La porosidad, irregularidad y dispersión de los seres y las cosas hace que al buscar la sabiduría estemos, en realidad, detrás de lo continuo y homogéneo, aunque más no sea porque su mera idea nos calma. En el monumental I ching, o Libro de los cambios de los chinos la línea entera corresponde al cielo y la partida a la tierra, las cuales combinadas entre sí dan los hexagramas cuyos orígenes se remontan, parece, a las técnicas de adivinación basadas en la caparazón de las tortugas. La búsqueda de lo continuo, por otra parte, está también en el zazen o la meditación budista y en muchas otras rutas espirituales. Aspiramos una y otra vez a lo trascendente, a lo ilimitado. Se repiten los ritos, las posturas, los ensalmos, los mantras, las oraciones con el fin de cauterizar las heridas del tiempo. En el libro del Exodo 25:30 leemos: ´´Delante de mi( dice el Creador ) continuamente.´´ Lefanai tamid. La referencia se da en el contexto del pan de la proposición, pero sabemos que no sólo de alimentos materiales vive el hombre.

La voz tamid, traducible por siempre, continuamente, figura en talmid, estudiante, y alude, por su valor numérico, 454 , a nikdash, santificado, sacralizado, de donde será sagrado todo lo continuo e, inversamente, profano lo discontinuo. Será sagrado el regreso, lo cíclico, lo que se recupera de uno u otro modo. Sólo evocando ese nexo entre lo continuo y el estudiante, entendemos la pasión hebrea por la exploración de sus fuentes escritas, que en realidad consiste en un espíritu de indagación permanente no exento de intranquilidades y oscilaciones de ánimo. Al mismo tiempo, no otra cosa propicia, a su modo, la meditación, que es siempre igual a sí misma y aún así diferente cada vez. En tamid o siempre hallamos también la expresión miad, inmediatamente, ahora mismo, lo cual insinúa que ese continuo está presente en todas partes, aquí y ahora si acercamos el pan de nuestra proposición, el eje de nuestro cuidado al altar de lo cotidiano. El Baal Shem Tov decía que a veces había que dejar de rezar para pensar en Dios, es decir suspender la tendencia ritual para entregarnos al puro devenir, a eso que el maestro japonés Takuan, que vivió en el siglo XVII, denominó Misterios de la sabiduría inmóvil. No se trata de que lo que llamamos Espíritu sea o esté inmóvil, si no que no debe circunscribirse, fijarse, adherirse siempre a lo mismo. ´´El mal consiste-escribió Takuan-en no rechazar los pensamientos precedentes y en conservar más tarde restos del pensamiento actual. Cercenad el intervalo entre el precedente y el presente; cortad los términos anterior y siguiente. Eso significa no circunscribir el Espíritu.´´ Es decir busquemos lo continuo debajo del tiempo, el fuego bajo la cenizas de las horas.

Siendo, como es, ciertamente muy difícil cortar del todo nuestras costumbres y hábitos, sin embargo es preciso hacer con frecuencia un alto en el camino para mirar el cielo, subir de lo partido a lo entero, de nuestro planeta a las grandes estrellas si queremos renovar la música de nuestros latidos. El arte del pulido se desarrolló en joyería con el fin de dar continuidad, homogeneidad a las superficies de las piedras preciosas, y con la intención de que, al tacto, la suavidad nos acariciase la piel. En la tradición judía, en concreto en las sinagogas sefaradíes, suele haber un caligrama que contiene ciertos versículos de los salmos junto a la expresión: shaviti adonai le-negdi. Estoy, y estuve, siempre delante del Eterno, o bien me situé frente a lo eterno. Ese pequeño objeto ritual, en realidad una suerte de icono caligráfico, actúa a la manera del norte de la brújula, pero indicando el este, es decir la salida del sol. También existe la ner tamid o lámpara votiva que nos recuerda esa continuidad, esa especie de ancla mística en el mar de la existencia. En el vasto y ancho mundo del Islam, y en las mezquitas, existe asimismo la hornacina o mihrab hacia la que el creyente debe dirigir la mirada cuando reza. Marinos y pastores trashumantes seguían a la Estrella Polar para ordenar sus viajes. El hecho de que busquemos orientación espacial para encontrar lo atemporal forma parte del fenómeno de la concentración, el cual, a su vez, ayuda a fortalecer nuestra identidad. El filósofo Boecio escribió: ´´El instante que pasa hace al tiempo, el que permanece a la eternidad.´´

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.