Europa y Estados Unidos iniciaron hace poco una carrera –sin duda también una explosiva competencia– con tal de avanzar lo más rápido posible la investigación científica sobre el cerebro. Las cantidades de dinero que se piensan destinar para el financiamiento de los respectivos proyectos no resultan nada despreciables, como tampoco puede minimizarse el interés y la pasión con que cientos de personas, al más alto nivel de formación científica, están colaborando en ambos lados del Atlántico.

Diario Judío México - Aquellos expertos vinculados con la propuesta de Obama han anunciado que habrían de canalizarse, si el Congreso da su Vo Bo, más de 300 millones de dólares anuales (cerca de 40,000 millones de pesos mexicanos) durante la próxima década. Por su parte, la Comisión Europea estima que el costo total del Human Brain Project (HBP) será de aproximadamente 1,190 millones de euros (la mitad de la inversión estadounidense) repartidos a lo largo de fases consecutivas.

A finales del siglo pasado, Bush padre dio su bendición a la llamada Década del Cerebro, dándole un empujón sin precedentes al conocimiento y la tecnología neurocientíficos. Ahora, Obama propone otros 10 años para examinar detalladamente cómo funciona el cerebro humano y trazar un mapa integral para delinear sus complejas actividades. Con el antecedente del Proyecto del Genoma Humano, el cual pudo concluirse en abril del 2003, mucho antes de la fecha programada inicialmente, hoy se convoca a organismos federales, fundaciones privadas e institutos neurocientíficos a colaborar en torno de un esfuerzo concertado sobre los miles de millones de neuronas responsables de guiar nuestra percepción, comportamiento y consciencia. Además, existen esperanzas fundadas para que este esfuerzo permita desarrollar tecnologías indispensables para comprender enfermedades neuropsiquiátricas y descubrir nuevos tratamientos.

El proyecto europeo HBP, por su parte, persigue cuatro objetivos fundamentales: información generada estratégicamente para crear modelos cerebrales y catalizar las contribuciones de los participantes; identificar principios matemáticos subyacentes en cada nivel organizacional del cerebro y su papel en la capacidad cerebral para adquirir, representar y almacenar información; integrar un sistema de plataformas de tecnologías de información y comunicación para que los neurocientíficos, investigadores clínicos y desarrolladores aceleren la investigación, y finalmente, demostrar cómo puede utilizarse todo lo anterior para producir resultados aplicables en neurociencias, medicina y computación. Si a alguien le parece confuso o demasiado sintético lo expuesto aquí, mi recomendación es que procure dejar de lado por el momento los detalles e imagine lo que pueden significar en nuestra vida diaria, en un futuro muy cercano, las consecuencias de este tipo de investigaciones.

Ayer antes de dormir escuché decir en una conferencia a Idan Seguev de la Universidad Hebrea de Jerusalén e integrante del grupo europeo de neurocientíficos que el cerebro es una máquina. Su argumentación era lógica, informada y bien presentada; sin embargo, esta madrugada desperté sobresaltado y sudoroso. En Internet encontré que una máquina “es un agregado de diversas partes ordenadas entre sí y dirigidas a la formación de un todo”. Y cuando ya estaba tranquilizándome, me vino una pregunta inoportuna: ¿qué clase de máquinas definirán nuestra existencia mañana?

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