Igual que en tantos países del mundo, México incluido, Irán vive desgarrado por una polarización que en los últimos tiempos se ha acrecentado con consecuencias dramáticas para su población. Más que por las vicisitudes de las interminables negociaciones para restaurar el acuerdo nuclear, que estuvo vigente tan sólo tres años hasta que Donald Trump lo tumbó, los iraníes se confrontan entre sí por asuntos de índole doméstica, a saber, la adhesión o la oposición al gobierno actual que ha restaurado con toda dureza la imposición de la sharía o ley islámica en su versión chiita, a fin de normar los comportamientos cotidianos de sus ciudadanos tanto en el ámbito público, como en el privado.
Las mujeres han vuelto a ser las víctimas más inmediatas al enfrentar la vigilancia y el acoso de una “policía de la virtud” encargada de impedir y castigar violaciones al recato obligatorio que pretende invisibilizarlas para su más fácil sometimiento al poder masculino. Se multiplican, así, las sanciones si se les asomó un mechón de su cabellera o alzaron la voz de más en un espacio público en el cual sólo las palabras de los hombres deben escucharse. Pero también rige la mano de hierro contra las expresiones, vengan de donde vengan, que pretenden denunciar la corrupción del régimen, la ausencia de libertades esenciales y las violaciones constantes a los derechos humanos. Todo justificado mediante el argumento de estar cumpliendo con la voluntad divina que los gobernantes presumen conocer al detalle y de la cual se asumen depositarios privilegiados.
Es así como el actual presidente Ebrahim Raisi, apoyado por otras ramas del gobierno, se ha propuesto silenciar las voces críticas y arrasar con los medios de comunicación independientes, los activistas políticos y los artistas e influencers en redes sociales que protestan contra el statu quo general, incluido el estado crítico de la economía nacional. Las acusaciones judiciales y la prisión son los recursos para controlar verticalmente lo que se dice y lo que se hace, tratando de no dejar resquicios por los que se puedan filtrar “ideas subversivas”.
Recientemente se inició un proceso judicial contra Faezeh Hashemi, hija del finado expresidente iraní Hashemi Rafsanjani, quien ha destacado como activista a favor de los derechos de las mujeres y a quien ahora se le acusa de hacer propaganda contra el régimen y difundir ideas profanas. Y éste es sólo un ejemplo de los cientos y hasta miles de procesos y detenciones contra activistas pro derechos humanos, estudiantes, maestros, periodistas y miembros de minorías religiosas como la de los bahais, cuyas protestas y descontento incomodan al gobierno y a los ayatolas, al atentar contra la imposición de la fórmula única que, según la autoridad, debe prevalecer como guía para marcar el rumbo de la sociedad y la nación toda. Al parecer de lo que se trata es de ejercer máxima represión con objeto de que no vuelvan a presentarse manifestaciones como las de noviembre de 2019, cuando una avalancha ciudadana desafió con ímpetu inusitado a las estructuras de poder.
En este contexto es que se han dado las detenciones de tres de los más famosos cineastas iraníes. Jafar Panahi, Mostafa al-Ahmad y Mohammad Rasoulof han sido arrestados, recientemente, bajo los cargos de realizar propaganda contra el régimen a través de sus filmes. Panahi, el más conocido en Occidente, ha estado en prisión domiciliaria desde 2010 por designios del gobierno de aquel entonces encabezado por Mahmoud Ahmadinejad. Otro detenido famoso es Mostafa Tajzadeh, comentarista de inclinaciones liberales, quien cuenta con cientos de miles de seguidores en las redes sociales debido a su críticas cáusticas y valientes al gobierno.
El intento de asesinato de Salman Rushdie de hace un par de semanas, alentado por la fatwa o decreto islámico emitido desde 1989 por el extinto ayatola Jomeini, nos recuerda cómo dentro del fanatismo propio de los fundamentalismos religiosos —independientemente de la fe de que se trate— los asesinatos y actos de brutal crueldad pueden promoverse, justificarse y hasta exaltarse si se llevan a cabo en nombre de la divinidad y su honra. Como ocurría en las épocas de los procesos inquisitoriales celebrados por la Iglesia católica cuando se quemaba a los herejes. En el actual Irán, la prensa oficialista de línea dura ha estado elogiando al atacante de Rushdie, a quien se han dirigido bendiciones por su acto. Por lo que no sorprende el encarcelamiento de sus cineastas, intelectuales y disidentes en general arriba descritos. La coartada de poseer la verdad absoluta y de conocer cuáles son los designios divinos, les da a esos clérigos y políticos al mando de su nación manga ancha para ejercer su poder desmedida y arbitrariamente.
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