Me acuerdo cuando estaba en la escuela, lo poco que aprendí por no prestar atención en clase. Una de esas pocas cosas que me quedaron grabadas, de manera literal como lo había dicho mi maestra Giménez de biología, fue la siguiente: “El olfato es el sentido que se fatiga más rápidamente “, enseñándonos que un aroma, por más fuerte, repulsivo o atractivo que este sea, si estamos algún determinado tiempo en ese lugar, dejaremos de percibirlo. Al decir “más rápidamente” es sin dudas comparado a los demás sentidos que demoran mucho más en fatigarse.
Analicemos los sentidos:

La vista:
Cuando fijamos la vista en algo mirando determinado tiempo, dejamos de percibirlo, se nos distorsiona la imagen o se nos va aclarando. Estando en un cuarto iluminado que de pronto se obscurece, esa obscuridad puede ser muy intensa hasta que poco a poco comenzamos a percibir objetos dado que las pupilas se van adaptando.

El tacto:
Cuando entramos en contacto con algún objeto a cierta temperatura o estamos en un lugar que nos hace sentir incómodos por la temperatura ambiente, ya sea del aire o del agua, lógicamente nos sentimos incómodos, pero al pasar el tiempo, esa incomodidad ya no es tanta. No quiere decir que desaparezca por completo, pero nuestro cuerpo se va adaptando hasta donde más puede a modo de supervivencia. Entramos a una alberca de agua fría o nos damos un regaderazo de agua fría, y al principio es incómodo. Con el paso del tiempo, ya no queremos salir de ahí o por lo menos ya no es la incomodidad que sentíamos cuando recién entramos.

El gusto:
El gusto es algo que los mexicanos podemos sentirnos orgullosos, ya que casi no sabemos sentir el gusto de las comidas, sino más bien de los condimentos o las salsas. Comemos tacos y el sabor principal es la salsa. Así sea muy picosa, con el tiempo nos adaptamos. Tomamos un caballito de tequila y nos arde al principio. Ya después del tercero, el agua nos arde más que el alcohol 96°.

El olfato:
Como hemos dicho más arriba, podemos estar en un lugar con un aroma pesado o nosotros mismos oler mal o estar al lado de alguien con un aroma desagradable y molesto, o incluso agradable y placentero, ese aroma lo dejaremos de percibir al poco tiempo, pues nuestro olfato se adapta.

El oído:
¿Cuántas veces nos ha pasado que nos damos cuenta de cierto sonido una vez que ya no está, y mientras sonaba no lo percibíamos? A grado tal que sentimos una relajación cuando apagan esas máquinas.
El tic-tac de un reloj dejamos de percibirlo después de cierto tiempo. Vamos a la playa y después de pocos minutos ya ni siquiera notamos el sonido del mar. Vamos en una moto muy ruidosa y al poco tiempo ni siquiera nos damos cuenta del sonido.

La verdad es que yo dudo mucho que el olfato sea el que se fatigue más rápidamente. Lo que sí estoy seguro es que el sonido dejamos de percibirlo muy rápido, demasiado. Tal vez, en algunas ocasiones, inconvenientemente rápido.

Y como bien sabemos, los seres humanos somos seres metafísicos compuestos por cuerpo y alma, mente, sentimientos y pensamientos. Yo estoy plenamente convencido que no solamente nuestro cuerpo siente, sino también el alma. Es más, me atrevo a afirmar que todo lo siente el alma por medio de esa herramienta llamada cuerpo, pero el que siente no es el cuerpo, sino el alma.

La vista tiene un límite, tanto de tiempo como de espacio. Uno puede ver hasta determinada distancia. Al cerrar los ojos, esa vista no continúa hasta desintegrarse, como lo hace el sonido. El sonido continúa y hasta ahora no se conocen sus límites. Existen métodos ultra modernos que aún captan sonidos de hace miles de años. Incluso se dice que la teoría del Big-Bang se ha probado de esa manera, oyendo los sonidos de aquella milenaria explosión. Ya que la desintegración del sonido no es la desaparición, sino que se van desahoendo esas “nano partículas de sonido”, pero siguen existiendo aunque cada vez más pequeñas.

(La Torá no dice que no fue así, sino que el mundo existía y estaba hecho un caos, no existían límites. Hasta que HaShem puso los límites y comenzó a acomodar el mundo, cada cosa en su lugar, en su tiempo, en su espacio, con sus límites, con leyes, con orden. Ese “acomodamiento” puede ser el Big-Bang).

En la Tefilá decimos TEKÁ’ BESHOFÁR GADÓL, y quiere decir que se hace sonar el Shofar grande. No se refiere a un Shofar de dimensiones extraordinarias, sino al sonido tan largo que nunca acaba, y que es audible todo el año sólo para aquellos que prestan atención y no se les fatiga ese sentido. Lo que sí sabemos es que es casi imposible no oír un sonido estando tan cerca de su fuente. A menos que se tengan “auriculares” o se mienta al afirmar que no se oye.

Y cuanto más cerca estemos, más perceptible será ese sonido.
Ya pasó Pésaj, ya la mitad del año. Ahora estamos más cerca de Yom Haddin que antes. Ya comienzan a retumbar en nuestras mentes esos cánticos estremecedores que nos ponen a temblar, ese SHOFAR GADOL que fue diseñado especialmente LEJ’ERUTENU, para nuestra liberación del Galut a la Gueulá, en todo sentido.

Ahora, que cada instante que pasa estamos más cerca, no esperemos a que llegue ese momento para despertarnos. El despertador ya está sonando. ¿Hasta cuándo vamos a seguir apretando el botón para posponer la alarma?

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.