El Medio Oriente que conoció Joe Biden la última vez que estuvo en la Casa Blanca es un Medio Oriente muy distinto al actual. Deberá ajustar apreciablemente el enfoque clásico del Partido Demócrata si aspira a tener un rol positivo en una región profundamente transformada. El presidente-electo se verá doblemente tensionado: en primer lugar, habrá un contraste entre su instinto político centrista y las presiones de los espacios más radicalizados ideológicamente dentro de su propio Partido; y en segundo término, por la necesidad de balancear su inclinación natural como nuevo presidente a desandar las políticas de su antecesor versus la sabiduría política de preservar los innegables logros de la diplomacia de Donald J. Trump en la zona.

Aquí algunos interrogantes:

Irán. ¿Implementará Joe Biden un reingreso al pacto nuclear que la Administración de la que él fue parte negoció y que el presidente Trump luego abandonó? Si es así, ¿bajo qué condiciones? ¿Mantendrá las robustas sanciones económicas que impuso la Administración anterior sobre el régimen ayatolá? ¿Aceptará los reclamos de compensaciones que Teherán podría elevar debido al daño económico causado por esas sanciones? ¿Tolerará Biden algún avance en la dimensión militar del proyecto nuclear de Irán? ¿Permitirá que el país persa prosiga con su expansión militar regional: en Yemen, Líbano, Siria, Gaza e Irak? ¿Con su patrocinio al terrorismo: de los Hutis, Hamas, Jihad Islámica Palestina y Hezbolá? ¿Con su represión interna: como la reciente ejecución del luchador olímpico Navid Afkari por el “delito” de participar en una protesta contra el régimen, o la condena a ocho años de cárcel contra Alireza Alinejad por el “delito” de ser hermano de una activista política iraní exiliada que busca la abolición del hijab en Irán? Preguntó el analista internacional Benny Avni: “¿Le dará la espalda Estados Unidos a la democracia y a los derechos humanos y aliará a Washington con un régimen que se acerca al récord mundial en ejecuciones públicas de disidentes?”.

Arabia Saudita y Egipto. ¿Afianzará el vínculo con estos aliados históricos o lo degradará en pos de un acercamiento hacia Irán y Turquía? ¿Enfatizará los asuntos concernientes a los derechos humanos en esos países para satisfacer a su base partidista progresista que incoherentemente brega por esos derechos en Ryhad y El Cairo, más no en Teherán? ¿O priorizará esas alianzas a pesar de las violaciones a los derechos humanos que allí se cometen con regularidad? Históricamente, Arabia Saudita apañó a las corrientes más extremistas dentro del islam sunita y aplicó un conservadurismo férreo a rajatabla que ha violentado la conciencia pública mundial. Pero también ha estado cambiando en varias áreas y de varios modos, introduciendo reformas hasta hace poco inimaginables. ¿Notará eso la nueva Casa Blanca o seguirá viendo a Ryhad con la suspicacia habitual de Washington? En cuanto a Egipto, ¿reactivará la mirada benigna de su ex jefe sobre la agrupación fundamentalista Hermandad Musulmana en detrimento del presidente absolutista pero pro-occidental Abdel Fattah Al-Sisi?

Turquía. ¿Contendrá Biden la influencia turca en Siria, en Libia, en Gaza (e incluso en Azerbaiyán)? ¿Buscará un acercamiento con este incómodo miembro de la OTAN? ¿Cómo se parará ante los kurdos? ¿Y ante el despotismo no ocultado de Recep Tayyip Erdogan? ¿Advertirá el escepticismo que las políticas turcas generan en el amplio mundo árabe sunita? Al fin y al cabo, Turquía abreva seguidores del islam sunita (90%), a diferencia de Irán que lo hace del islam chiíta (10%). Aunque Irán sigue siendo el foco de las preocupaciones árabes sunitas, la capacidad potencial de Ankara para ejercer influencia regional no es despreciable. El perspicaz historiador Walter Russell Mead observó: “Irónicamente, la pesadilla árabe actual es que la próxima administración de Estados Unidos no apoyará lo suficiente a Israel. Los líderes regionales temen que el Equipo Biden ignore las objeciones israelíes y árabes, al abrazar a Turquía, un aliado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a pesar de las ambiciones de Erdogan, y al eliminar las sanciones contra Irán como parte de un regreso al acuerdo nuclear de 2015”.

Toda nueva Administración tiene el derecho, y hasta se espera de ella que lo ejerza, de modificar la política exterior de su nación. Pero ese cambio de hábito debe hacerse con la claridad suficiente para enmendar errores y capitalizar aciertos preexistentes. No por haber sido implementadas por Donald Trump, todas sus decisiones deban ser vistas malamente.

* El autor es profesor de Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.

FuenteInfobae

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