Este es el artículo 1 de 43 en la serie La Nueva Caballería Andante

De cómo se encontraron los dos caballeros andantes en San Román de los Montes, Toledo, Castilla la Mancha.

Se cuenta en esta leyenda de cómo el caballero don Antonio, de Quintana la Serena, regresando de Extremadura y camino hacia Madrid, en una de sus etapas llegó por la mañana a Talavera de la Reina, buscando allí también quien se uniera a sus filas. Uno de los mejores alfareros de la comarca, un tal Miguel Postillo, hombre robusto y nativo de Talavera de la Reina, le indicó en la plaza de España de la misma localidad, que muy cerca de allí, siguiendo el camino de los canales de regadío, se encontraba otro rara avis, quien hablaba cosas de la caballería andante, decían de él que era muy ilustrado, y que venía de Madrid, de un pueblo cercano a Navalcarnero, que salía dicho muchacho por las noches a Toledo, en busca de una mujer hebrea de la que estaba enamorado, y que le estaba esperando para contraer matrimonio al término de licenciarse en su misión, y que por el día, se le veía por los montes con una libreta en la mano, y hablando cosas de la verdadera caballería, muchos de su pueblo decían que se había vuelto loco, porque se fue con una manta a los hombros a recorrer España, y decía que llegaría hasta el mismísimo rey en busca de la justicia perdida de los caballeros andantes. Algunos le tenían miedo, pues había leyendas en torno a don Alberto de Brunete, como decía que le debían llamar, amigos y parroquianos, un tanto obscuras al cambiar el ejercicio de profesorado por el de espada, escudo, campo y caballo.

Interrumpió don Antonio de la Serena al alfarero, diciendo; ese es el caballero que un maestro de caballería andante anda buscando, él será, a partir de que lo encuentre, mi compañero de aventuras, iremos hasta Santiago, pues que sepan en esta ciudad tan ilustrada y de artesanos, que deberán marcan en sus guijarros y cerámicas el nombre de don Antonio de la Serena, y su amigo de San Román, por las conquistas que habremos de entregarle a la libertad de nuestro país.

En esto que se acercó el tabernero y le dijo; perdonen ustedes que me meta en estos asuntos, pero de tantas hermandades que existen, dígame que eso de la nueva caballería andante, si usted puede contarlo.

Se puso de pie el extremeño y terminando el vino de pitarra y la tapa de queso expuso su tesis final: la nueva caballería andante es la que se mueve, y nada más, amigo tabernero y amables gentes de esta buena tierra y comarca alfarera, conocida en el mundo entero por cerámica.

Salió a galope en su caballo, y llegó hasta la plaza de San Román, allí le dijeron que tal muchacho se le solía ver al atardecer por la plaza de Cazalegas, pueblo hermanado con el de San Román y alrededores.

Legó allí don Antonio, de Quintana de la Serena, quien él mismo y su caballo portaban una capa blanca como pieza clave de su atuendo.

En una tasca encontró al muchacho enfrascado en una discusión con dos hombres fornidos y peligrosos.

Reconoció el muchacho al maestro de la caballería andante nada más verlo, y a voces comenzó a decir: miren mi fortuna, la más grande he de tener, que en medio del oprobio y la terquedad de los infiernos, a aparecido el Gran Maestro, a quien yo esperaba y reconozco.

Comenzaron a reírse de los dos caballeros andantes aquellos hombres rudos y sin modales, que querían llevarse a una mujer a la fuerza para Córdoba y vaya usted a saber que más. Así el caballero don Alberto, haciendo honor a la caballería andante estaba haciendo justicia, de todo esto se enteró el maestro, y de que habían insultado a la nueva caballería andante.

Ante el inquietante silencio de la plaza, vestida de la cal blanca en sus casas y el sofocante calor del verano manchego, se presentó el extremeño sin soltar rienda alguna de su caballo.

-Soy don Antonio, de la Serena, y os ordeno en nombre de la nueva caballería andante, que desatéis a la muchacha y pidáis perdón a la hermandad de la que soy el maestro.

Ante estas palabras, acogió el más mayor de los dos su extrema unción:

-Hermandad, dice, mire, nosotros estamos en otros tiempos, aquí mi hijo y yo nos vamos esta noche para Córdoba, la muchacha dijo hace un año que quería casarse con este de aquí al lado, este mozo alto y fornido, y yo que soy su padre voy a hacer que esta fracasada cumpla, o la muelo a palos, porque vino flaca como un hueso y ahora mírela, gordita, limpia y lustrosa, así que ahora le toca venir a fregar, a prepararnos guisos y todo lo que queramos, y mire usted que esta es nuestra ley y punto. Así que si no quieren perder la vida, váyanse por donde han venido o los trinchamos.

Saltó el caballero don Alberto a por él, como si de un lobo rabioso se tratara, le asaltó a la cara mordiéndole una mejilla y empujándole contra el carro de heno lo terminó arrinconando por completo con la espalda doblada, y si no es porque salió medio pueblo al escuchar el griterío, se lo come con patatas como si fuese un lobo hambriento.

El acompañante, algo más bajo y débil, de manos no callosas e imberbe cono el sólo, no reaccionó ante tal acto y situación, así el caballero de Quintana de la Serena, sabio como un perro viejo en el combate, aprovechó para cortar la soga que tenía atada de manos y pies a la muchacha y subirla al caballo.

Entre la confusión y el escándalo consiguieron escapar con la muchacha, que escuchaba atónita y agradecida, la sana e insurrecta locura de los dos caballeros andantes, mientras hacían sus respectivas presentaciones.

Décadas más tarde, recogió la primera de sus hazañas a plumilla sobre una cuartilla de pergamino, Elena de Montoya en un escrito que decía así.

"Hace años me rescataron dos caballeros andantes de la misma muerte. El más mayor, hombre extremeño, de aspecto fiero, moreno, recio de carnes, de espaldas anchas, muy tostado por el Sol, pero de comportamiento tierno, que decía ser y se decía de él que era un hombre de armas tomar, de la dureza de Pizarro, quien se levantaba al alba, y no se regresaba hasta la noche y que harto y cansado de ver a las hermandades fracasar por la propia debilidad de los hombres, decidió enfrentar a la misma debilidad a base de caminos, libros, lumbres en los campos para comer, y proteger así la vida por encima de todo, debía rondar los setenta, pero juro que jamás había visto un hombre tan fuerte y rápido en su vida y de esa bondad incomparable. En el camino riéndose de su aventura se presentaron los dos caballeros a mí, el otro decía llamarse don Alberto de Brunete, de oficio caballero andante, quien andaba buscando la justicia perdida, decía que tenía un amor en Toledo, una hebrea tan hermosa, que el mismo río cuando ella se miraba en sus aguas, éstas quedaban prístinas y trasparentes como ningunas aguas han estado nunca, decía el caballero que la volvería a recuperar en el puente de piedra junto a la virgen negra que da acceso a la ciudad fortificada. Era rubio de ojos azules, con la mirada fiera, como si hubiese vivido en una cueva con bestias durante años, también de espaldas anchas y brazos fuertes, tenía la cara tierna, pero unos peligrosos ojos de lobo, como años más tarde me enteré de que así lo apodaban sus amigos y enemigos por las sierras de Guadalajara y otros enclaves.

Decía y juraba, como el otro caballero, que los bandidos habían ultrajado muchos libros, y que con el arte de la caballería andante, se volvería a recuperar el verdadero arte de escribir libros de caballerías, y otras artes y actividades que afirmaban haber quedado contaminadas por la codiciada de las bestias.

El caballero mayor, quien había recorrido y visitado casi toda España y medio mundo, apodaba a su caballo Toro, en honor a su animal preferido, y el caballero de Brunete lo apodaba Rasi, y afirmaba que así se lo habían inspirado al oído los espíritus de la primera e inmortal caballería andante.

Durante aquella noche hablaron muchas cosas sobre la caballería andante, a mí me dejaron en el pueblo del Casal, donde tenía una prima que por suerte me acogió y pude sobrevivir y escapar de aquellos furtivos. Más tarde me enteré de que eran reos escapados, y que de labradores y de gentes de bien del campo no tenían nada, pues eran de ciudad y se habían ocultado durante mucho tiempo por los pueblos de Castilla la vieja engañando a jovencitas incautas como era yo por entonces.

Me despedí de ellos, no sin antes decirme, que como la providencia les había unido gracias a Santa Elena, jamás la olvidarían y la dedicarían esta misión patriarcal para salvar España, y lo poco que quedaba de las hermandades de la hecatombe que vivía toda nuestra civilización.

Se perdieron por la noche con la luna en su rostro iluminando su camino.

Ahí, en ese paisaje Manchego, de molinos por bandera, iban camino hacia la ciudad de Madrid, en el trotar de la constancia se fundían sus figuras bajo la luz de la luna, y como brillaban sus capas blancas junto al acero de sus espadas.

Durante muchos años temí por ellos, vivían muy adelantados a su época, pero será mejor que los caballeros andantes continúen su camino, yo me casé y me fui a vivir a Ferrol, ya soy abuela pero aún me acuerdo del renacimiento de la hoy tan respetada y querida Nueva Caballería Andante.

A sus caballeros, todos, gracias por salvarnos y a mi prima Lorena en su memoria.

Sobre los caballeros don Antonio de Quintana de la Serena, y Kadan Navarro Yale, en el primer capítulo de la Nueva Caballería Andante.

ANNO TEMPLI CMII
BRUNETE-MADRID.
Octubre de 2020-Tishri 5781.

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