Diario Judío México - Han pasado más de 40 años desde aquel 10 de junio y en cada aniversario siento revivir la primera manifestación estudiantil después de la masacre de Tlatelolco.

El recuerdo es tan nítido, tan cargado de imágenes, sonidos y sensaciones precisas que es imposible dejar de preguntarse sobre lo azaroso de estar vivo, de cómo ocurren los procesos biológicos por los que algunas experiencias infames dejan su huella permanente en la intimidad molecular de nuestros genes y en nuestras mentes.

La epigenética es, según Patricia Joseph Bravo, investigadora del Instituto de Biotecnología de la UNAM, un tipo de memoria celular que resulta de cambios estables en la expresión de los genes sin que el ácido desoxirribonucleico (ADN) sufra alteraciones.

Esa tarde, los estudiantes corríamos bajo un sol quemante por las calles del barrio de San Cosme, encandilados por el cínico discurso de Luis Echeverría.

Habrá represión –había advertido Margo Su, empresaria del Teatro Blanquita–, no vayan al Casco de Santo Tomás. Pero como era Jueves de Corpus, nadie imaginó la violencia que el gobierno era capaz de ejercer.

La naturaleza de una persona se encuentra en su código genético compuesto por alrededor de 3,000 millones de nucleótidos de ADN compactados dentro de cada una de sus células.

En la Facultad de Medicina, un conocido líder del Partido Comunista Mexicano, ante la preocupación de algunos de que ocurriera una agresión policiaca descomunal, sentenció sin lógica alguna: “No podemos dejar de asistir, los compañeros de Economía y Ciencias Políticas ya votaron”.

Desde que el huevo es fecundado por el espermatozoide dentro del útero, hasta las edades más avanzadas, el conjunto de experiencias que tenemos durante nuestras vidas influye en el potencial genético individual, o sea, la manera en que cada gen se expresa.

Desde el inicio de la marcha privó la desorganización, la incongruencia y una ingenuidad conmovedora entre la mayoría de jóvenes agolpados muy cerca del Teatro San Rafael. De pronto, el cielo se oscureció por cientos de botellas, palos y piedras. Poco después, brotaron desde atrás de la valla de granaderos unos sujetos sin uniforme armados con varas de bambú. Aunque las blandían sin elegancia resultaron eficaces para fracturarles el cráneo a sus víctimas inermes.

Cuando se escucharon las primeras detonaciones alguien apareció sobre el techo de una camioneta. No caigan en provocaciones compañeros –gritaba con el altavoz en mano-, son cohetes.

Desde las azoteas aledañas hombres jugaban tiro al blanco con rifles de verdad. Vi a varios caer junto a mí. Parecían títeres a los que súbitamente se les cortan los hilos y quedan tirados como trapos viejos.

Con desesperación y horror doblegamos una enorme alambrada. Dentro había niños tomando clases. Al vernos comenzaron a reír. Desde las azoteas los francotiradores seguían disparando.

La epigenética es un proceso bioquímico sensible a situaciones físicas y emocionales. Pobreza, desnutrición, marginación y miedo extremos tienen efectos perdurables.

El Halconazo cambió para siempre el ADN de los sobrevivientes. Los otros fueron velados y ya no están para decirnos qué pasó.

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