Los Hijos de Sefarad. Inmigración y presencia criptojudía en Hispanoamérica, 4ta. parte

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La Inquisición en el Río de la Plata tuvo características diferentes a de los otros procesos de América. En la época de la instalación de los Tribunales en Lima, México y Cartagena de Indias, en los extensos territorios del Río de la Plata apenas si habían sido fundadas las ciudades de Mendoza, San Miguel de Tucumán y la Asunción. Buenos Aires, que no había sido fundada por segunda vez, era poco más que una aldea. Los pobladores estaban apartados unos de otros y era constante la amenaza de los indios.

Los portugueses de esas primeras infiltraciones se refugiaban en el interior de las provincias y formaban prolíficas familias. Contando a veces con la protección de los sacerdotes, que los asilaban en los conventos negándose a entregarlos a las autoridades, llegaban de noche hasta la prisión y desposaban a muchos de ellos con hijas de vecinos de la ciudad o bien ofrecían una fianza por estos detenidos hasta probar que no eran personas “prohibidas”. Los portugueses, obtenida su libertad, huían internándose en Asunción, Corrientes o Santiago del Estero, donde contaban con la protección de sus compatriotas.

En crónicas y descripciones de la época aparecen los lusitanos ejerciendo oficios de boticarios, médicos y artesanos, la gran mayoría dedicados al comercio, con tal impulso que los castellanos se asociaban a ellos con el deseo de mayor progreso.


En ese sentido, la sociedad colonia adoptó medidas contradictorias: aún cuando uno de los objetivos del Consejo de Indias y la Casa de Contratación de Sevilla era evitar la introducción de extranjeros en el Río de la Plata, se acordaron licencias especiales a los portugueses en los años 1662 y 1669 cuya duración fue de varios años. Pellicer de Ossau, en su obra Comercio Impedido, destaca un documento de 1608 que afirma que “estos hombres de negocios aprovecharon muy bien la licencia y estaban asentados en gran cantidad en Sevilla, Cádiz, San Lúcar, Países Bajos y puertos alemanes.” Y agrega que “los mismos se extendieron desde Brasil a la India Oriental, a La Habana, a Cartagena de Indias, a Portobelo, Charcas, Buenos Aires y puertos del Perú y Nueva España”.

Varios documentos dan cuenta de estos sucesos. Vicente Fidel López transcribe un documento de 1664 en el cual el gobernador eleva una solicitud en nombre del vecindario pidiendo franquicias y solicitando que no se lleve adelante la expulsión de los vecinos portugueses en atención a la decadencia y pobreza en que se halla la colonia”. Otro testimonio señala: “más como no sólo eran ricos sino que se habían casado y avecinado en la ciudad, la medida, aunque ruidosa al principio, quedó al fin, en mero aparato”.

Años después esta situación continuaba igual. El fiscal de Charcas, Don Sebastián de Alarcón, en una carta enviada al soberano en 1636, le manifestaba inconvenientes por el hecho que hubiese “tantos innumerables hebreos que han entrado y de nuevo entran por mayor crecimiento por aquellas partes”. Otro documento que ayuda a elucidar la cuestión de la permisibilidad de la Inquisición en el Río de la Plata, se encuentra en los Archivos Sevillanos donde se dan detalles de uno de los primeros grupos de personas que se establecieron en esta región; la expedición de Ortiz de Zárate, luego de diversas dificultades, el explorador obtuvo “cédulas reales” cuyo requisito señalaban a cada pasajero “el no tener deudas, ser honesto, si casado dejar mujer e hijos en condiciones favorables” es decir que la intención era seleccionar gente “noble, pacífica e industriosa” para formar una población de “hasta doscientos hombres y todos los que más de ello fuera posible casados y que lleven sus mujeres y procuren que los que fueren sea gente honrada, quieta y pacífica para que entre ellos se pueda proveer los oficios de la gobernación de la república y que asimismo haya labradores para la labor y beneficio de las tierras.”

Es importante remarcar que a estas personas, llegaron a destino unas 280, se les relevaba de la licencia de información de limpieza de sangre que debían presentar a la Casa de Contratación.
En lo concreto, el caso de la familia Leon Pinelo, hijos del converso portugués Diego López de Lisboa, es ilustrativo. Ni siquiera fueron molestados por la Inquisición a pesar que se conocía y había trascendido el origen judío de todos ellos. Por su parte la familia había tomado la precaución de evitar sospechas al ingresar por el puerto de Buenos Aires, mediante la compra de información de “cristianosviejos” a un tal Navarro.

Sin embargo, un incidente muy sugestivo, desató denuncias por sospechas de prácticas heréticas en la misma casa de Don Diego de Lisboa. A los funcionarios del Santo Oficio no pasó desapercibida la reunión de Don Diego y otros portugueses un jueves santo, en una habitación a puerta cerrada vigilada por un criado. Lo cierto es que no era noche propicia para el juego de naipes, pues seguramente se hallaban celebrando en secreto la festividad de la pascua judía, en general coincidente con la semana santa. Don Diego de Lisboa, posteriormente clérigo-presbítero y mayordomo del arzobispo Fernando Arias de Ugarte, debió soportar, a pesar de todo, las bromas del vulgo y los jóvenes que “voceaban y clamaban: venga el judío de Diego de Lisboa” o “eche V.S. ese judío de su casa…” Evidentemente la protección del prelado, como tantos otros casos, salvó a Don Diego y su familia de las garras de la Inquisición; lo demuestra el desarrollo que tuvieron sus hijos: Don Juan Rodríguez de León, el hijo mayor, fue canónigo de Puebla de Los Ángeles, el segundo, el conocido Licenciado Antonio de León Pinelo se desempeñó como relator del Consejo de Indias y el tercero Don Diego de León Pinelo fue notable literato en Lima y también abogado de la Real Audiencia .

La integración de los conversos portugueses a la sociedad porteña colonial fue intensa; se desempeñará como plateros, orfebres, artesanos y comerciantes. Entre los artesanos cabe destacar el caso del notable escultor Manuel de Coyto en cuyo taller se formaron otros artistas y él fue el creador de un Cristo de gran belleza que tallara entonces para la catedral de Buenos Aires. A pesar de ser condenado, por ciertas heréticas expresiones a cuatro años de prisión en Valdivia, Chile, es evidente que el afamado escultor logró eludir la pena, pues, continuó trabajando en su taller en la creación de una estatua de San Miguel, destinada al fuerte de Buenos Aires.

Acerca de Andrés Esteva Salazar

Historiador, mexicano, condesino, bon vivant, ciudadano del mundo.

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