Si casi ciento cinco mil fallecimientos no nos han conmovido o, por lo menos, no nos han hecho actuar como cuando estábamos en mayo, entonces preparémonos para contar a muchos muertos más.

De nada servirán nuestros debates cada vez más estériles en redes sociales o en otros espacios sobre quién tiene la culpa y qué no hacen las autoridades, simplemente porque las quejas no se sostienen mientras sigamos saliendo a las calles como si nada estuviera ocurriendo.

El tráfico de los viernes —y para tal efecto, el de toda la semana— ha recobrado su caos habitual. Desde el jueves, el ilusorio 30 por ciento de capacidad de bares y restaurantes está al tope y con fila de espera; la antesala de bancos y la nula sana distancia en los supermercados no augura nada bueno.

Una vez más, llevamos semanas en lo mismo, el semáforo en la capital del país siguió en un color naranja encendido que podría ser rojo hasta para un daltónico, al igual que en otros estados de la República donde las actividades masivas se permiten bajo un criterio político y de liberación de presión social, no necesariamente de lógica sanitaria. Justo hace unos días, contra todo pronóstico, Guadalajara permitió la apertura parcial del estadio de uno de sus equipos de futbol que disputa el torneo de liga en curso.

Ya no sé si las conferencias de la tarde tengan la misma audiencia o credibilidad del inicio, pero es probable que hayan perdido la atención de cientos de miles que decidieron arriesgarse a contraer la enfermedad y probar suerte para ver si entran en el afortunado 80 por ciento de recuperados, lo que deja un 20 por ciento que representa vidas y familias y tragedias que se vuelven mayores, aunque los números aparenten otra cosa.

Eso si nos ceñimos únicamente a los datos oficiales, a los que debemos sumarles el irónico “exceso de mortalidad” y la estimación de casos que no alcanzaron a ser diagnosticados a tiempo.

Los viajes cercanos, las fiestas “pequeñas” y los compromisos de fin de semana se van acumulando, a la par de los preparativos de una cuidadosa temporada navideña en la que deberíamos haber concluido que sólo puede suceder en casa y vía remota con los hogares de nuestros seres queridos. Pero, aún con el riesgo en la puerta, empezamos a discutir (si lo hacemos) sobre formas en que podemos cuidarnos, no en la manera en que evitaremos el contacto directo.

Esto pronostica, tristemente, que en enero pagaremos un costo altísimo en pérdidas humanas y entenderemos lo que hicimos justo en el momento en que perdamos a alguien querido y, por ello, cercano. No entendemos, es la definición que escucho mucho, a pesar de que no detenga a una mayoría que aumenta con el paso de los días.

La primera prueba será el 12 de diciembre y la posibilidad de que miles de personas den un auténtico “portazo” sobre las rejas de la Basílica de Guadalupe. Si las imágenes del caos por el funeral de Diego Armando Maradona nos parecieron irresponsables, ojalá me equivoque con las que podrían producirse en una semana y media en La Villa.

¿Qué podríamos hacer? Una pregunta que por lo general se les destina a las autoridades de todos los niveles y no tanto a nosotros como ciudadanos. Para las primeras, espero que estén pensando en el operativo correspondiente para desalentar desde las casetas a los millones de peregrinos que es posible vengan a probar suerte, un llamado de la jerarquía religiosa ayudaría mucho, esperemos que así ocurra.

Para los segundos, las y los ciudadanos (que somos peregrinos y creyentes a un mismo tiempo) pienso que nos dimos por vencidos y estamos tomando la llegada de posibles vacunas como un pretexto perfecto para recuperar el desorden social acostumbrado, ése que tanto daño nos hace en la seguridad pública, la movilidad y la convivencia, porque no pensamos mucho en los demás y creemos tener derecho a casi todo.

Quiero equivocarme porque eso significaría que aprovechamos esta crisis para resurgir mejores, sin embargo, no lo veo en los pocos momentos en que me asomo a la calle y se aprecia menos en los reportes y en las imágenes que nos comparten los medios de comunicación.

Desmoraliza más saber de casos cercanos que se contagiaron después de respetar rigurosamente la sana distancia y el aislamiento voluntario durante casi 10 meses y hoy viven los estragos de la covid-19 desde la cama de un hospital.

Si pudiéramos hacer un propósito colectivo para el año entrante, éste debería ser la preservación de la salud por encima de cualquier otra meta. Enero puede ser el mes más oscuro si seguimos por esta ruta del desahogo.

Comprendo el hartazgo, pero no es justificación para arriesgar la vida de nadie, mucho menos de los más queridos. Se trata de cuatro semanas, 31 días, en que podemos reflexionar antes de que sea demasiado tarde y evitar que la tragedia de cientos de familias sea la nuestra y que el año que viene sea el de la salida del túnel, no el momento en que nos pegó el tren de frente.