público número uno para la humanidad , hasta que el pensamiento científico ha permitido la fabricación de armas que las combatieran eficazmente.  El ejército y el sistema de fronteras que protegían el Imperio Romano estaban edificados para combatir a los barbaros que habitaban más allá del Rin, del Danubio y de Mesopotamia, pero no supieron ni siquiera reconocer como enemigo,  a la Peste Antonina (165 a 180 dC), a la Plaga de Cipriano (249 a 270 dC), y a la Peste de Justiniano (541 dC), que acabaron con el Imperio y dieron paso a siglos de oscuridad y retroceso Medieval, como sostiene Kyle Harper en El Fatal Destino de Roma.

Mientras Justiniano reconstruía el Imperio Romano de Occidente, conducía a todo el Mediterráneo al desastre, al habilitar una zona de libre tránsito para la Yersinia Pestis, el enemigo más letal y astuto de la especie humana. Una vez que la peste bubónica elimino al treinta por ciento de sus súbditos, y reventó el sistema de recaudación de impuestos del Imperio, borrando para siempre la riqueza acumulada por la aristocracia imperial, es sorprendente que no surgieran en la élite Bizantina (como tampoco antes había sucedido en Roma) voces discrepantes capaces de reconocer al enemigo verdadero, que era la pandemia. Es increíble que, entre las élites aristocráticas, que perdieron completamente su riqueza con la caída del Imperio Romano, hasta donde sabemos actualmente, no apareciera ninguna voz disidente respecto al análisis oficial de la destrucción que la peste había originado, considerando que Galeno y Demócrito (entre otros) había elevado el pensamiento greco-romano hasta alcanzar un empirismo primitivo.

Roma, carente del pensamiento científico, no supo hacer frente a las pandemias que la hicieron sucumbir. En su lugar fueron nuestros dueños (nuestros genes) los que pusieron en marcha la estrategia defensiva de la especie contra los genes rivales; hacer crecer al costoso sistema inmunológico e incrementar las tasas de natalidad de los supervivientes.  Los  genes del homo sapiens, han llegado al siglo XXI, coronándose los reyes del planeta Tierra, en un ecosistema en el que la mitad de los habitantes de la Tierra son agentes patógenos o parásitos de la otra mitad, y a pesar de todo hay que felicitarles (como especie) de la victoria sobre las pandemias, aunque en el camino cayera el Imperio Romano , se acabara la vida urbana en el Mediterráneo y  el pensamiento científico tuviera su primer mártir, Hipatia de Alejandría. Aunque, los seres humanos en la época del Imperio Romano, ya poseían el mismo enorme cerebro que hoy en día, la Civilización no había alcanzado un arsenal de tecnologías y de matemática de inferencia necesarios para distinguir lo verdadero de lo falso (Eduard O. Wilson). Por eso, las catástrofes originadas por las pandemias tuvieron profundas consecuencias ideológicas y materiales. El pensamiento apocalíptico (la inminencia del fin del mundo) y el fraude de la resurrección de los muertos, cuyos agentes infecciosos fueron la Cristiandad y el islam se apoderaron de las sociedades europeas y asiáticas demorando la llegada del pensamiento científico y la Revolución Industrial más de doce siglos.

¿Por qué existe la gente? Según Darwin no somos mas que maquinas de supervivencia (cuerpos), creados por nuestros genes, en la expresión de Richard Dawkins. Así que, nuestro breve paso individual por la vida, tiene como única finalidad reproducirnos, y dar cumplimiento al deseo de nuestros genes. Como además somos animales sociales (como las hormigas y abejas), nuestra breve existencia mundana se desarrolla “en un mundo de otros”, un mundo complejo en el que el YO individual debe de permanecer agazapado o camuflado, si es que existe, o si es que existe en algunos casos. Los insectos sociales descubrieron las ventajas explosivas de la colaboración mucho antes que el homo sapiens. Los millones de billones de hormigas que se estima que hay en la Tierra, soportan una breve y triste existencia doblemente alienadas por sus genes y por su hormiguero. En el caso del homo sapiens a partir de la revolución cognitiva de hace 70.000 años y de la aparición del lenguaje y posteriormente del pensamiento científico se abre la puerta a que, al menos, los individuos puedan dejar de vivir la vida de los genes y puedan vivir su propia vida, aumentando la longevidad hasta la inmortalidad, y eliminando la necesidad ineluctable de reproducirse.

¿Qué es una biografía humana? Para Carl Safina la conciencia está sobrevalorada, ya que el latido del corazón, la respiración, la digestión, el metabolismo, la respuesta inmune, la curación de heridas y fracturas, el reloj biológico, el ciclo sexual, el embarazo, el crecimiento; todo ello, sucede de forma inconsciente. Para el sociólogo Erving Goffman solo somos actores de una obra de teatro o de una película. La individualidad (si es que existe) queda escondida y camuflada en aquellos momentos de la vida en que estamos en soledad, sin actuar, sin estar en presencia de otros.  La presencia implica actuar, desempeñando uno o varios de los papeles por los que transcurre nuestra vida en sociedad, siempre detrás de una máscara. Sometidos al eficacísimo manejo de nuestro cerebro inconsciente, y a la tiranía de la vida social a través de la execrable empatía, que nos hace sentir como si fuéramos los otros, ¿Qué queda de nuestro YO más auténtico y nuestra capacidad de ser individuos?

Hechos tan diferentes como, que se siga considerando obras de arte a la literatura de Cervantes y de Shakespeare, o el ejemplo histórico de la ceguera de las elites imperiales romanas ante los ataques de las pandemias, parecerían indicar una anemia histórica de la individualidad y del libre albedrio. La grosera estafa del cristianismo y del islam con el pensamiento apocalíptico (inminencia del fin del mundo) y el fraude de la resurrección de los muertos han sido posibles porque los seres humanos somos prisioneros de los automatismos del cerebro inconsciente y de los automatismos de la vida social en común, de tal forma que el libre albedrio, la creatividad y la individualidad, aunque define a la raza humana, han sido un bien muy escaso históricamente. Ha sido mucho más habitual que los humanos pasen su corta biografía como seres vivos, viviendo la vida de otros. Baruch Spinoza nos legó esta ley a los que no estamos dispuestos a vivir la vida de los otros; “La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre “.

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