Diario Judío México - Leo Frank fue un judío americano nacido el 17 de abril de 1884 en Cuero, Texas, aunque recién nacido, su familia se mudó a Brooklyn, Nueva York. Él estudió en la escuela pública y en el Instituto Pratt. Era muy aficionado al baloncesto y a la lectura.


Posteriormente se graduó en ingeniería en la Universidad Cornell, donde participó en el equipo de debate y se aficionó a la fotografía paisajística. Acabados los estudios, trabajó en un par de empresas en Hyde Park, Massachusets y en Nueva York hasta que en 1907 su tío, Moses, le convenció para marchar a Atlanta a trabajar en la National Pencil Company, en la que acababa de invertir.

Marchó a Alemania ha especializarse en la manufactura de lápices y retornó en 1908 para asumir su tarea en la nueva empresa. En aquella época, aunque ya habían pasado casi 50 años desde la Guerra de Secesión, el Estado de Georgia vivía aún bastante en el pasado.

Al poco de llegar allí, Leo Frank conoció a Lucille Selig, otra judía de buena familia de industriales. De hecho, dos generaciones antes, los Selig habían fundado la primera sinagoga de Atlanta. Se casaron en 1910 y ella quedó embarazada en 1913.

La comunidad judía de Atlanta era la más numerosa de los Estados del Sur. Los Frank se movían en un ambiente culto y filantrópico, que incluía frecuentes visitas a la ópera o partidas de bridge.

Sin embargo, a pesar de todo ello, Frank no era muy popular. Era industrial, era yanki y era judío, que aunque el Sur no era muy conocido por su antisemitismo, todo sumaba para considerarle diferente.

Mary Phagan era una pequeña nacida en 1899. Desde los 10 años tuvo que empezar a trabajar. En 1912, se incorporó a la National Pencil Company. Más niños trabajaban allí con ella.

En la madrugada del 27 de abril de 1913, es descubierto el cadáver de la niña. El vestido levantado por encima de las rodillas. Signos de violencia en cara y cabeza. Sangre manando de oídos y boca. Una cuerda rodeándole el cuello.

Había sangre en la rampa de servicio anexa. Pero la prueba se manejó inadecuadamente y se perdió. Había huellas dactilares con sangre en la chaqueta de la niña. No parece que se analizaran nunca. Un camino con apariencia de haber sido por donde se arrastró el cadáver fue múltiplemente pisoteado y nada se sacó de él.

También se hallaron dos notas manuscritas junto a Mary. A través de ellas, las primeras sospechas recayeron sobre Newt Lee, el vigilante nocturno que había descubierto el cuerpo.


En un primer momento, Leo Frank dijo que Lee había fichado en todos los intervalos en que debía durante su turno, cada media hora. Posteriormente, dijo que no lo hizo en tres de ellos. Se detuvo a Lee y a un amigo de Mary. Pero poco a poco, la Policía llegó a la conclusión de que no habían sido ellos. Una camisa manchada de sangre fue hallada en casa del vigilante, pero la Fiscalía, posteriormente, consideró que había sido puesta allí por el propio Frank.

Los periódicos se lanzaron sobre la noticia. En particular, el grupo de William Randolph Hearst acababa de comprar The Georgian, y llevó adelante su estilo de periodismo amarillo al tratar el tema.

Se empezó a mirar a Leo Frank con sospechas. Recordó, la Policía, que no había contestado al teléfono la noche del crimen, cuando le llamaron a las 4 de la mañana. Igualmente, vieron aquel día que Leo parecía francamente nerviosos. Él lo achacó a que no le habían informado del motivo por el que le requerían.


Se detuvo al conserje de la fábrica, Jim Conley, tras verle limpiando una camisa e intentando ocultarlo. En un primer momento, negó haber escrito las notas. De hecho, afirmó no saber leer ni escribir. Pero sabía, y lo reconoció posteriormente. Cambió su historis e implicó a Leo Frank.

Afirmó que fue éste quien le hizo escribir las notas a cambio de dinero. Al principio, la Policía no le creyó. Implicaba premeditación por parte de Frank. Además, era muy raro que metiera en el ajo a un hombre como Conley. Presionaron a éste que, poco a poco, fue cambiando su historia.

Dijo que Frank le contó que había dejado caer sin querer a la niña y que se había golpeado en la cabeza. Que le ayudó a llevar el cuerpo y que, después, le hizo escribir las notas. La Policía quiso enfrentar a Conley y Frank, pero el segundo se negó al no poder asistir su abogado. Ésto provocó que diera mayor sensación de culpabilidad. Además, se tenía la sensación que Conley no era capaz de inventar, por sí sólo, una historia tan complicada. Un hombre negro no era tan inteligente como para ello.


Frank fue llevado a juicio.

A pesar de contar con un equipo de prestigiosos abogados el testimonio de Conley, así como otros que abundaban sobre las costumbres sexuales del reo, fueron clave para su condena.

Posteriormente, el abogado defensor de Jim Conley dejó de representarle alegando que creía que era culpable. Sin embargo ésto no se tomó en cuenta en lo que a Frank se refiere.

Las posteriores apelaciones del condenado lograron que se le conmutara la pena por cadena perpetua. Pero se levantaron algunas voces en contra de esta decisión. En particular, la de Tom Watson, un político local que se había mostrado particularmente beligerante contra el judío. Escribió elogiosamente sobre la Ley de Lynch, calificándola como un signo de que el sentido de la Justicia anida entre los ciudadanos.

Casi 30 personas formaron los Caballeros de Mary Phagan. Su objetivo, secuestrar a Leo Frank y hacer justicia. Desde un taxista hasta el futuro Gobernador. Desde los miembros de la oficina del Sheriff hasta granjeros. Abogados, electricistas, médicos… Lograron su propósito y se llevaron a Frank de la prisión.

Era el 16 de agosto. Unos 300 kilómetros les separaban de Marietta, la ciudad de Mary Phagan. Allí, le ahorcaron.

En los días posteriores, casi la mitad de los 300 judíos de Georgia se fueron. El caso había sido sonado. Su cobertura internacional fue semejante a la del secuestro del hijo de Charles Lindbergh. Watson en el Jeffersonian escribió que la Voz del Pueblo era la Voz de Dios. Quince días después, algunos de los miembros de los Caballeros de Mary Phagan quemaron una gran cruz en Stone Mountain. El Ku-Klux-Klan resurgía.

Pero más de 60 años después, Alonzo Mann, un chico de la oficina de Leo Frank, contó a las autoridades que había visto a Jim Conley cargando con el cadáver de la chica. Su testimonio contradecía el de Conley. Éste, afirmó Mann, le había amenazado de muerte y sus padres le dijeron que callara.

Pero ya octogenario, restaban tres años para su muerte, el chico de la oficina quiso contarlo todo para poder morir en paz. Habló e incluso pasó la prueba del detector de mentiras.

La Liga Anti-Difamación, comandada por Charles Wittenstein se puso el objetivo de lograr el perdón póstumo para Leo Frank. En un primer momento, fue denegado. Las pruebas se habían perdido. No había manera de afirmar, ya, si Frank era culpable o inocente. Sin embargo, en 1986, y atendiendo también al hecho de que el Estado no había podido proteger al reo, Frank fue perdonado.

 

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