La Declaración de Independencia de 1948 determina que Israel es un Estado judío y democrático. La contradicción es sólo aparente; se puede ser judío y, al mismo tiempo, democrático. Por supuesto, dentro de la sociedad siempre están aquellos que critican que Israel no sea lo suficientemente judío, como los que se quejan de que no sea lo suficientemente democrático. Porque la expresión “Estado judío y democrático” cada uno la entiende de manera diferente. Y eso sin contar que el significado de “judío” y el significado de “democrático”, ya por separado son preguntas que cada una da para horas de debate.

“El Estado de Israel estará basado en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de las enseñanzas de los profetas de Israel; asegurará la total igualdad de derechos políticos y sociales para todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará la libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura; salvaguardará los santos lugares de todas las religiones; y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas” (David Ben Gurión, Declaración de Independencia de 1948.).

La cualidad democrática de un estado se basa, por definición, en la intervención del pueblo en el gobierno, pero ¿en qué consiste el carácter judío del Estado de Israel? Mucho se ha debatido y comentado sobre este punto. Porque para poder darle significado al término “Estado judío”, primero debemos hallar la definición precisa de “judío”, que puede variar dependiendo de si se pone mayor énfasis en la identidad religiosa, étnica, lingüística, histórica, cultural o social. La haskalá (o iluminismo judío) puso fin a siglos de marginación y abrió las puertas a la integración de los judíos en el ámbito secular. Muchos judíos se empezaron a ver sí mismos como miembros de un mismo pueblo, pero separados de la tradicional adhesión a la fe judaica. De este modo, ser judío no implica la práctica religiosa de ningún tipo ni la creencia en ningún Dios, porque el es un caso singular en que el nombre de la etnia es el mismo que el de la religión. Puede haber judíos creyentes, practicantes, laicos, ateos, agnósticos e, incluso, budistas. La expresión “judío”, en la frase “Estado judío y democrático” no hace referencia a la religión ni a una posible organización teocrática, sino a la condición de sus ciudadanos. La contradicción aparente entre judío y democrático se resuelve en la calidad laicista del Estado de Israel. Por tanto, el requisito básico para que Israel sea un Estado judío y democrático estriba en que esté constituido por una mayoría de judíos, que a su vez garanticen las libertades propias de una sociedad democrática moderna. Ya lo insinuó Theodor Herzl a la hora de escoger el título de su manifiesto: El Estado de los Judíos (Der Judenstaat, en alemán; Medinat HaYehudim, en hebreo) y no El Estado Judío, como erróneamente ha sido traducido al español. Un Estado judío es, pues, un país en donde sus ciudadanos sean mayoritariamente judíos.

Bajo ninguna circunstancia Israel debe abandonar esas dos cualidades que lo representan. Desde diversos sectores, tanto extranjeros como nacionales, se critica el hecho de que la definición de Israel como Estado del pueblo judío es incompatible con la igualdad de derechos de todos sus ciudadanos. Y justamente por ese motivo Israel no sólo es judío, sino también democrático. La visión de Herzl y de Ben Gurión es la visión de la actual izquierda sionista. Una visión que promueve la igualdad de derechos y obligaciones para todos sus ciudadanos sin excepción. Y, lo más importante, Israel es un Estado judío y democrático porque su sociedad así lo ha decidido. Y la cualidad democrática de un estado consiste también en poder adjudicarse la definición que elija la mayoría de sus ciudadanos.

Desde la Guerra de la Seis Días, en 1967, los palestinos de Cisjordania han vivido bajo un régimen de ocupación militar. En el año 1947 la decidió que los judíos y los palestinos debían repartirse el territorio. Los judíos aceptaron y comenzaron a levantar un país desde los cimientos. Los árabes, en cambio, incitados por sus líderes fanáticos, se negaron a compartir la tierra con los sionistas y, violando la resolución de Naciones Unidas, abrieron una guerra que les conllevó consecuencias desastrosas y nunca imaginadas. Tras el enfrentamiento bélico de 1967, la declaró que la ocupación israelí era ilegal y contraria al derecho internacional. Propuso la adopción de fronteras definitivas según la llamada Línea Verde, trazada en la firma del armisticio de 1949. Sólo que, en esta ocasión, fueron los israelíes quienes se negaron a cumplir la resolución y se metieron, como los árabes en 1947, en un callejón sin salida. Tal es así que, tras más de cuatro décadas, Israel continúa practicando una política de ocupación de territorios propia del colonialismo. Al saltarse de forma tajante las resoluciones de la , el sionismo ha perdido su verdadera esencia.

Y para ello es fundamental poner fin a la ocupación. Porque en la medida en que Israel continúe ocupando territorios palestinos, esa mayoría judía dejará de ser una realidad. Al margen de que la ocupación no es propia de un país democrático (mucho menos de un país judío), en una democracia gobierna la mayoría y, dentro de poco, los árabes serán la mayoría entre el Jordán y el Mediterráneo. Ante una situación de minoría judía, para permanecer como Estado judío a Israel no le quedará otra opción que convertirse en un estado de apartheid. Pero si aún ocupando territorios Israel sigue empeñado en ser democrático, no hará falta mucho tiempo para que un Primer Ministro árabe sea elegido por los votos de la mayoría. Ambas posibilidades son contrarias al pensamiento de Herzl y de Ben Gurión. Las metas del sionismo en el siglo XXI son las mismas metas que Theodor Herzl concibió en su manifiesto. En la actualidad, el sionismo necesita un líder capaz de reagrupar a los sionistas bajo la misma bandera, como ocurrió en el Primer Congreso de Basilea. La única alternativa que le queda a Israel para no perder su carácter judío y su cualidad democrática es retirarse de los territorios ocupados. El sionismo del siglo XXI debe moverse en esa dirección. El futuro de Israel como Estado judío y democrático depende básicamente de ello.

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Hizo aliá a Israel en el año 2004. Se alistó al Ejército en agosto de 2005, donde sirvió durante más de tres años. En la actualidad se considera un ciudadano israelí más. Esudiante de la Universidad de Tel Aviv (Facultad de Humanidades), fielmente comprometido con la hasbará crítica y a favor de un acuerdo de paz justo para ambos pueblos.