Al referirnos a Rafael Gil Rodríguez, judaizante del siglo XVIII en Nueva España, es delimitar varias nociones identitarias, es decir, plantear las posiciones fluctuantes entre el “yo” y el “otro”. Sabemos que, desde la conquista, se introdujo la mirada euro-centrista en la que se planteaban nuevas formas de concebir el mundo, me refiero a los aspectos religiosos, éticos, sociales, económicos y existenciales que fueron dominando las conciencias de los habitantes autóctonos.
Por supuesto, en el siglo XVIII, esta cosmovisión ya había permeado en la población novohispana. En esta época, en que los racionalismos y las ideas individualistas iban ganando terreno, los criollos se enfrentaron a una disyuntiva difícil de descifrar: por un lado, estaban imbuidos en las ideas de la Ilustración heredadas del viejo continente, pero por otro, eran considerados inferiores para los europeos. Es decir, eran rechazados por las nuevas tendencias borbónicas que los veían como colonos proveedores de bienes para la Corona. La contradicción de los criollos estaba en la misma concepción de sí mismos. Gil Rodríguez pertenecía a esta clase de individuos que ostentaba la “pureza de sangre”, el linaje, la honra, su apariencia europea y su hidalguía: valores que le hacían sentirse superior. Sin embargo, esta forma de pensar no le sirvió de mucho cuando fue encarcelado (en 1788) en las cárceles secretas de la Inquisición.

Al remontarnos a su juventud, sabemos que su carácter altanero lo envolvió en pleitos personales con los curas de su pueblo natal, pues los acusaba en público de sus desempeños corruptos y pecaminosos. En venganza, los eclesiásticos movieron sus influencias para que, cuando Gil Rodríguez se graduara como religioso cristiano en el Colegio, una carta anónima que hablaba en su contra, impidiera su ordenamiento. De ahí devino, en el joven inquieto, una etapa de incertidumbres y cuestionamientos en torno a la fe, que lo mostraron ante la sociedad como un irreverente y provocador frente a la ley de Cristo. Además, persistía en las acusaciones contra los curas culpándolos de faltas a la moral sexual, abusos de poder, y apropiación de las limosnas, que utilizaban para el bien personal.

Ya en la cárcel de México, contrario al sometimiento del miedo o la obediencia, se enfatizó su soberbia, pues no entendía cómo un hombre noble como él, podía soportar las vejaciones de las autoridades del Santo Oficio. Algunos ejemplos de la actitud prepotente de Rafael Gil frente a los alcaides era aceptar abiertamente su y negar la verdad de Cristo. Así, para confrontar a sus verdugos, no se dejaba rasurar los sábados (por ser Shabat), no comía cerdo y, más aún, maltrataba las imágenes sagradas cristianas echando, el rosario al chocolate o ensuciando a la virgen pintada en la pared de su celda. Los inquisidores no sabían qué hacer con sus impulsos y su violencia, por lo que, al principio, mejor lo trataban con cuidado y tolerancia para no hacerlo enojar. Hubo otra ocasión en que desprendió los barrotes de las ventanas de su celda y logró abrir la puerta para salir al patio. Hizo gran escándalo alborotando a los demás prisioneros de las cárceles continuas. Asimismo, amenazaba con un hueso -clavado a la pata desprendida de la silla- a quien se atreviera a acercarse. Las palabras que profería el reo eran vituperios en contra del sistema carcelario, pero, sobre todo, contra Juan de Mier y Villar y Antonio Bergosa, inquisidores a quienes odiaba con fervor por incompetentes e injustos.

Pero más allá de las irreverencias religiosas y malos comportamientos, el reo asumió el papel de salvador de los desvalidos. Influenciado por los de caballería y los profetas bíblicos, se posicionó como el mismo Mesías judío que acabaría con la tiranía de la Inquisición. Gil Rodríguez se sentía protegido por el “Dios de los Ejércitos” para que, con su espada invencible, venciera a los victimarios y liberara a todos de sus garras.
Tenemos testimonios de la invención de un “sistema de religión” en el que amalgamaba el con el cristianismo en una lógica científica basada en argumentos supuestamente sustentados por la razón. Afirmaba que la Ley de Moisés no podía estar “muerta” si era la base previa para fundamentar el cristianismo. Asimismo, profetizaba la destrucción del pueblo pecador (los cristianos) y predecía la desaparición de la Inquisición, hecho que no estuvo tan errado. Todo ello hizo que las autoridades no supieran si estaba loco, cuerdo, demente o “falto de juicio”, por lo que lo sometieron a exámenes médicos para que lo diagnosticaran en torno a las extravagancias de sus actos.

Años después, esta dinámica de poder del reo se desgastó y los inquisidores dejaron al prisionero número 11 abandonado a su suerte, encerrado en su celda y a expensas de la humedad y las enfermedades. Se sabe que, al ser abolida la Inquisición, fue ingresado en el Hospital de los Dementes, casi quince años después de que fue hecho prisionero. En el Auto celebrado en la iglesia de Santo Domingo, el 9 de agosto de 1795, Rafael Crisanto Gil Rodríguez, natural de la Antigua Guatemala, “de prima tonsura y dos grados de ostiarato y lectorato, (fue sentenciado) de hereje formal, apóstata, judaizante circuncidado, fautor y encubridor de herejes.”
El verdicto, después de recorrer la vida de Rafael Gil, se puede considerar como una venganza de los inquisidores, ya sea porque los ponía a pruebas intelectuales difíciles de entender, o por los insultos y desobediencias que profirió el reo durante su encarcelamiento. También es viable pensar en una auténtica locura, ya que su proceso atravesó por una serie de frustraciones que probablemente no pudo sobrellevar. La época conflictiva en que vivió, ponía en duda la fe de la iglesia para priorizar la razón y la ciencia, por lo que también fue un referente para explicar sus actitudes. Así, observamos en Gil Rodríguez una entremezcla de identidades difíciles de desglosar.


Contraportada y semblanza

El judaizante Rafael Gil Rodríguez y el declive de la Inquisición: 

Nueva España, siglo XVIII.

 

Rafael Crisanto Gil Rodríguez era un criollo novohispano acusado por la Inquisición, a finales del siglo XVIII, por “hereje formal, apóstata, judaizante, retajado y encubridor de herejes”. Al adentrarnos en su de vida, descubrimos cómo su destino se define, en un contexto cambiante, a partir de varias vertientes que influyen en su devenir existencial: las influencias de la época, en las que la razón y el individualismo promovidos por la Ilustración ganaban terreno; el debilitamiento del Tribunal del Santo Oficio que estaba en vías de desaparición; la soberbia y la falta de escrúpulos del reo frente a las autoridades que derivaban en castigos e injusticias; finalmente, los conocimientos -científicos, literarios y religiosos- que utilizaba Gil Rodríguez para su defensa e implicaban una constante búsqueda de respuestas. Este estudio da cuenta de cada una de estas perspectivas para entender, tanto la mentalidad de la época a nivel colectivo, como las disyuntivas individuales del reo desde lo cotidiano.  

Semblanza:

Silvia Hamui Sutton obtuvo el Doctorado en Letras en la UNAM con Mención Honorífica. Ha sido docente en la UIA desde 1997 hasta la fecha y en la UNAM desde 2007. Colabora en el programa de posgrado en la Maestría en Docencia para la Educación Media Superior (MADEMS) en la UNAM. Algunos de sus publicados son: Interpretaciones literarias como apertura hacia el universo del ‘otro’ (2009-UIA); El sentido oculto de las palabras en los testimonios inquisitoriales de las Rivera: judaizantes en la (2010-UNAM); Lecturas desglosadas. Oralidad y escritura en la narrativa mexicana. (2018- UIA). En 2009 le fue otorgado el Premio Rabino Jacobo Goldberg por su artículo: “Identificadores de los judaizantes y la re-significación de sus rituales en el contexto novohispano”. Obtuvo el Reconocimiento al Mérito Universitario 2019 por la sobresaliente trayectoria profesional en la UIA. Es acreedora de la Medalla Ernesto Meneses Morales (UIA-2020). Forma parte del Comité Académico de la Universidad Iberoamericana como representante de los profesores de asignatura. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del CONACyT

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