Diario Judío México - La última vez que vi a Manuel Bartlett fue en una reunión en el Senado con un grupo de académicos que promovemos una ley de aguas subterráneas transfronterizas. Nos hizo esperar más de una hora y media, que si valoramos el trabajo de investigadores de alto nivel, el senador despilfarró mucho dinero. Pero lo que más me sorprendió fue cuándo en su perorata se lanzó en contra de la corrupción, y confieso que a duras penas pude contener la risa, si no lo hubiera escuchado hubiera pensado que se estaba burlando de nosotros.

Previamente lo había visto en un patio del senado, no me reconoció, pero me preguntó de que se trataba una conferencia de prensa de la senadora Padierna, de la que yo no era parte. Se fue diciendo que iba a buscar reporteros. Seguramente el país estaba ávido de sus giros político-ideológico, porque para entonces un hombre de derecha ocupaba una senaduría bajo las siglas de un partido ex maoísta, el Partido del Trabajo. Y no es que los extremos se toquen, sino que las simulaciones y el engaño se abrazan.

Cuando buscaba la dirección de la Comisión Internacional de Intercambio Académico -Estados Unidos, los estadounidenses decidieron permitir que nombrara al director. Yo contaba con el apoyo de Estados Unidos y de algunas personas en el equipo de Bartlett, a la sazón Secretario de Educación. Su subsecretario me llamó la tarde antes de la decisión para decirme que el secretario me esperaba en Coyoacán, cita a la que no podía asistir porque estaba en San Diego. Al otro día me enteré que Bartlett había nombrado a un asesor suyo, quién duró unos meses en el cargo acusado de acoso sexual.

Paso seguido recibí una invitación del Secretario a ocupar el puesto del asesor, la que por supuesto decliné. Me interesaba trabajar para ambas sociedades, no para ninguno de los gobiernos.

Bartlett siguió insistiendo y en una reunión en Ciudad Juárez me reclamó que no lo hubiera ido a ver, a lo que respondí que intenté pero no me dieron la cita. Finalmente lo vi para decirle directamente que no aceptaba la oferta.

No solamente era reacio a trabajar para el gobierno mexicano, sino que no podía, por múltiples razones, incluida mi conciencia, a trabajar para un personaje tan nefasto para la mexicana.

Bartlett fue artífice del fraude electoral de 1988. Los que piensan que actuó obedeciendo las ordenes del presidente, les recuerdo que hay una cosa que se llama ética. Si alguien a sabiendas, violenta sus valores éticos y lo justifica en base a ser un soldado de la burocracia, nos demuestra que éticamente está dispuesto a pisotear todos los valores y la dignidad, con tal de no perder puntos ante su jefe. Esta es la banalidad del mal que tan bien dibujó Hannah Arendt.

Bartlett jugó un papel crucial en el asesinato de periodistas, en la persecución de líderes políticos, en el atropello de la voluntad popular al alterar los votos para que ganara la elección quién no lo hizo en las urnas.

Como buen camaleón continuó con el discurso nacionalista que manejaba el PRI, el partido en el que creció, y que se mezclaba muy bien con la pseudoizquierda a la que se acercó cuándo su partido lo hizo a un lado.

Como parte de ese discurso argumentó a favor de la soberanía energética contra la que atentaban los neoliberales que el ayudó a consolidarse en el poder y que posteriormente se deshicieron de él.

Son muy misteriosos los caminos de la mexicana. Cualquiera juraría que el capital político de Bartlett está muy disminuido, sin embargo, ha continuado jugando un papel importante en la escena nacional. Le entregaron el manejo de la fracción parlamentaria en el senado del Partido del Trabajo, la que fue creciendo conforme se desgranaba el PRD y el PRI.

López Obrador le paga una factura que según muchos es excesiva e injustificada nombrándolo director de la Comisión Federal de Electricidad. Los administradores de agencias públicas no deben ser necesariamente expertos aunque deben ser buenos administradores y buenos políticos. Cualidades que a Bartlett no se le ven, a menos que ser buen político implique aprender a dar grandes saltos entre las lealtades ideológicas o descartar los valores morales y políticos, cosa que le sale muy bien.

La sociedad mexicana no se espera ni merece este tipo de flotamiento de políticos perversos y corruptos. Su reciclaje frena la urgente democratización mexicana y da un mensaje inconveniente e inadecuado.

La elección de López Obrador llevaba implícita la renovación ética y que las grandes decisiones políticas quedaran en manos de políticos honestos guiados por la decencia, esto no se ajusta al perfil de Bartlett.

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Chair, International Advisory Board for Immigration Studies. U.S.-Mexico Research Program. UCLA. Director asociado de la revista Araucaria. Director del semanario El Reto. Testigo experto en juicios de asilo político y para frenar deportación de mexicanos en Estados Unidos. Posdoctorado en Historia, University of California, Los Angeles. Doctor en Ciencias Política (UNAM). 35 libros publicados y más de 1,000 artículos. Traducido al inglés, francés e italiano. Pionero en varias áreas de investigación: análisis de redes políticas, estudios sobre humor político, democratización en México, temas fronterizos (agua, migración y seguridad) y sobre Crimen Autorizado.