Después de tres torneos electorales y pasados 76 días del último que concluyó sin claros resultados se levantó finalmente un gobierno de coalición que Netanyahu encabezará en los próximos 18 meses. Después – si tendemos a creer a lo que se ha pactado – Benny Ganz tomará su lugar por igual periodo.

Se trata de un frágil acuerdo que une a representantes de siete partidos que ocupan 73 escaños de los 120 que la Knesset cobija. Y para lograrlo Netanyahu-Ganz debieron concertar un gobierno con 36 ministros, el más amplio y costoso en la historia del país. Circunstancia que irrita a una amplia población que en este momento están coronados por un desempleo abierto que comprende a dos tercios de la fuerza laboral.

Ciertamente, recuperar la normalidad es el principal afán de este costoso gobierno. Si el covid-19 no se permite una segunda vuelta, al menos hasta la llegada del invierno dentro de seis meses, es probable que este desempleo abierto se reducirá considerablemente. Sin embargo, dos temas no dejarán de gravitar en los escenarios del Medio Oriente.

El primero alude a la anexión formal por parte de de los territorios que controla desde la victoria militar en la Guerra de los Seis Días (1967). Hoy son administrados por una autoridad militar según un convenido establecido con Jordania y la Autoridad Palestina. Pero su incorporación formal que tendría lugar el próximo julio creará graves tensiones no sólo con estas entidades; se ampliarán a Egipto y a no pocos países europeos.

Conviene recordar que estos territorios están hoy poblados por más de 600 mil judíos y tres millones de árabes. Sin la ciudadanía israelí y por sus bajos niveles económicos esta amplia población se sumará a los palestinos que habitan Gaza y las zonas dependientes de Ramallah multiplicando las tensiones en Israel. Perspectiva que el nuevo gobierno tiende a subestimar.

El segundo tema es Irán. Su empeño en favor de una capacidad militar no convencional se ha dilatado en los últimos meses. La posibilidad de un equilibrio nuclear en el Medio Oriente inquieta no sólo a los europeos. Tanto Washington como Moscú – considerando sus propios intereses – se inclinan a alejar este horizonte. Sin embargo, las tensas relaciones que hoy se revelan entre Washington-Beijing no permiten de momento una significativa atención al Medio Oriente.

Inquietantes escenarios que dejarán atrás los nefastos resultados del covid-19.

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Invitado por la UNAM llegué a México desde Israel en 1968 para dictar clases en la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales ( hoy Facultad). Un año después me integré a la CEPAL con sede en México para consagrarme al estudio y orientación de asuntos latinoamericanos. En 1980 retorné a Israel para insertarme en las universidades Tel Aviv y Bar Ilán. En paralelo trabajé para la UNESCO en temas vinculados con el desarrollo científico y tecnológico de América Latina, y laboré como corresponsal de El Universal de México. En los años noventa laboré como investigador asociado en el Colegio de México. Para más amplia y actualizada información consultar Google y Wikipedia.