Diario Judío México - He aquí que el Señor vaciará la tierra y la dejará desierta y trastornará su faz, y dispersará a sus habitantes.
Yeshayahu, 24:1

El campus de la Universidad de Virginia Tech, cerca de la costa atlántica de , sufría el embate de la lluvia que había estado azotando con fuerza desde la noche anterior. Para media mañana, la ventisca se había transformado en una tormenta que regaba aguanieve en todas direcciones y oscurecía la luz del sol.

En el aula 204 del Edificio Norris, el profesor de Mecánica Sólida, Liviu Librescu, terminó de escribir unas fórmulas en el pizarrón tratando de explicar un detalle que había quedado sin resolver.

– ¿Falta luz?…o sólo son mis ojos- pensó, dirigiéndose hacia la puerta para accionar el interruptor y encender las lámparas.

– Así está mejor- dijo, con una sonrisa que acarició a todos los presentes.

Vestido impecablemente como corresponde a un verdadero profesor universitario, se disponía a regresar al pizarrón para enfrascarse de nuevo en sus detalladas explicaciones cuando, de pronto, se detuvo para escuchar unos extraños ruidos que parecían venir del corredor.

Sus penetrantes ojos se fijaron en algún punto distante. Un segundo después, los ruidos encontraron eco en su cerebro haciéndole reaccionar de manera violenta y decidida. El profesor pegó un enorme salto hacia atrás, cubriendo con su pequeño cuerpo el vano de la puerta justo en el momento en que una feroz andanada de balas atronara en el pasillo seguida de agudos gritos que helaron la sangre de los presentes.

– Por la ventana, rápido- murmuró a los jóvenes que corrían hacia la puerta tratando de salir. -Rápido.

Afuera, en el pasillo, se escucharon nuevas ráfagas. Alguien trataba de abrir la puerta que el profesor Librescu mantenía bloqueada. El pánico se apoderó de los estudiantes. Algunos corrieron a las ventanas y saltaron, primero a una cornisa y de allí al piso helado. Uno se rompió una pierna, otro se luxó un tobillo. La mayoría permaneció en sus asientos, impávidos, sin saber qué hacer.

– Todos, por la ventana- susurró el profesor. -Pronto, pronto…

Instintivamente alcanzó el interruptor y apagó la luz. Sus ojos brillaron en la penumbra y los músculos de su rostro se tensaron en un rictus que borró su sonrisa habitual. Nuevos golpes en la puerta, intentos vanos de abrirla y una nueva descarga de proyectiles hicieron pedazos las tabletas de la puerta y obligaron a los alumnos a tirarse al piso.

El profesor, herido por los proyectiles, sólo alzó los brazos.

– Son Tuyos, Tú los hiciste. Déjalos vivir. Déjalos vivir.

Una jovencita se le aproximó con intención de ayudarlo pero el profesor la rechazó.

-No, no. Afuera, afuera.

Por la ventana.

Varios estudiantes corrieron hacia las ventanas y saltaron. Otros adoptaron una postura fetal bajo los pupitres esperando que el estruendo cesara. En el pasillo se escucharon pisadas que parecían huir apresuradamente. Los labios del profesor musitaron unas palabras que nadie escuchó. Arqueó la espalda justo en el momento en que una nueva andanada perforaba de nuevo su cuerpo. El asesino trataba de entrar pero el cuerpo del profesor se había deslizado hacia el piso impidiéndole el paso.

– Afuera, afuera. A la luz.

Vayan a la luz.

Unas horas más tarde, el mundo se enteraría que un joven alterado de sus facultades, había disparado sus armas matando sin piedad a quien se le pusiera enfrente, pero en aquel instante, en el momento en que escuchó pasos en el corredor, el profesor Librescu experto en aeroelasticidad y estructuras compuestas lo supo. El diminuto Lev Librescu, sobreviviente de los campos de exterminio, lo supo desde el primer momento.

Cuatro balas se incrustaron en su espalda. Una más en su cabeza. Un delicado hilo de sangre escurrió por su frente tiñendo de rojo sus cabellos mientras el demente asesino, cansado de sus vanos intentos por entrar al aula, huyó por el pasillo matando en su carrera a dos personas más.

El viento helado despeinó la nuca de una jovencita que permanecía de pie, en silencio, sin poder quitar la vista del rostro del profesor, recargado en la puerta como un escudo humano, protegiendo a sus alumnos, con los ojos descomunalmente abiertos.

– No te preocupes, pequeña -pareció decirle- Todo va a estar bien.

Cuatro ambulancias se detuvieron frente al edificio. Varias patrullas llegaron hasta el recinto universitario empeñándose en devolverle la calma y la cordura.

Por la ventana por donde habían saltado los estudiantes, una pareja de oficiales entró al aula 204. Uno de ellos cerró diligentemente las ventanas y encendió la luz mientras el otro, en cuclillas, se detuvo frente al cuerpo inerte del profesor.

>>><<<

Acostumbrado a las inspecciones que hacían regularmente los soldados en el campo Lev Librescu se limitó a sonreír. A estos dos no los reconoció. ¿Eran nuevos? De todas maneras, no movería un solo músculo hasta que hubieran acabado de revisarle. Ésa era la consigna: “Cuando te dicen que te van a observar, te estás quieto. No mueves ni un músculo, ¿entiendes?” Lev se estaría quieto hasta que los soldados hubiesen terminado.

Mientras el guardia hurgaba su cuerpo, esperando como de costumbre la llegada del cirujano, con sus jeringas y sus afilados cuchillos, Lev pensó en el tiempo que llevaba en aquel campo de detención. Había llegado desde el Ghetto de Focsany con más de 20 mil judíos en unos vagones de carga ya hacía un año. ¿O eran dos? Pensó que con aquel espantoso dolor de espalda le era difícil recordar las fechas o los números, o la inscripción a la entrada del Ghetto. Prefirió pensar en los suaves reflejos de la luz de la tarde en las aguas del río Milcov, la “frontera” entre su Moldavia y la Walachia.

Le llamó la atención que ahora traía puesta una corbata. ¿Para qué iba a traerla? Los prisioneros no usan corbata. A menos que alguien se la hubiese colgado al cuello para burlarse de él, como de costumbre. Pensó que la razón por la que le dolía tanto la espalda era porque se había quejado con el Comandante y los soldados le habían golpeado diciéndole que se callara, que era un cochino judío y que no se atreviera a decir palabra.

Sabía que los soldados le hubiesen vapuleado de todas maneras, por ése o por cualquier otro motivo. Al final, no le dolía tanto, y si con eso podía conservar sus escasos privilegios… Creyó ver que uno de los soldados le vaciaba encima el resto de su vaso de cerveza. Tal vez por eso sentía el cabello húmedo y pegajoso.

– Tómalo de las piernas. Yo de los brazos… -creyó oír la voz de los soldados que le colocaban boca arriba en una de las carretas en las que transportaban a los cadáveres de los prisioneros antes de arrojarlos a la fosa. Decidió que ni así movería un solo músculo. Ni uno sólo. Ni siquiera trató de esquivar la mirada del soldado. Sólo esperó que éste ya estuviera demasiado borracho como para darse cuenta de que no dejaba de observarle. Miró al techo y se dispuso a esperar.

Lo único que se le ocurrió al prisionero Lev Librescu fue que quizás ésa habría sido la última prueba del día, y que si lograba mantenerse vivo, tal vez lograría vivir un día más. Uno más.

>>><<<

Liviu-Lev-Librescu, vivió no uno sino muchos días más. De hecho sobrevivió al exterminio, emigró a y después a los para enseñar ingeniería aeronáutica a las nuevas generaciones.

Aquella mañana del 16 de abril de 2007, después del tiroteo, cuando los policías terminaron de inspeccionar su cuerpo, lo colocaron en una reluciente camilla y lo dejaron resguardado en el aula 204 del Edificio Norris Hall hasta que hubiese pasado el alboroto. Más tarde sería transportado hasta la ciudad de Brooklyn, a la funeraria ortodoxa de la Comunidad Chabad en Borough Park. De allí viajaría hasta el cementerio de Raanana, en , donde en el tierno abrazo de la tierra del Valle del Sharón esperaría pacientemente, como había sido su costumbre, la llegada de Moshíaj.

Por el momento, en la helada oscuridad del salón de clases, recostado en silencio bajo la sábana que le servía de mortaja, el rostro del profesor Librescu se fue suavizando hasta perder el rictus de la muerte. Un observador meticuloso tal vez habría notado una tierna sonrisa dibujarse sobre sus labios. Nadie permaneció con él en la habitación. De haberlo hecho, quizás hubiesen escuchado las últimas plegarias del profesor, antes de recitar por última vez el Shemá.

– Gracias por salvarlos. Somos Tuyos y somos santos, porque Tú eres Santo.

>>><<<

Cuenta la tradición que en cada generación, hay 36 lamedvávnikers, hombres justos que morirán de muerte violenta -en kidush hashém- en el momento exacto y en el lugar adecuado, expiando con su muerte los pecados de toda su generación. Lev Librescu, nunca supo si estaba recostado en una camilla de acero o en la vieja carreta en la que se transportaban los cadáveres hasta los crematorios.

Sobreviviente del campo de exterminio, murió de muerte violenta abatido por un estudiante desquiciado la mañana del 16 de abril de 2007, el mismo día en que se conmemora mundialmente la Shoá.

Curiosamente las tres letras del nombre del profesor Liviu Librescu-Leb en hebreo significan “corazón”.

Las opiniones expresadas aquí representan el punto de vista particular de nuestros periodistas, columnistas y colaboradores y/o agencias informativas y no representan en modo alguno la opinión de diariojudio.com y sus directivos. Si usted difiere con los conceptos vertidos por el autor, puede expresar su opinión enviando su comentario.

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

A fin de garantizar un intercambio de opiniones respetuoso e interesante, DiarioJudio.com se reserva el derecho a eliminar todos aquellos comentarios que puedan ser considerados difamatorios, vejatorios, insultantes, injuriantes o contrarios a las leyes a estas condiciones. Los comentarios no reflejan la opinión de DiarioJudio.com, sino la de los internautas, y son ellos los únicos responsables de las opiniones vertidas. No se admitirán comentarios con contenido racista, sexista, homófobo, discriminatorio por identidad de género o que insulten a las personas por su nacionalidad, sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad física o mental.