Diario Judío México - Recientemente se ha publicado en el libro Sobre el cielo y la tierra (: DEBATE, 2013), con dos notables autores: Jorge Bergoglio, hoy día Papa Francisco; y Abraham Skorka. Este último es rabino, de nacionalidad , ordenado en el Seminario Rabínico Latinoamericano en 1973. Profesor de Biblia y Rabínica. Es Rector del Seminario Rabínico y rabino de la Comunidad Benei Tikva. En el año 2012 la Universidad Católica le hizo merecedor del Doctorado Honoris Causa, siendo el primer rabino en recibir tal distinción.

Como puede imaginar el lector, esta obra tiene una génesis sumamente peculiar. En efecto, el propio Skorka nos cuenta en su presentación que “cierto día fijamos lugar y fecha para sentarnos meramente a hablar. El tema era la vida misma en sus múltiples facetas: la sociedad , la problemática mundial, las expresiones de vileza y grandeza que presenciábamos en derredos. Dialogar en la más absoluta intimidad, salvo la presencia de Él, que aunque no lo nombráramos asiduamente (¿acaso hacía falta?) lo sentíamos siempre presente” (p. 9).

Dos hombres de fe. Dos enamorados de Dios. Dos hombres que han dedicado su vida al Misterio que se ha revelado y que se ha hecho presente en la historia, que ha puesto de manifiesto su voluntad a los hombres y que los interpela para que pongan en juego sus fuerzas para construir un mundo a la altura de sus planes para el hombre, que no son otros que la vida misma de los hombres.  Por eso, en su respectiva presentación del libro, el entonces Jorge Bergoglio (la primera edición de este libro es de 2010) señala que “con Skorka no tuve que negociar nunca mi identidad católica, así como él no lo hizo con su identidad judía, y esto no sólo por el respeto que nos tenemos sino también porque así concebimos el diálogo interreligioso. El desafío consistió en caminar con respeto y afecto, caminar en la presencia de Dios y procurando ser irreprochables” (pp. 14-15). Sólo subrayo: “respeto y afecto”. Como señalamos en nuestro artículo previo (“La responsabilidad por la muerte de Jesús) el diálogo judeocristiano tiene como fin, como objetivo, el “mutuo aprecio” según la expresión de la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II. Este diálogo entre el Card. Bergoglio y el Rabino Skorka es un ejemplo luminoso de cuán real puede llegar a ser.

De ningún modo podríamos en este breve artículo agotar el riquísimo contenido de este libro. Vale la pena que enumeremos algunos de los numerosos y breves capítulos que lo componen: Sobre Dios; Sobre el Diablo; Sobre los ateos; Sobre las religiones; Sobre la oración; Sobre la muerte; Sobre los ancianos; Sobre el aborto; Sobre la ciencia; Sobre la eduación; Sobre la y el poder; Sobre el dinero; Sobre el ; Sobre el diálogo interreligioso; Sobre el futuro de las religiones. Estos son apenas algunos de los 29 capítulos que componen el libro y que reproducen este diálogo que, para nuestra fortuna, no sólo se ha conservado, sino que ha sido publicado y ha conocido esta difusión que lo pone a nuestro alcance.

Me quiero detener solamente en un capítulo. Se titula “Sobre el ”. Skorka se pregunta: “¿Dónde estuvo Dios en la Shoá?” E inmediatamente reformula la pregunta: “dónde estuvieron los hombres, tanto los que actuaron por acción así como los que inmisericordiosamente y mezquinamente actuaron por omisión” (p. 167). Bergoglio comenta que “la Shoá es un genocidio, como los otros del siglo XX, pero tiene una particularidad … una construcción idolátrica contra el pueblo judío. La raza pura, el ser superior, son los ídolos sobre la base de los que se conformó el . No es sólo un problema geopolítico, existe también una cuestión religiosa-cultural. Y cada judío que se mataba era una bofetada al Dios vivo en nombre de los ídolos” (p. 168). Skorka recuerda entonces la obra de Marc Chagall, en la que representa a “Jesús crucificado y cubierto por un talit … Siempre digo que en los campos de la muerte no sólo asesinaron a seis millones de judíos, sino que asesinaron seis millones de veces a Jesús. Porque mucho de la concepción y del mensaje de Jesús es judío, pues llevaba el mensaje de los profetas” (pp. 169-170). Bergoglio le responde que “esa es una creencia muy cristiana: en cada sufriente está Jesús. Completamos en nuestro sufrimiento lo que falta a la pasión de Cristo”. Y Skorka replica: “También es un pensamiento talmúdico. En el tratado de Sanhedrín dice, cuando se analiza el tema de la pena de muerte, que aun al punir con pena de muerte al transgresor, Dios mismo está sufriendo junto a él. Aun en el momento del castigo, Dios está con él. Coincido profundamente con usted” (p. 170).

Más adelante el Cardenal Bergoglio hace una evaluación sobre el papel de la Iglesia durante la Shoá. Luego de recordar grandes luces y penosas sombras, señala acerca del Papa Pío XII: “Mi gran duda a nivel existencial, a nivel religioso, es cómo hizo para callar en el momento que se supo de la Shoá. ¿Por qué no gritó su cólera a los cuatro vientos? Un profeta, ante el más mínimo drama, brama. ¿Qué habría pasado si hubiese bramado? ¿Se habrían despertado conciencias? ¿Se habrían rebelado más soldados alemanes? No estoy afirmando nada, intento ponerme en el lugar de los sufrientes, de aquellos que ya no tiene voz, como si estuviese hablando con ellos, con su dolor” (p. 172).

Ambos recuerdan el papel activo del Papa Juan XXIII en las relaciones judeocristianas y la historia posterior, hasta la más reciente. Hablan acerca de la necesidad de estudios los archivos del Vaticano de aquellos años para tener una visión completa del tema, incluso debiendo reconocer limitaciones y errores. Ambos coinciden en que “la verdad tiene que ser el objetivo” (pp. 172-173).

Al final, recuerdan que los cardenales argentinos Jorge Mejía y Antonio Quarrancino hicieron esfuerzos también para cultivar las relaciones judeocristianas. El primero, en particular fundó junto con Marshall Meyer el Instituto Superior de Estudios Religiosos. Esta es una institución que une a católicos, protestantes y judíos. En cuanto al Cardenal Quarrancino, ]Skorka recuerda que en su monumento funerario “hay un mural con trozos de libros de rezos hebreos salvados de distintos campos de exterminio y otra documentación acerca de la Shoá. Él quiso que esto estuviese allí, en la Catedral”; a lo cual responde Jorge Bergoglio: “Hubo alguna presión de ciertos grupos para retirar esas cosas y trasladarlas al museo de la Catedral. Pero no hice lugar y quedó en la nada” (p. 177).

Invito al lector a acercarse a esta obra. Creo que apenas he podido ofrecerle una pincelada, si bien representativa, por demás limitada. Creo que será una puerta a un ejemplo concreto del diálogo que, como hemos dicho más arriba, nos conduce a un sincero, profundo y fraterno mutuo aprecio. La prueba de ello está en la anécdota que Skorka recuerda en su presentación del libro. Refiere que, en una ocasión, en el Arzobispado: “quedé en la soledad de su pequeño estudio. Observé el armario con las fotos que lo acompañaban. Deben de ser seres muy queridos y significativos para él, reflexioné. Repentinamente distinguí entre ellas, enmarcada, una foto que le había regalado de un encuentro compartido en el que nos habíamos retratado juntos. Quedé impactado, en silencio”.

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El Mtro. Carlos Lepe Pineda es licenciado en filosofía por la UNAM, graduado con mención honorífica. Fue becario en dos proyectos de investigación acerca de la filosofía mexicana de los siglos XVIII al XX. Publicó diversas obras bibliográficas y estudios especializados sobre el tema, en calidad de coautor, con el apoyo de la UNAM. Participó en reuniones nacionales e internacionales, como ponente, sobre filosofía novohispana, mexicana e iberoamericana. Es maestro en humanidades por la Universidad Anáhuac. Desde 1997 hasta 2012 colaboró con esta universidad como coordinador de área académica, director de humanidades y desde 2009 hasta 2012, como vicerrector académico. En este periodo centró sus estudios en la filosofía de la religión y las ciencias religiosas. Es uno de los compiladores de la obra “Textos para el diálogo judeocristiano” publicada por la Universidad Anáhuac y Tribuna Israelita, órgano de comunicación del Comité Central de la comunidad judía de México. Tiene un Diplomado en Teología por la Universidad de Salamanca, España y el Diplomado en Docencia Universitaria por la Universidad Anáhuac. Ha impartido cursos de Sagrada Escritura y Cristología; antropología filosófica, valores y ética, así como de Holocausto, entre otros. Actualmente es Director Académico y de Formación Integral de la Red de Universidades Anáhuac.