“El fútbol, además de , puede catalogarse como centro de actividades: de plática, motivación y convivencia. Representa la cultura nacional. No hay quien no haya pateado en su vida un balón” José Rubinstein.

De estar con vida, Abraham Rubinstein Grodielsky, haría hasta lo imposible por asistir a tal magno evento, aunque hubiera tenido que apoyar –muy a su disgusto, con bastón, o con lo que fuera– su más de centena de años. En caso contrario, muy a su pesar, permanece en la capital mexicana, y se alimentará de diarios, periódicos, revistas que versaban sobre fútbol, uno de los deportes que más amó, donde destacó, como se dice “de a de veras”. Y no es que los demás deportes que practicó no lo fueran. De acuerdo, a don Rubén Podoswa, quien durante muchos años estuvo al frente de la gerencia del CDI*Rubinstein calificó como uno de los mejores deportistas de la institución a partir de su fundación, de tal manera que, el además de padre y abuelo de entusiastas hinchas del fútbol– recibió en vida un merecido homenaje por su trayectoria. Fotografías sobran en revistas y periódicos del CDI del patriarca Rubinstein, condecorado, premiado y alabado por su carrera en múltiples foros, como futbolista, tenista, jugador de pimpón, dominó…

Sus contemporáneos lo recordaban bajo la alberca con un walkman, baila que te baila, otro de sus máximos placeres. Intelectual, también de primera, trabajó desde adolescente en Di Shtime, La Voz Israelita, imprenta fundada por don Moisés Rubinstein, bundista de corazón, para quien la cultura idish es algo así como oxígeno para los judíos de la Diáspora, algo así como alimento para el espíritu. Don Abraham, quien trabajó como linotipista por más de cincuenta años, a la muerte de don Moisés, “heredó” el cargo de redactor, de director, hasta la llegada de la modernidad y su nueva manera de imprimir… Para don Abraham, quien entre sus tantos menesteres, imprimía invitaciones de bodas, de barmitzves –o ceremonias de trece años– cuando preguntaba por el nombre idish del joven entrado a la pubertad y se enteraba que no contaba con alguno, se consternaban, de a de veras: ¿Cómo un niño nacido de padres judíos carecía de un nombre yiddish, acaso, hebreo? Incluso, según se cuenta, le llegó “a prestar alguno” en su momento.. O por el momento…

En cuanto al fútbol, se nos olvidó una anécdota de la vida: cuando pequeño, enfermo de la garganta, su madre de nombre Sima –se crea o no, como se llamaba su esposa y su abuela y una de sus nietas agregadas a los Rubinstein– le prohibió salir a jugar. Verano, invierno, qué más le daba…Haciendo caso omiso de la precaución materna, se envolvió con una chalina, y salió por la ventana…Un partido –decía– es irrepetible; ninguno sustituye al otro.
Por si acaso, pasan por la biblioteca del CDI, favor de voltear a su derecha: verán un enorme póster –tomado de una fotografía de tamaño normal–. aumentada, suponemos, por su importancia para los cedeístas, y para el fútbol nacional: la del equipo de pequeños futbolistas del MACABI. Cabe mencionar que el entonces pequeño Abraham, en calidad de portero, abraza a la pelota futbolera, como si se tratara de un tesoro del cual debe cuidar llueva o truene, en compañía de su equipo, MACABI como el de la Europa de preguerra, como el MACABI de la actual Mediná, Se trata de una fotografía singular que recuerda los primeros pasos en el ístico de la comunidad judía en el país. Hoy día equipos de la República compiten en las canchas, como en la memorable época cuando, verbigracia, el MACABI de Baranovichi jugó contra el CEDENARIO, equipo de Cracovia, donde –se cuenta– jugó quien vendría a ser el papa Juan Pablo II.

Cabe recordar una y las necesarias veces al CDI, donde Abraham Rubinstein destacó no solo como deportista, sino también como artista del teatro idish con obras inolvidables, como El diario de Ana Frank, como Grine Velder –Bosques Verdes– entre otros. Incluso, en casa de su padre, don Max (Meyer) Rubinstein, los viernes por la noche se escuchaba música judía, preferentemente jazonish: de cantores tradicionales.
Abraham Rubinstein, integrado cabalmente en la comunidad ashkenazi a la que perteneció, en una de las tantas fotografías, aparece, entre los dirigentes más destacados– como parte de la Directiva, de los fundadores de la institución cedeísta. Y entre otras minucias, se cuenta que Rubinstein “devoraba” cuanto libro se le ponía enfrente: de preferencia libros en yiddish y sobre temática judía.

Su afición por el fútbol perdura en su hijo, en sus nietos, en sus biznietos: seguramente no se despegarán de la pantalla cuando Qatar abra sus puertas a los aficionados, enloquecidos con Qatar y sus treinta días inhábiles para dedicarse a lo cotidiano… Para resumir, aseveramos sin temor a equivocarnos que, el fútbol, lo volvía loco…

LETRAS CHIQUITAS:
De acuerdo a una leyenda familiar –las que abundan–Rubinstein no se perdía ningún deporte, cuantimás el fútbol: veía con un aparato y escuchaba con otro, cuando a los aparatos no les daba la gana de funcionar como campeones…¿No se trata de una singular anécdota fantástica, fabulosa, risible mas no ridícula, la de un hombre entregado a vivir la vida en todas sus aristas? El también periodista, tenía una columna llamada “Ij Alein” . “Yo, y mi mismo”. Y se le conocía, con todo respeto, como “El loco Rubinstein”.

*CDI: Centro Deportivo Israelita.