Diario Judío México - ha dado muchas entrevistas, pero ninguna para radio, menos para la televisión. “Los micrófonos me inhiben”, dice García Márquez. Cuando ve un micrófono o una cámara se queda callado y no hay forma de vencer su miedo a esos aparatos.

Una entrevista para la televisión con García Márquez representaba, pues, un desafío, una especie de obstáculo que invitaba al deporte. Nos propusimos grabar y filmar al autor de la más importante obra literaria en castellano en nuestra generación. Hace muchos meses, quizá más de un año, empezamos a perseguirlo por teléfono. Más tarde al conocernos personalmente, García Márquez habría de decirme: “me dan ganas de enviarte una tabla de tiempos para que supieras la hora que era donde yo estaba y no me despertara a las 4 o 5 de la mañana como lo estabas haciendo”.

Barcelona, Madrid, Bogotá, Aracataca. Las cuentas de mi teléfono van marcando la ruta de García Márquez. Nunca contestaba él, siempre Mercedes. Una vez me dijo que Gabriel no había llegado. “Cómo que no ha llegado a su casa si son las siete de la mañana”. “Pues no ha llegado”, dijo Mercedes. Otra vez la misma Mercedes se hizo pasar por una hermana suya: “No, la esposa de García Márquez tampoco está y no regresarán hoy”. A los pocos minutos de su llegada a determinado lugar ya estaba puesta nuestra llamada y a veces antes habíamos dejado recado para él. El juego se había iniciado.

Cuando llegó a García Márquez (¿1960?) me habló Antonio Badú y me dijo que lo estaba convenciendo para que yo le hiciera una entrevista por televisión pero que era tan bruto (se llevan bien) que no quería. Badú y Antonio Matouk me invitaron a comer al Club Libanés para que yo lo conociera y porque él también quería conocer a quien tanto lo buscaba por teléfono y tan bien hablaba de sus libros por televisión. Esa tarde, entre bocados de garbanza y kepe, los dos Antonios iniciaron una ofensiva de la que yo fui simple espectador para que Gabriel se sometiera a los micrófonos y a las cámaras. “No puedo, me inhibo, sencillamente no puedo. Me han pedido la entrevista en la televisión italiana, en la televisión francesa, en la televisión española. Nunca he dado ninguna entrevista porque la primera vez que quise hacerlo me quedé mudo. Es imposible para mí. Lo siento, pero no”. Pero inmediatamente después agregó algo que establecía las reglas del juego. “No tengo nada contra una entrevista de televisión excepto que los micrófonos no los tolero; es decir si yo no me diera cuenta de que hay cámaras y micrófonos, no me importaría”. Tratando de aparentar la mayor indiferencia le dije: “o sea que si no te das cuenta y la entrevista se graba y se filma tú la autorizas”. “Si no me doy cuenta de que hay cámaras y micrófonos la autorizo”.

Escogí el restaurante Bellinghausen, en la calle de Londres, e invité a comer a García Márquez. Fuimos Miguel Alemán Velasco, el redactor Félix Cortés Camarillo y una mujer, Graciela Leal, para que Gabriel dijera menos malas palabras en presencia de una mujer que las abundantemente usadas por él siempre. El Bellinghausen se prestaba: tiene un patio al aire libre que da las condiciones de luz adecuadas, un balcón en un primer piso donde podía emplazarse el par de cámaras de 16 milímetros, el equipo de grabación y micrófonos.

La filmación del Bellinghausen salió mal. Cerca de dos mil metros de película a color no se pudieron usar porque el sonido fue pésimo. Todos los largos días y noches de preparación habían terminado en un fracaso desalentador. Pensamos entonces hacer un nuevo intento de filmar y grabar al autor de “Cien años de soledad”. Dejamos pasar tres semanas e invitamos a esposas e hijos, a gente distinta de la de la vez anterior para que pudiera repetir algunas preguntas ya hechas.

Para esta segunda tentativa escogimos el restaurante Passy. Ortega, el dueño, es un amigo que entendió pronto la buena intención de esta especie de travesura. Además en el Passy hay un comedorcito privado con una ventana al patio; desde ese comedor y a través de la ventana se podía filmar. Hicimos un agujero en una de las mesas para esconder un micrófono, otro lo colgamos al techo de lona escondido en una de esas cajas de matamosquitos, un tercero lo pusimos en una maceta, el cuarto en un florero y un quinto lo llevo escondido Patricia Berumen de Lomelín.

Durante esta entrevista repitió las reglas del juego: si no me doy cuenta acepto ser filmado y grabado. Algo sospechaba, pero en el fondo no creía que en ese momento estaba concediendo ya la entrevista tan solicitada en todas partes del mundo. Pocas horas después, cuando la película fue revelada y se comprobó que eran buenos la imagen y el sonido, le llamamos por teléfono para avisarle que se había hecho.

, nacido en Aracataca, de 43 años de edad, autor de “La Hojarasca”, de “Relato de un náufrago”, de “Isabel viendo llover en Macondo” y de “Cien años de soledad” habló sin poses, sin rebuscamientos, sin presión, habló como él es y como él escribe, habló como haciendo un relato y dejó en la película uno de los más importantes documentos humanos que ha dado a sus lectores un escritor. En este caso, el escritor más importante de nuestra generación.

En la muerte del amigo admirado, un recuerdo entre tantos otros que enriquecen nuestra vida…

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