El 8 y 9 de agosto de 1659, dos viajeros que retornan de Ámsterdam comparecen ante el Inquisidor madrileño Don Gabriel de la Calle y Heredia. Uno es fraile agustino: fray Tomás Solano y Robles. Capitán del Tercio, el otro: Miguel Pérez de Maltranilla.

“Preguntado fray Tomás para qué ha pedido audiencia”, narra su historia. Sus naufragios, primero, que dan razón de su llegada a ese puerto. Lo abominable que ha visto allí, de inmediato. “Vio y trató algunos Judíos Judaiçantes”. Da nombres de dos médicos de Portugal y Sevilla. “Y los dichos dos médicos le dijeron que había allí un Lorenzo Escudero que pretendía entrar en la sinagoga y que no querían admitir en ella por ser alienígena y no saberse que fuese de casta de judíos”. Busca al tal Escudero, quien le confirma su propósito y le explica que le viene de la lectura de “los de Fray Luis de Granada”. Allá “por el mes de diciembre y enero siguientes, en los sábados, le vio en compañía de otros judíos, con unos paños blancos sobre la cabeza, como ellos acostumbran para ir a las sinagogas; y, desde que se circuncidó, se nombraba con nombre de Judío Abraham Israel”. Del tal Escudero, declara Maltranilla “que si se había tornado judío, que se lo llevase el diablo”.

Dan, además, razón de dos extraños personajes, a los cuales la sinagoga “había expelido y apartado de ella por haber dado en ateístas…, por parecerles que las almas morían con los cuerpos y no había Dios sino filosofalmente”. Uno era médico, profesión muy de judíos e increyentes: Juan de Prado, de Lopera. El otro, nacido en Ámsterdam, era un joven filósofo llamado Baruch de Spinoza.

Solano y Maltranilla dan un retrato muy vivo de cuanto han visto. Y uno aprecia su asombro. Es cierto que hay otros sitios en Europa donde los judíos son tolerados. Pero en ninguna se aprecia esa integración que ven en la ciudad a la cual llaman ya “Jerusalén del Norte”. No hay gueto. Apenas si existen normas limitativas. Esos “españoles” participan en la Compañía de Indias. Poseen centro de estudios y sinagoga. Conservan, al mismo tiempo, lengua –en la cual español y portugués se amalgaman– y maneras peninsulares. Se han formado en universidades jesuitas: Alcalá y Coimbra, sobre todo. Y constituyen una de las comunidades más prósperas en el Ámsterdam capital económica de Europa.

No dicen Maltranilla y Solano haber visitado Beth Haim, cementerio de la Comunidad en Oudekerk. Hubiera sido demasiado peligroso. Pero hubiera valido la pena. Sigue valiéndola hoy. Da imagen, sobre las lápidas del XVII, de un raro cruce: escritura hebraica sobre iconografía católica: putti que sobrevuelan caligrafías bíblicas.

Tiene fecha de origen ese mundo amalgamado. Mitad histórica, mitad legendaria. Nos la narra David Franco Mendes, primer cronista de la Comunidad, ya en el siglo XVIII. Los sefarditas habían ido llegando a Ámsterdam desde final del XVI: huían del Portugal al cual se vieran abocados tras la expulsión de 1492. Ámsterdam funcionaba sobre un único culto: el del comercio. Que teorizará Jean de la Court: la barreras religiosas traban el comercio, la ciudad no prohibirá, pues, más religión que aquella que prohíba otras religiones. Los judíos españoles no acaban de creérselo: su experiencia les aconseja ser cautos. Y mantienen una inicial discreción que acaba por resultar sospechosa. La autoridad teme que sean papistas españoles ocultos: enemigos de la República. Se produce, así, la escena de Kippur de 1596, en el curso de la cual la fuerza armada irrumpe en lo que cree una misa católica. A los gritos de “dónde están las hostias, dónde los crucifijos?”, responde el silencio del rabino con los rollos de la Torá en alto. El oficial constata su error, se disculpa y pide que recen por él al Dios de Israel. A partir de ahí, la legalización es rapidísima. En 1597 se funda la primera sinagoga, Bet Jacob. En 1614, el cementerio de Oudekerk.

Los judíos españoles, que habían llegado allí en la casi ignorancia del Talmud, poseen ya, mediado el XVII, uno de los mejores centros de estudios bíblicos de Europa: Ets Haim. Allí ejerce su docencia el más sabio de los rabinos de su siglo, Menasseh ben Israel, probable maestro de Spinoza en lectura sagrada, autor de tratados teológicos muy eruditos y negociador ante Cromwell para el asentamiento de los judíos en Inglaterra. Allí dicta su magisterio espiritual Saúl Leví Morteira. Allí también se vivirá el epicentro de la mayor crisis del judaísmo moderno: la que lo lleva a abrazar la mesianidad del farsante Sabatai Zeví en 1666. Sobrevivirá la comunidad a eso, como sobrevivió a la tragedia del más conmovedor de sus hijos heréticos: Uriel da Costa, suicida y autor de una angustiosa autobiografía, que da testimonio del desarraigo sefardí: Espejo de una vida humana.

Allí seguirán –durante más tres siglos– hablando el español de sus mayores y añorando la tierra de la cual fueron expulsados. Allí, la biblioteca del pulidor de lentes Baruch de Spinoza incluirá las obras de Luis de Góngora, de Quevedo, de Lope, de Fray Luis de Granada, de Miguel de Cervantes… Allí fueron españoles, a su manera estricta y anómala. Y allí acabaron por ser exterminados cuando, en la primavera de 1940, el ejército alemán ocupó Holanda.

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