Diario Judío México - La idolatría es un generoso hallazgo pagano. Del cual se nutre nuestro subsuelo sentimental. Las imágenes son previas a las creencias. Y menos homicidas. La Pietá de Miguel Ángel pone ante nuestros ojos una elegía que ninguna ordenación de palabras acertaría a darnos. No dice la verdad. De la anécdota que narra. Por trascendente que sea para un creyente. Dice la verdad del “monstruo de sueños” que somos, en nuestra invulnerable soledad, cada uno: el que sacude tinieblas sin cuyo resquebrajadura nadie podría soportar lo gris del mundo en el cual mora el animal que es mortal y que lo sabe. Nosotros.

De la Pietá, en una sociedad islámica, quedaría nada más que un polvo blanco. Polvo de mármol que aventar enseguida, antes de que del ídolo pueda rebrotar su magia. Infernal, por supuesto. Ceniza sólo, del Cristo de Velázquez; escombro, de la Capilla Sixtina… Y el Escorial, al fin, reconciliado con su nombre sería un basurero.

Nimrud fue alzado hace más de tres mil quinientos años. Esplendoroso. Y reducido a arena en una semana por el Estado Islámico. Mediante acto de piedad que está exigido para todo musulmán que tome en serio sus creencias. La imagen burla a Dios. La imagen es blasfema. Siempre. Porque reduplica el mundo. Porque, al costado del que creó Alá y que es el único sagrado, proclama la blasfemia de un universo de imágenes en las cuales exhiben los hombres su vanidad de ser igual que dioses. Y Alá es uno. Solo. Y aquel que finja imágenes morirá. Y de sus obras no quedarán ni esquirlas.

Nimrud ha sido destruido. Con el mismo proceder metódico que el Libro, el Único, exige que se aplique a cada icono. Tan sólo la ignorancia –nuestra ignorancia– puede llamar bárbaros a los guerreros de Alá que gestionan ese restablecer el mundo en el orden armónico que el Grande y Misericordioso impone. No, no son bárbaros. Son musulmanes. Que se toman en serio su doctrina. Eso debemos saber. Eso debemos aceptar como coste, si es que estamos dispuestos a aceptar la regla coránica –y la enseñanza del Corán en la escuela–. Corán y Pietá son incompatibles. Lo son Corán y Basílica de San Pedro. Y Escorial. Y todos y cada uno de los cuadros del Museo del Prado, del Louvre, del Ermitage, de la National Gallery de la Galería Medici… Todo –todo– a lo cual hemos llamado bello los incrédulos en nuestra abominable indolencia depravada.

Puede que sea ya inevitable. Puede que Europa haya decidido pagar sus muchos pecados, así. Puede que el viejísimo continente sólo desee morir. Que le dé igual que sea bajo el rápido martillo de los misiles nucleares iraníes. O que prefiera asistir primero a la gran hoguera en la cual ardan Van der Weyden, Holbein, Rafael, Da Vinci, Velázquez…: los perversos artesanos de imágenes, los adoradores de ídolos.

Nada es peor que esto que está pasando. Porque no es siquiera barbarie. De la barbarie, hay siempre una esperanza de salir. Es religión. Que se dice universal, sin excepciones. Que no tolerará en ningún lugar del mundo un mármol de Donatello, un bronce de Cellini, un solitario rabino de Chagall. Podemos aceptarlo. La pobre Europa ha aceptado ya tantas cosas… Y tan irremediables. Pero sepámoslo. Sépanlo los estúpidos que piden hacer mezquita la Catedral de Córdoba. Sépanlo. Con la fría certeza de un teorema algebraico. Eso que se ha hecho en Nimrud, se hará en cada pequeña iglesia castellana, en cada grandiosa catedral, en todos los templos laicos a los cuales llamamos museos. Y no quedará nada. Sólo la Fe. Y el Libro

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