Castrillo Matajudíos era un pueblecito burgalés como tantas otras pequeñas poblaciones de la vieja Castilla. Tenía unas pocas decenas de habitantes y una iglesia que destacaba tanto por volumen como por altura sobre el resto de los edificios de la localidad. Ahora sigue siendo igual, pero con una diferencia muy importante, que le ha convertido en noticia en y en parte del extranjero: ha cambiado la segunda parte de su nombre por “Mota de Judíos”.

En pleno siglo XXI se ha recuperado el nombre original del pueblo, perdido en algún momento del siglo XI o XII tras una matanza de judíos y que hacía referencia a su anteriormente importante judería. En aquella época medieval alguien debió de pensar que ser el escenario del asesinato en masa de hebreos era algo que ennoblecía al lugar.

Unos mil años después, los vecinos de la localidad han decidido que no es motivo de orgullo tener esa denominación y han recuperado la antigua. Lo bueno del caso es que la decisión no la ha tomado un político. El cambio de nombre ha sido decidido por los habitantes, que lo han aprobado por amplísima mayoría en una votación en la que todos han participado.

A raíz de esto, vimos que un contacto de Facebook se preguntaba qué debían hacer ahora todos los españoles que se apellidan Matamoros. Es una interesante cuestión. Dicho nombre de familia seguramente le fuera dado en tiempos de la Reconquista a algunos que destacaran por su fiereza y eficacia letal en batallas contra los musulmanes. Por aquel entonces se consideraría un gran honor ser conocido de esa manera. Era la marca de un héroe. Pero ahora es diferente, y adquiere un toque siniestro.

A mi personalmente no me gustaría llamarme Matamoros; ni “Matagitanos”, “Matajudíos”, “Matafranceses” o cualquier cosa similar. Es posible que yo optara por renunciar a un apellido de ese tipo, que hace referencia a causar la muerte a muchas personas por motivo de su pertenencia a un determinado grupo humano.

Pero esa es una decisión que corresponde personalmente a todos y cada uno de los Matamoros vivos. Son ellos, de manera individual, los que deben sentirse cómodos o no con su apellido y actuar en consecuencia. Si deciden cambiárselo, estupendo. Si no, también. En todo caso, que no sea un político o un burócrata el que decida por ellos. En definitiva, que esas personas puedan decidir, como lo han hecho los habitantes de .

Antonio José Chinchetru – The Objective

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