La calidad de nuestra vida depende de nuestro discurso interior. La vida filosófica estoica consiste esencialmente en el dominio del discurso interior. Todo en la vida del individuo depende de cómo se representa las cosas, es decir, de cómo se las dice a sí mismo. “Lo que nos turba”, decía Epicteto, “no son las cosas, sino nuestro juicio sobre las cosas”: es decir, nuestro discurso interior con respecto a las cosas. Controlar nuestros pensamientos es controlar la calidad de nuestra vida. Yo puedo dejar de sufrir innecesariamente si aprendo a controlar la calidad de mi discurso interior, si aprendo a decirme cosas mucho más positivas que en lugar de esas cosas negativas que suelo decirme con tanta frecuencia. Cuando yo manejo la calidad de mis pensamientos, también manejo la calidad de mi vida. Y eso es lo que nos recuerdan los estoicos una y otra vez: que no son las cosas exteriores las que nos afectan, sino cómo yo me las presento, cómo yo me las digo. Entonces, si yo digo que algo me ofende, que algo es injusto, por qué me pasa a mi, eso me va a causar una emoción negativa. Pero si yo digo «esto es indiferente o esto no tiene mucha importancia», pues efectivamente, de ese discurso, hará que yo me tome las cosas de una forma mucho más positiva y que no me cause dolor innecesario. Ahora bien, para controlar este discurso interior necesitamos hacerlo a través de la práctica de la repetición. Resulta que hay muchas ideas que nosotros hemos ido albergando durante toda nuestra vida, y para combatir esas ideas o actitudes equivocadas, lo que hacemos es a través de la repetición. Y una de las formas más eficientes de hacer que esos nuevos mensajes, que esas nuevas ideas, realmente se introduzcan en lo profundo de nuestro ser, que empiecen a gobernar nuestras acciones, porque nosotros actuamos de acuerdo a las ideas que yacen albergadas en nuestro interior, porque nosotros tenemos ciertas ideas y esas ideas nos hacen actuar; entonces para cambiar la forma como actuamos, como respondemos ante ciertas circunstancias tenemos que cambiar las ideas que generan esas actitudes, esas respuestas ante esas determinadas circunstancias. Y para hacerlo, lo que hacemos es a través de la repetición, repetirnos una y otra vez. Repetirnos algo mentalmente es efectivo, pero mucho más efectivo es a través de la escritura, que eso era lo que hacía Marco Aurelio en sus meditaciones. Marco Aurelio no escribió sus meditaciones para contarnos sus opiniones o lo que conocía de la estoica, no. Marco Aurelio escribía estas meditaciones para sí mismo, para grabarse los dogmas estoicos para mejorar la calidad de su vida. Marco Aurelio escribe para tener presentes en el espíritu los dogmas y las reglas de vida. Haciendo esto sigue un consejo de Epicteto, quien después de haber expuesto el dogma fundamental del estoicismo, la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros, añade: “He aquí lo que deben meditar los filósofos, lo que deben escribir cada día, la que debe ser su materia de ejercicio. Estos principios tienes que tenerlos a mano, noche y día, hay que escribirlos, hay que leerlos”.
Entonces, ¿qué es lo que nos dice Epicteto? Que hay ciertos dogmas estoicos, ciertas reglas de vida, que esas reglas de vida debemos tenerlas a mano para que cuando se presente la oportunidad sepamos aplicarla, podamos hacer uso de ellas. ¿Qué es lo que pasa? Si nosotros queremos cambiar nuestros comportamientos y queremos cambiar la forma de cómo respondemos en ciertas situaciones, eso no ocurre si yo digo, por ejemplo: «Yo quiero ser más amable”, y ya está, pensar que porque yo dije  «yo quiero ser más amable», eso ya me va a ocurrir. Resulta que, para cambiar comportamientos, actitudes, formas de responder que venimos practicando desde hace mucho tiempo, debemos hacerlo a través de la repetición. Pero si nosotros nos lo decimos una vez y no volvemos a recordárnoslo, pues seguramente cuando se presente la oportunidad o la necesidad de aplicar esa actitud que queremos incorporar, pues se nos va a olvidar. Si yo, por el contrario, me digo a mi, «quiero ser más amable», y me lo repito, y no sólo me lo repito, sino que hago como Marco Aurelio, lo escribo durante varios días, eso se me va a ir grabando en el interior de mi ser. Y entonces, cuando venga alguien y me salude de una manera fría o un poco brusca, en lugar de yo responderle de la misma manera, me voy a acordar que uno de mis propósitos es ser amable, entonces voy a responder con amabilidad. ¿Entonces qué pasa? Cuando yo respondo con amabilidad, cuando mi forma usual, la más común es responder con amabilidad, ser una persona amable, resulta que ya después ni siquiera tengo que pensar en eso, sino que como lo he repetido tantas veces, como he ejecutado esa acción tantas veces, ya se convierte en mi forma natural, ya no tengo que pensar en ser amable, sino que naturalmente soy amable. Ese es el poder de la repetición. Para cambiar nuestras actitudes debemos recordárnosla, debemos cambiar la idea que hay subyacente detrás de cada acción. Es que resulta que nosotros respondemos, nosotros actuamos en la vida con base a las ideas que tenemos. Tenemos ciertas ideas que nos hacen actuar de cierta manera. Cuando cambiamos las ideas, podemos también cambiar los comportamientos que se generan. Por ejemplo, yo puedo tener la idea que si alguien me saluda de una forma un poco hosca, yo le respondo de la misma manera porque, claro, yo no me dejo de nadie. Pero si yo cambio mi discurso y digo «No, a mí me interesa ser una persona amable. Si las otras personas no son amables, ese no es mi problema. Yo soy amable y no me dejo arrastrar por lo que las otras personas digan. Entonces yo voy a ser amable». Entonces me lo empiezo a repetir. Por lo tanto, cuando alguien no sea amable como a mi me gusta, yo sí voy a ser amable porque es lo que yo quiero conseguir. Empiezo a repetirme eso, y eso empieza realmente a transformarme. Y eso es lo que hacía Marco Aurelio. Él mantenía sus dogmas, las reglas de vida estoica a la mano, y las escribía una y otra vez para que, cuando las necesitara las pudiera aplicar, las recordara, pasar la vida de la mejor manera. El poder de hacerlo reside en el alma. Si somos indiferentes a las cosas indiferentes. El hombre sabio se contenta con dos cosas: hacer con justicia la acción presente, amar aquello que ciertamente se le ha repartido. Estos son dos de los dogmas más importantes del estoicismo: ser indiferente a las cosas que son indiferentes, es decir, ser indiferente por ejemplo al clima. El clima no es algo que nosotros podamos controlar. No olvidemos que para los estoicos uno debe centrarse en las cosas que puede controlar. Yo no puedo controlar el clima, por lo tanto, como eso no está bajo mi control, es indiferente. También es muy importante para los estoicos hacer cada cosa bien, que cada acción que nosotros llevemos a cabo sea una acción buena no sólo para mi, sino también para las personas que me rodean y buenas para la humanidad. Cada acción debe cumplir con esos requisitos. Y estas las encontramos en las meditaciones repetidas numerosas veces porque Marco Aurelio las escribía para transformarse. Tales ejercicios de escritura conducen necesariamente a incansables repeticiones. Es lo que diferencia radicalmente las meditaciones de cualquier otra obra. Los dogmas no son reglas matemáticas recibidas de golpe y aplicadas mecánicamente. Se tienen que convertir en cierto sentido, en una toma de conciencia, en intuiciones, emociones y experiencias morales que tienen la intensidad de una experiencia mística, de una visión. Pero esta intensidad espiritual y afectiva se disipa enseguida. Para despertarla, no basta con releer lo que ya se ha escrito. Las páginas escritas ya están muertas. Las meditaciones no están hechas para releerse. Lo que cuenta es formular de nuevo: es el acto de escribir, de hablarse a sí mismo. Como dijimos antes, Marco Aurelio, escribe una y otra vez los dogmas, las reglas de vida estoica, algo que se llamaba Kefalaya. Las Kefalaya son como pequeñas frases recordatorias de un concepto más amplio. Entonces, Marco Aurelio, lo que hacía es que había una idea que digamos, compleja, pero él, como ya entendía esa idea simplemente escribía una frase que le recordaba esa idea. Entonces, para no tener que escribir y hacer una disertación acerca de una idea, simplemente escribía una frase que contenía esa idea, por eso podía entonces, recordársela con facilidad. Y la repetición es lo que hace que esa idea se adentre, que se grabe en nuestro ser y que después podamos hacer uso de ella. Si nos la decimos una vez, no pasa nada, la olvidamos rápidamente y no ejerce el poder de influenciarnos, de transformarnos. Entonces los estoicos utilizaban la escritura, la repetición de los conceptos como una forma de transformarse, de apropiarse de esas ideas para que luego su comportamiento esté guiado por esas ideas.
Esta técnica les funcionó a los estoicos, pero ¿qué nos dice la ciencia moderna? Pues vamos con Jordan B. Peterson, uno de los intelectuales psicólogos más influyentes de nuestra época:
“La investigación empírica actual llevada a cabo, tanto en el laboratorio como en entornos del mundo real ha delineado la gran cantidad de beneficios de la narración, el establecimiento de objetivos y su combinación. Se sabe desde hace mucho tiempo que la narración del trauma influye en la salud fisiológica y el bienestar psicológico. Investigaciones recientes han demostrado que describir explícitamente el futuro ideal de uno produce resultados similares. La escritura de las metas también se ha relacionado con una salud óptima, tanto en respuesta al trauma como en la búsqueda diaria de la felicidad. Por último, una gran cantidad de investigaciones realizadas en el ámbito industrial/organizacional respalda la propuesta que el establecimiento de objetivos da como resultado un mejor desempeño en una gran cantidad de áreas”.
                          Jordan B. Peterson
Lo que ha encontrado la ciencia es que escribir, no sólo los dogmas estoicos, sino escribir otro tipo de cosas de las cuales ya vamos a hablar enseguida, tiene poderosos efectos. Entonces, ¿qué es lo que podemos hacer? ¿Cómo podemos dominar esta técnica para que nos ayude, no sólo a transformarnos, a convertirnos en la persona que queremos ser, sino también para que nos ayude con los objetivos, con esos sueños que queremos también alcanzar en nuestra vida para que podamos ejercer un gran impacto beneficioso para el resto de la humanidad?
Pues bien, hay diferentes cosas de las cuales podemos escribir.
Yo, desde hace ya varios años, vengo aplicando esta técnica, y es una técnica que también aplico con las personas que trabajo. Es una de las técnicas favoritas y recurrentes que sabemos que podemos tener poderosos resultados.
¿Cómo podemos utilizar ésta técnica estoica? ¿En qué ámbito podemos utilizarla? Podemos utilizarla para apropiarnos, para grabarnos los dogmas, las ideas estoicas o ideas de otro tipo, de otra corriente filosófica que queramos incorporar a nuestra vida. También sirve, como decía Jordan B. Peterson, para superar traumas. Y no sólo eventos traumáticos, eventos graves; para superar también pequeños encontronazos. Por ejemplo, una discusión con tu jefe. Una situación que te queda en la mente y te machaca todo el día y no puedes dejar de pensar en ello. Escribir acerca de ello ayuda a bajar la intensidad. También podemos escribir acerca de las metas de las cosas que queremos conseguir. Podemos también utilizar la escritura para cambiar nuestras creencias. Por ejemplo, todos los días en las mañanas podemos escribir cada uno su misión, y escribirlo repetidamente. La misión puede, y a veces debe, ser la misma varios días, semanas, meses o incluso años o toda la vida. La repetición es justamente lo que le da poder según los dogmas del estoicismo. Puedes escribir la misión para ese día, y también al corto, mediano y largo plazo. Lo mejor es planear cada día en la noche anterior. También puedes escribir un diario. En él puedes escribir de algo que te molesta, algo que necesitas trabajar como lo hacía Marco Aurelio. Por ejemplo, «quiero cambiar una creencia, algo que yo sé que me impide avanzar». Entonces empiezo a escribir lo contrario. Por ejemplo, ahora estoy trabajando en perder peso que gané durante la cuarentena, durante el confinamiento, entonces escribo acerca de eso; que yo puedo realizar ese cambio, tengo la disciplina necesaria para perder ese peso que gané. Trabajo en eso para convencerme, para motivarme, para que en mi interior tenga yo la certeza que está en mis manos cambiar eso. Escribo también acerca de mis metas profesionales y me convenzo a mi mismo que está a mi alcance alcanzar aquellas cosas que me he propuesto.
Entonces, ¿qué hago yo? Para resumir: Escribo mi misión por la mañana y por la tarde;  escribo mis metas a largo plazo por la mañana y por la noche. Y por la noche planeo mi día siguiente. Y también, todas las mañanas, escribo en mi diario. Y en mi diario escribo sobre aquello que crea que necesite trabajar. Puedo tener algún problema, entonces en el diario escribo acerca de ese problema, o también puedo escribir para cambiar ciertas actitudes, o una mentalidad, o una idea que tengo muy en lo profundo.
Esto de ser estoicos, que obtengamos nuestra mejor versión, no es algo que lo obtendremos viendo un video y ya está. Requiere compromiso, trabajo diario. Aunque sean cinco minutos diarios, escribe con constancia para forjar tus ideas, que las apropies y se conviertan en logros.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.