El rumor. Es decir, el de posicionamiento, de propaganda. El que no es , que, degrada su esencia, sus valores, sus prácticas, para – o en el acto de – entregar la profesión al mejor postor o a la “causa” que le sirva como plataforma de ascenso “moral”.

El como negación de sí mismo.

Porque el rumor no pertenece al territorio de la “noticia”, de la “información” – entendida como la comunicación de conocimientos que permiten ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada -, sino al de la propaganda, el cabildeo, la apología y el fomento de estados de ánimo y de marcos cognitivos precisos y estrechos. De hecho, puede decirse que el activismo a través de rumores es el uso sistemático del señalamiento, el estereotipo, el eslogan, el libelo, con el fin de influir en la opinión y en el sentir de un grupo de personas. Uno tras otro. Siempre en el mismo sentido. Al punto que, se pretende, ya no es rumor sino certeza, o, como mínimo, y como dicen en inglés, an educated guess – una suposición informada.

La muerte de la periodista Shireen Abu Akleh, de la cadena catarí Al Jazeera durante un enfrentamiento armado entre grupos terroristas palestinos y fuerzas de seguridad israelíes, en el contexto de un operativo en Jenín, sirvió a parte de aquellos medios y profesionales que cubren el conflicto para dedicarse a difundir un señalamiento sin más pruebas que las aseveraciones de siempre, que la propaganda que se pone en marcha instantáneamente para culpar al estado judío.

Como esos niños que no pueden esperar a lanzarse al agua apenas llegan a la playa, sin corroborar la temperatura del agua, su profundidad, la presencia de medusas u obstáculos; así, se abalanzaron a sumarse al esfuerzo difamador. Así, inmediatamente, medios y periodistas se abocaron tuitear a retuitear unas afirmaciones en un sentido muy concreto y huérfanas de toda evidencia.

Mientras esto tuiteaban periodistas y medios en español, lo que se sabía era más bien poco. O nada. Y había otra línea que, cuanto menos, debía investigarse: la posibilidad de que hubiese sido alcanzada por fuego palestino.

El Ejército israelí, decía en Twitter:

El grupo terrorista Yihad Islámica Palestina había emitido un comunicado diciendo que se habían enfrentado a tropas israelíes, que habían disparado contra estas y que les habían arrojado artefactos explosivos.

Por su parte, el ministro israelí de Asuntos Exteriores, Yair Lapid, declaró entonces que su gobierno ofreció a la Autoridad Palestina realizar una investigación patológica conjunta.

Y, ya horas más tarde – después del suceso y de la campaña de lo que, a esta altura puede considerarse desinformación -, y de acuerdo a lo que publicaba el medio digital israelí Mako, “El jefe del Instituto de Medicina Forense de la Universidad a-Najah en Nablus, quien realizó [en presencia de palestinos únicamente] la autopsia de la reportera… dijo al equipo que lo acompañaba y altos funcionarios palestinos que no es posible determinar si murió por fuego de las FDI o por una bala palestina”. Lo dice un forense que realiza su trabajo en una sociedad altamente controlada por sus líderes – y sus intereses.

Y, así y todo, se le dio vía libre al rumor. A la acusación.