Diario Judío México - Hace ya muchos años, decidí dedicarme a escribir mis opiniones. Tuve la valentía de hacerlo gracias a una persona: mi querida profesora de español, . A ella le debo haberle perdido el miedo a poner mis ideas en blanco y negro.

No es poca cosa tomando en cuenta que, en este país, uno llega a la universidad sin haber aprendido los principios básicos de nuestro idioma. Una carencia histórica y atroz del sistema educativo mexicano. Algo que entendieron muy bien los profesores de El y, por eso, en varios de sus programas docentes diseñaron la clase de español para los alumnos de primer semestre.

Tuve la gran fortuna de que me tocara pasar esta difícil aduana con la maestra Venier. Era dura como el pizarrón verde en el que nos hacía añicos destrozando nuestros textos. Nadie se salvaba de quedar en ridículo. “Se me caen las medias con esos gerundios, señor Zuckermann”. “Esa frase parece un chorizo en un florero, señor Abundis”. “Ah, los adjetivos, señor Nacif, los adjetivos”. “Por Dios, use el tumbaburros, señor López” “¿Cómo que vamos, señor Guerrero, quiénes van, usted y Dios?”.

A todos nos tocaba. Independientemente si veníamos de escuelas públicas o privadas, todos éramos una bola de ignorantes que cometíamos errores básicos de ortografía, sintaxis y gramática. Por más que estuviéramos ya en la universidad, había que comenzar desde cero. Y Martha Elena, con la paciencia de Job, lo hacía con la vocación que sólo tienen los grandes maestros.

Implacable, sin duda. Pero también de una enorme generosidad y bondad. Revisaba con lupa nuestros textos llenos de monstruos idiomáticos. Comparaba nuestras aberraciones con el virtuosismo de Góngora o Borges. Imposible alcanzar a esos dioses del Olimpo. Pero, con la buena instrucción y el ejemplo de los grandes escritores, a lo largo del semestre observábamos nuestro avance. De los textos iban desapareciendo los monstruos. Agarrábamos confianza. Le perdíamos el miedo a escribir. Agradaba poder expresarse de manera simple y correcta. Sujeto, verbo y predicado. Adjetivos precisos después del sustantivo. Brevedad. Precisión en el vocabulario.

Aquellos eran tiempos en los que la revolución digital todavía no ocurría. Nada de correctores de ortografía en la computadora ni de diccionarios en línea. Había que aprenderse de memoria las reglas ortográficas. Cuándo poner un acento, cómo utilizar una coma, cuál es la utilidad de un guion largo. Un largo camino empinado. Pero, por fortuna, ahí estaba, para guiarnos, la profesora Venier, nuestra sherpa que nos acompañaba a conquistar la cima de una montaña que, al principio del semestre, parecía imposible de alcanzar.

No es que los estudiantes de Venier nos hayamos convertido en grandes escritores del español. Hasta hoy en día seguimos cometiendo muchos errores. Estoy seguro, por ejemplo, que este texto me lo hubiera regresado lleno de correcciones con su lápiz rojo. Pero, con lo que nos enseñó nuestra maestra, por lo menos nos animamos a poner en blanco y negro nuestras ocurrencias. A comunicarnos mejor. A transmitir nuestras ideas. A entrarle al toro.

Al final del semestre, uno acababa eternamente agradecido con esa mujer que odiaba el plural mayestático. Su franqueza no tenía parangón. No había manera de no adorarla por su agudo sentido del humor acompañado de una sonrisa que llenaba el salón de clases.

En uno de sus primeros libros, Amos Oz se pregunta: “¿Acaso existe en el mundo mayor aventura que la de un educador?”.  fue una gran educadora de varias generaciones de El y creo que siempre lo vivió como una aventura. Semestre tras semestre lo hizo con una disciplina férrea. Lo suyo fue la docencia. Corregir la mala educación del idioma español que tenemos los mexicanos. Subsanar las monumentales carencias con las que llegamos hasta la universidad.

La última vez que vi a Venier fue en una crepería del sur de la ciudad. Cenaba con un par de jóvenes estudiantes que la escuchaban fascinados. Con cariño, me acerqué a saludarla. Se la presenté a mis hijos, a quienes les dije que había sido mi gran maestra de español. Como siempre, encantadora. No perdió la oportunidad, eso sí, de regañarme por algo. Hice una nota mental para invitarla a platicar y decirle lo gran agradecido que estaba con ella. Tontamente, no lo hice. Por desgracia, el mes pasado, en medio de las vacaciones, Martha Elena falleció a los 80 años de edad. Sus estudiantes la recordaremos por siempre. Nos quitó el miedo a escribir y, así, nos hizo mejores seres humanos. Me la imagino en el cielo corrigiendo al mismísimo Cervantes por haber puesto mal un punto y coma.

                Twitter: @leozuckermann