Diario Judío México -

Como ya se ha dicho antes en este espacio, ante todo y por más que sea apasionante, la política necesita ser analizada con la cabeza fría. De lo contrario uno puede comprar alguna de tantas propuestas fáciles que venden los políticos. Y esto no se trata de que los legisladores o gobernantes sean “buenos” o “malos” o militen en tal o cual partido: se espera que jueguen con nuestras percepciones y nociones de lo justo con el fin de ganar adeptos y votos. En todo, caso la culpa será nuestra si caímos en sus juegos.

Por otra parte tampoco hay una ley “correcta” o “incorrecta” per se. Una norma es en esencia un arreglo siempre provisional entre intereses contrapuestos, donde se espera en el mejor de los casos que la reforma sea mejor que el status quo. Es decir, creer que existe un referente absoluto sobre el cual medir una reforma no sólo es caer en el juego del político, sino además negar el derecho al otro a defender su postura –y ese camino conduce a derroteros distintos a la democracia.

Finalmente, ningún político va a proponer cosas que atenten contra sus intereses. ¿Lo harían ustedes? Por ello ningún cambio a favor de temas como la democratización y la transparencia son producto de una presión eficaz del ciudadano con una agenda clara y concisa. ¿Hay un sistema perfecto? Siempre es perfectible: la construcción de un sistema democrático es permanente.

Lo anterior viene a cuento porque el martes pasado el diputado Martí Batres (PRD) propuso una iniciativa que a simple vista parece impecable: que los legisladores cobren por hora trabajada, medida en cuanto al tiempo que permanece en una sesión o comisión, reducir a 30% el sueldo de los legisladores y sujetarlos a contrato a prueba. Suena bien y mucha gente se puede sentir “reivindicada”, aun cuando se esté jugando con sus expectativas.

¿Se les debe pagar por hora a los legisladores?

Por lo general un eslogan que fomenta el revanchismo busca liberar a quien lo repite de toda responsabilidad sobre el problema. Es decir, otros son los malos y actúan así porque es parte de su naturaleza. ¿El objetivo? Generar la creencia de que todo se reduce a vengarse. Sí, eso corresponde a la mentalidad de un niño. ¿Desean los políticos que fomentan esto mantener a su clientela en la infancia política?

¿Qué correspondería a una persona que desea concebirse como ciudadano? Pensar con mayor claridad y exigir controles sobre el político, más allá de creer que deberían, por ejemplo, ganar menos dado que aprobaron una reforma que define legalmente el pago por hora. Es decir, darse cuenta de que el trabajo de un legislador es más complejo que simplemente pasearse en el pleno o en una comisión –y que incluso esas actividades pueden ser irrelevantes. Con eso en mente puede pensar cómo medir el desempeño de su representante.

En una democracia donde hay rendición de cuentas, el legislador va a seguir o no determinadas actividades que le permitan permanecer en su puesto. Si es de representación proporcional buscará ser útil a su partido en las comisiones que inciden en su área de especialización. Por otra parte, si es diputado de un distrito mayoritario abanderará temas que le den mayor apoyo en sus distritos. Otros buscarán especializarse (digamos) en áreas como la especialización en mesas directivas o posiciones de liderazgo.

Para decir lo anterior de otra forma, no hay un rasero para medir qué tanto debería trabajar o no un diputado o senador, dado que no existe uno “estándar”. Lo que se puede hacer es que, al hacerlo competir por el mismo puesto, informe mejor lo que hace para que podamos evaluarlo con la información que recibimos tanto de él como de sus opositores.

Al contrario, y como se ha dicho en este espacio, la presencia en el pleno no es un indicador de “trabajo”: por lo general, la utilidad del legislador en lo individual se reduce a algunos momentos donde su voto se requiere para darle fuerza a su partido. Los únicos que deberían estar presentes a lo largo de toda la sesión son, para el caso, el presidente, vicepresidentes y secretarios de la mesa directiva. Y el quórum debería ser responsabilidad de los coordinadores de grupo parlamentario, toda vez que un representante menos le quita capacidad de negociación en las votaciones.

¿Hacen los legisladores muchas cosas durante el día? Claro. ¿Todas inciden en sus actividades como legislador? Desde luego que no. ¿Deberían cobrar con base en el tiempo que pasen en el pleno? Es absurdo. Lo realmente grave de esta situación es que no tenemos la capacidad para premiar o castigar con base en el desempeño. Lo demás es demagogia.

Sobre si se le debería reducir o no el sueldo a los legisladores, la medida suena también edificante para quienes tienen sed de venganza, pero ineficaz si se quiere tener legisladores capaces[1].

¿Contrato a prueba?

Otra propuesta que suena atractiva es el contrato de prueba para legisladores. ¿Es viable? Puede serlo en cualquier otro empleo, donde hay un patrón y hay criterios únicos para medir el desempeño. ¿Qué pasa si no sólo hay muchos patrones que pueden tener distintos criterios sobre la calidad del trabajo del contratado? Un contrato a prueba iría en contra de los intereses de algunos de los empleadores, y quizás hasta de la propia estabilidad de la empresa.

En el caso de los representantes, todos participamos (o se espera que lo hagamos) en su elección. Naturalmente hay candidatos que ganan y otros que pierden. Al votar todos tenemos muchos objetivos e intereses que, si queremos pensar dentro del marco de una democracia, debemos respetar. Se esperaría que el legislador, al buscar su permanencia en el cargo, haga cosas que nos beneficien (otra vez el “nos” es un término subjetivo). Por otra parte sus opositores, al querer el empleo del representante, querrán convencernos de no votar por él.

Por lo tanto la propuesta del contrato a prueba no corresponde a una democracia: si no hay un criterio único de lo “aceptable” para medir el desempeño, nos exponemos a que decidan quienes tengan la mejor capacidad para imponer un punto de vista en detrimento de los demás. También se habló en este espacio sobre el mecanismo que propone el diputado Batres: la revocación del mandato[2].

El ejercicio de la ciudadanía es un proceso donde el individuo puede tomar decisiones incorrectas, pero es parte del aprendizaje. Por ello es necesario discernir. No existen las soluciones inmediatas a un problema, aunque ciertamente las propuestas simples nunca sirven.


[1] Se habló sobre este tema en: http://www.sinembargo.mx/opinion/27-08-2012/9076

[2] http://www.sinembargo.mx/opinion/09-04-2012/6148

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Licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y Maestro en Estudios Legislativos en la Universidad de Hull, Reino Unido. Fue Secretario Técnico de la Comisión de Participación Ciudadana de la LVI Legislatura de la Cámara de Diputados (1994-1997). Durante los trabajos de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado, fue Secretario Técnico de la Mesa IV: “Régimen de gobierno y organización de los poderes públicos” (2000). En la administración pública federal, fue Director de Estudios Legislativos de la Secretaría de Gobernación (2002-2005). Ha impartido cátedra, seminarios y módulos en diversas instituciones académicas nacionales. Es Coordinador Académico del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa del ITAM. Es coordinador y coautor de El legislador a examen. El debate sobre la reelección legislativa en México (Fondo de Cultura Económica, 2003). En este momento, se encuentra realizando una investigación sobre las prerrogativas parlamentariasy e scribe artículos sobre política en diversos periódicos y revistas.