El viejo Pío Baroja, que era pesimista, era lector de Arthur Schopenhauer, filósofo que prefirió lucubrar los arcanos de la belleza a razonar los arcanos de la metafísica, pues ésta, abstrusa, sirve antes para hacer la vida tremolante que quieta. Pío Baroja, pienso, pudo ver en Schopenhauer los orígenes de la sabiduría universal, que está en todas las religiones, así como en la poética de Shakespeare, de Dickens o de Dostoievski. Shakespeare fue un escritor de ocasión, de los que supieron plasmar en pocos argumentos todo el quehacer humano. Dickens, diferente, echó mano de lo popular, del habla del pueblo para narrar sus historias, mientras que Dostoievski, según Pío Baroja, era un desquiciado con mucho talento. Estas tres vertientes, como se ve, son capaces de bañar a cualquier artista, aunque no cualquier artista soporta la fuerza de tales vertientes.
Pío Baroja, como Nietzsche, decía que Platón y que Sócrates habían podrido la sabiduría antigua, que estaba hecha de movimiento, o sea, de sueños, si nos permiten citar la tan conocida expresión shakespiriana. El pensamiento de Heráclito se parece al de Bergson, comenta el historiador Copleston, aunque Heráclito sí creía en la existencia de una realidad más allá de la representación que nos hacemos del mundo. Protágoras sostenía que el hombre es la medida de todas las cosas, tanto de las que existen como de las que no existen, tanto de las posibles como de las imposibles. Mas Parménides, difiriendo, creía que todos los entes tenían, además de sus atributos, una esencia “de suyo”, usando la jerga de Zubiri, que los distinguía de los demás objetos. Creo que en tal anudamiento de teorías antiguas yace el secreto de toda exégesis bíblica, pues la Biblia está hecha de griego, latín, arameo y hebreo.
¿Qué quería comunicar Jesucristo cuando dijo: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en la Buena Nueva”, según leemos en el Capítulo I del libro de Marcos? ¿Fue Jesús la medida de todas las cosas como lo fue Shakespeare de la época actual o como lo fue Lutero para los revolucionarios franceses? ¿Cómo es posible que un ser infinito tenga un reino finito, esto es, un reino que “llega”? ¿Pide Jesucristo que sus oyentes se “conviertan”, es decir, que cambien la vara con la que miden las cosas? ¿Puede medirse con una vara un reino? ¿Puede medirse con una vara finita un reino finito perteneciente a un ser infinito? Decía Wittgenstein, lingüista, que las convenciones de la gramática no necesitan ser explicadas, pues al serlo hacemos que dichas convenciones sean inútiles. O dicho en lógica común: no es necesario interpretar lo que ha sido interpretado demasiadas veces, o por mejor decir, no es menester hacer, a fuer de poesía, de la vara un cetro.
¿Por qué? Porque lo real, luego de muchas exégesis, se hace ideal, y lo ideal luego se hace valor, y todo valor inoculado en el habla se transforma en ser metafísico, en intuición sin concepto y sin objeto, citando al sabio Kant. Eso del “tiempo” que “se ha cumplido” no debe tomarse en un sentido histórico, sino en uno voluntarista. El “Reino de Dios”, más que llegar, aparece. ¿Recordáis las pruebas de Dios que dio Santo Tomás? Creer en la “Buena Nueva” hace que nos alejemos de los “ídolos”, del “Ídolo”, en griego “Eidolon”, medida que el hombre se hace para comprender lo que no puede asir con el entendimiento. Con razón Protágoras acusaba al ser humano de perenne hacedor de mitologías. Pero creer en la “Buena Nueva”, además de esperanza, nos hace valientes.
Cuentan que Lutero, padre de la alemana, según decir de Borges y del ardiente Carlyle, un día estaba escribiendo y vio un demonio que posaba frente a él, lo cual hizo que éste se parara y echara la tinta sobre el demonio, dejando manchada la pared que hoy es fiel testimonio de su valor. En la segunda parte del `Quijote´, en el Capítulo LXIV, nos encontramos con esta demostración de valor del loco caballero andante, vencido por el de la Blanca Luna: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. ¡Era el Quijote, valiente, templado y honrado, la medida de Dulcinea, así como Lutero fue la medida del valor de la era moderna, que sería poblada por demonios del jaez que todos conocemos! Para los judíos, por cierto, el buen Jesucristo es una especie de río que signa la fe en Dios, y nada más.
Buber, citado en el epílogo que Fluser hizo para un libro suyo, llamado `Dos modos de fe´, afirma: “Pero creo firmemente que nunca reconoceremos a Jesús como el Mesías llegado porque esto contradiría el sentido más interno de nuestra pasión mesiánica, es decir, lo que Ragaz encuentra en nosotros tan importante para la llegada del Reino de Dios. En el hilo resistente de nuestra fe en el Mesías, que se extiende anudado a una roca del Sinaí hasta otra todavía invisible, pero que hunde estacas en el fundamento del mundo, no se ha atado nudo alguno… para nosotros no existe un asunto de Jesús, para nosotros existe un asunto de Dios”. ¿Qué hay de común en los tres personajes históricos, en Jesucristo, Lutero y el Quijote? Las filosofías de Heráclito y de Protágoras.
El Quijote, vencido, creyó en la belleza de Dulcinea, mas no tanto en Dulcinea, en su humanidad, mientras que Lutero creía en demonios y no tanto en el Demonio y Buber mucho en Dios y muy poco en Jesucristo. El río que cambia representa lo convencional, la “vida”, la “roca”, la “tinta”, en tanto el agua representa lo sustancial, el quid, a Dulcinea, al Mesías, a la Palabra. Wittgenstein seguramente diría que de demonios, de mesías y de mujeres falsas estaba hecha la gramática de todo lenguaje, que arrastra nuestra mente, pues es río que corre sin freno.  Tal vez por todo esto la palabra “santo” signifique “separado”, “consagrado”, según las notas de la Biblia de Jerusalén, que quieren hacernos entender que sólo el capaz de discernir, de separar, de delimitar, es capaz de filosofar, de ordenar los saberes de la Teología, ciencia que estudia la luz, pero también la ontología o todos los objetos envueltos por ella.
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