Diario Judío México - El 19 de septiembre de 2010 se ha cumplido el vigésimo quinto aniversario del terremoto que sacudió la capital mexicana a las 07:20 horas de la mañana. Este acontecimiento natural sorprendió a los “defeños” (habitantes del Distrito Federal), que apenas iniciaban un nuevo día y se preparaban a llegar a sus ocupaciones diarias.

Recuerdo haber sentido, a esa hora, un fuerte movimiento telúrico y luego, conforme avanzaba en mi auto desde los suburbios del norte y escuchaba la radio, oí la descripción de Jacobo Zabludovsky sobre lo que él observaba en su periplo por el centro de la ciudad, a través de un transmisor portátil, ya que los sistemas de se habían caído con la destrucción de sus estudios centrales en la tumultuosa avenida Chapultepec. Describía que la escuela Secundaria número 3, “Héroes de Chapultepec” estaba totalmente en el piso; las oficinas de la Junta de Conciliación y Arbitraje, dependencia de la Secretaría del Trabajo, también se había derrumbado. Luego paseaba por avenida Cuauhtémoc, donde el terremoto de 8.1 grados Richter hizo caer el Hospital General y dañado severamente el Centro Médico “Siglo XXI” del Seguro Social.

Días más tarde, una de las escenas más difundidas era aquella en que, durante el noticiero matutino que conducía Guillermo Ochoa se empezó a mover la imagen y después desaparecía del aire. Las escenas de destrucción empezaban casi de inmediato a dar la vuelta al mundo. Los mexicanos, especialmente los radicados en el Distrito Federal, no salíamos del asombro y parecíamos andar pasmados.

Esa misma mañana llegué, alrededor de las 09:00 a. m., a las oficinas del Comité Central ubicadas en el quinto piso del edificio de Nidjé en la calle de Acapulco número 70. Los empleados permanecían en la calle donde me señalaron estacionarme. ¿Por qué?: El edificio se había dañado con el sismo.

Observé bien el frente y, aunque no mostraba salvo algunos cristales rotos y restos del recubrimiento de la fachada acumulados en el piso, el acotamiento de la banqueta se veía distorsionado como si una ola le hubiera modificado, y su sinuosidad era obvia. Decidí, entonces, ingresar y subir por la escalera de servicio hasta mi oficina. Algunos de los pilares acuciaban grietas y fracturas verticales causadas por el movimiento de la edificación, pero no había daños transversales que lo pusieran en peligro. La escena en mi lugar de trabajo era de desorden, los libreros que contenían archivos y libros de consulta habían caído sobre los escritorios, alguna máquina eléctrica de escribir había caído sobre el escritorio de mi secretaria y roto con su peso el cristal que lo cubría. Tomé el auricular del teléfono y obtuve línea, por lo cual decidí llamar a las instituciones y sectores comunitarios para constatar que no habían sufrido y, por lo tanto, era necesario que, ante lo que ya imaginaba, se pusieran a trabajar, ubicándose de inmediato tres centros de acopio de víveres y enceres domésticos, colchonetas y cobijas para los damnificados que, muy seguramente, había causado este impresionante terremoto.

Recordé que, prácticamente un año antes, el 17 de septiembre de 1984, habíamos hecho acciones similares con motivo de la explosión de la planta de gas en la zona de San Juanico, que causó también, de mañana, infinidad de desplazados a quienes la Comunidad Judía llevó asistencia al día siguiente del desastre, con apoyo de las autoridades y por conducto del Consejo Mexicano de Mujeres Israelitas. Acudimos en ese entonces hasta el Cerro del Chiquihuite, donde habían huido los espantados habitantes de San Juanico, y llevamos también material quirúrgico para personas quemadas que había solicitado la Secretaría de Salud y que fueron entregados en sus clínicas cercanas a la explosión. El panorama era desolador y, más aún, lo fue el nuevo acontecimiento por el terremoto.

Conforme avanzaban las horas, alguna gente se animó a entrar a las oficinas de la Kehilá y, alrededor de las 13:30 horas, me entregaron del Keren Kayemet un telex que textualmente decía:

¿Hay alguien ahí que conteste?

Requerimos información sobre la situación de las familias:

(Seguía una larga lista con nombres y teléfonos de relativos de jóvenes que pasaban su periodo de Hajshará en el Kibutz Ein Gev, en la margen del lago Tiberiades, o Kineret, en ).

Firmaba Bumi Nesher (¡mi hermano menor!), y pensé: <<¡Qué coincidencias hay en la vida!>>.

Dos días llevó contactar a esa familias y responder al telex de Ein Gev, señalando que todo estaba en orden con los parientes de los jóvenes de esa Hajshará, no así el resto de la capital donde se empezaba a hacer recuento de edificios colapsados, como alguno de los del conjunto habitacional de Tlatelolco, el total de la escalera de servicio del Multifamiliar Juárez en la colonia Doctores y el Hotel Hilton de Reforma e Insurgentes. El hotel Regis sobre Av. Juárez y sus alrededores estaba derruido, en uno de los planteles de CONALEP, secundaria técnica del gobierno, la mayoría de los estudiantes permanecían bajo los escombros. La ciudad en general se había paralizado.

En tres horas, habíamos conseguido habilitar, nuevamente con apoyo del Consejo Mexicano de Mujeres Israelitas y de la Federación Femenina, centros de acopio en el Centro Social Monte Sinaí, el las oficinas de Maguén David de Polanco y en Congregación Bet-El, también en Polanco y cercana a las oficinas y clínica central de la Cruz Roja. Jóvenes de los movimientos juveniles ya preparaban sándwiches y toneles de agua para ayudar a alimentar a los rescatistas que empezaban a acudir a los edificios colapsados en busca de sobrevivientes.

En tanto ello ocurría, se anunció que llegaría a una delegación de expertos en rescate del Ejército de Defensa de , quienes arribaron con su equipo en aviones “Hércules” C-130 y algunos de ellos me comentaron haber esperado aterrizar en una ciudad totalmente devastada, pero que el tamaño de esta macrocefálica ciudad, pese e lo devastador del terremoto, no se veía como ellos los calcularon, aunque la afectación era de proporción enorme. Estos héroes anónimos de inmediato se dieron a la tarea de levantar un hospital de campaña y sumarse a los esfuerzos de rescate, aunque el moderno equipo que traían era para levantar escombros de edificaciones derruidas por un bombardeo y nada podía hacer por edificios colapsados hacia adentro y con el peso que eso acarrea.

No tardaron algunos días, cuando ya la comunidad se avocaba a la consecución de fondos para reconstrucción, recibiendo del American Jewish Joint Distribution Committee la oferta de una cantidad que ayudó a la reconstrucción de, precisamente, la Escuela Secundaria # 3 “Héroes de Chapultepec” y de la B’nai B’rith Internacional un fondo que se sumaría al proyecto de construcción de bajo costo que tenía elaborada la Universidad Iberoamericana.

Lamentablemente, las autoridades tardaron muchísimo en reaccionar, la Administración del Presidente De La Madrid no reaccionó a tiempo y la sociedad sí lo hizo con celeridad. Pero nunca falta el pelo en la sopa, pues en la zona afectada, mayoritariamente del Centro Histórico donde se ubican muchos negocios, al paso de los días se observó que muchos edificios que albergaban talleres de confección, algunos de propiedad judía, se habían derruido y las costureras quedaron sin su fuente de trabajo. Los Medios empezaron a lanzar acusaciones las más de las cuales señalaban que dichas trabajadoras no estaban registradas en el Seguro Social y unas semanas más adelante, cuando empezaba a normalizarse la vida, hablaron de las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro Social para ofrecer la inscripción de trabajadoras de confección cuyos patrones hubieran faltado a tal requisito, pero se les aseguró que entre nuestros empresarios no existían tales casos, “que buscaran por otro lado”.

De este tenor de hechos, surgiría posteriormente el Sindicato “19 de septiembre” de trabajadoras de ese rubro, mismo que la propia Confederación de Trabajadores de nunca había aceptado. Pero, esta vez, el chivo expiatorio no fue la comunidad, aunque también se criticó el que los dueños de tiendas y distribuidoras de telas “se preocuparan antes por su mercancía que por sus empleados”, lo cual se desmintió luego con la erección de esos negocios, fuera del centro de la capital.

Lo sorprendente del caso, es que se han hecho recuentos de heroísmo y de una gran participación social que cambió el concepto de compromiso ciudadano, pero no se ha hablado de esa enorme participación del Judaísmo en aquellos inquietantes momentos. ¿Será que una vez más constatamos lo corto de memoria del hombre (en tanto género), o de la falta del ánimo comunitario para expresar sus sentimientos respecto a lo que ocurre en el país? Usted: ¿qué opina?

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