Diario Judío México - Uno de los negocios más rentables en el mundo editorial son los libros de autoayuda: aquellas obras que hacen ver el cambio en uno mismo y en su relación con los demás como cuestión de querer hacerlo. Esto es, si el lector sigue algunos principios básicos que la mayor parte tienen que ver con pensar positivo y tener buenas intenciones.

El problema con este tipo de lecturas es que uno puede hacer un estilo de vida a través de repasarlas, inspirarse por la mañana, concentrarse con éxito variable a lo largo del día, darse cuenta al anochecer de que la vida es difícil y comprar con altas expectativas la más reciente novedad editorial (por lo general vendida como el resultado de compilar tradiciones antiguas o los secretos de los “grandes genios de la humanidad”) que ahora sí lo cambiará todo.

Lejos de cualquier buena intención, no existe la magia. Si se desea cambiar algo en uno mismo es necesario un ejercicio serio de introspección, hacer conscientes cosas que se preferiría dejar enterradas en el subconsciente, cambiar algunas visiones sobre cómo es el mundo, adquirir nuevas herramientas para manejar determinadas situaciones y saber que los traumas y disfunciones nunca desaparecerán – aunque, si se pone el esfuerzo necesario, pueden darse relaciones más funcionales con los demás. Claro, este proceso es tan complejo y potencialmente catártico que se recomienda apoyo profesional.

Una subcategoría de la literatura de autoayuda son los libros sobre el poder ciudadano y su capacidad para transformar por sí miso a nuestra democracia. Con un estilo altamente motivacional, suelen apelar a la participación del individuo, impulsar la rendición de cuentas y proponer de manera acrítica reformas a las instituciones. El tono que adoptan va de la intransigencia militante y maniquea hasta la cursilería.[1] Toda esa vertiente ignora que la condición de ciudadano conlleva derechos, claro, pero también obligaciones. Y en su ejercicio el individuo es responsable de sus actos y omisiones.

El más reciente libro en esta vertiente es el Manual del poder ciudadano. Lo que necesita de Ulrich Richter Morales (: Océano, 2011). Se hará aquí un análisis del mismo.

¿De qué trata la obra?

Fiel a los cánones estilísticos del género (página 1: “Vamos a empezar esta aventura hablando acerca de ti. ‘¿De mí?’, te preguntarás, ‘¿Qué puedes saber tú de mí?’ Tienes razón, es muy probable que no te conozca en persona. Hay algo, sin embargo, que puedo decir de ti con toda certeza: eres ciudadano o ciudadana o lo serás pronto”), los siete capítulos se dedican a definir al ciudadano, sus derechos y obligaciones, la participación ciudadana, el Estado y la democracia, el poder ciudadano, las herramientas que tienen los ciudadanos para influir en las decisiones públicas y el reto de construir ciudadanos.

Al leer el libro, uno descubre que se va la mitad en juicios de valor y citas textuales; muchas de las últimas confusas y contradictorias entre sí. En ese esfuerzo se recurrió tanto a pensadores clásicos, activistas y políticos con diferentes enfoques e ideologías entre sí.

Por ejemplo, se dedican las páginas 154 a 163 para definir los instrumentos legales para influir en asuntos públicos: referéndum, plebiscito, iniciativa ciudadana, revocación de mandato, candidaturas ciudadanas o independientes, segunda vuelta y reelección. Aunque el debate no es concluyente sobre la bondad de mecanismos como la segunda vuelta y la experiencia comparada muestra el cuidado que se tiene que guardar al diseñar los procedimientos para el plebiscito, el referéndum y la revocación del mandato[2], el autor da por sentado que el futuro se basa en adoptarlos todos. Sin embargo cita sin contextualizar a un artículo escrito por Enrique Peña Nieto donde rechaza abiertamente la reelección inmediata.[3]

A continuación se analizarán algunos argumentos del libro bajo tres ópticas: el empoderamiento, la responsabilidad y la táctica.

Empoderamiento

Aunque repetidas veces se habla en el libro de la importancia de actuar como ciudadano, en ningún momento se dice por qué una persona debería de hacerlo aparte de recurrir al voluntarismo y los buenos deseos (página 65: “Pero, ¿para qué tomarse la molestia de serlo?, podría preguntarse alguien, con tantos problemas que tenemos que enfrentar. La respuesta es fácil: para ponernos a la altura de nuestra gran nación, ”).

A esto, ¿por qué le interesaría a una persona actuar como ciudadano? La mejor respuesta a la que se ha llegado es: cuando le cuesta serlo y tiene algo que perder si no lo es. El individuo va a pertenecer a un Estado cuando está dispuesto a renunciar al uso de la violencia para proteger su propiedad. Como parte del intercambio acepta pagar impuestos; empoderándolo a participar en las decisiones públicas. En breve, la ciudadanía conlleva derechos y obligaciones.

Sin embargo en ninguna parte del libro de Richter Morales se habla de pagar impuestos o derechos de propiedad. Esto llama todavía más la atención cuando se muestra promotor del Estado de bienestar, que requiere de tasas impositivas considerables. Lamentablemente no existe la “voluntad” en esto.

Responsabilidad

Uno de los rasgos más comunes en el discurso ciudadano, es la creencia que existen referentes o ideales absolutos para guiar la acción, comúnmente de orden moral. Esta es una constante del libro: suponer que hay un ciudadano estándar con preferencias iguales a los demás, sobre las cuales el Estado debe trabajar y los medios apegarse para informar desvinculados “de los partidos e ideologías” (página 113). Lamentablemente este tipo de pretensiones llevan a la imposición de los ideales por parte del gobierno y de ahí al totalitarismo.

En realidad no existe tal cosa como un ciudadano uniforme. Todos tenemos nuestros propios intereses, preferencias políticas, problemas y buscamos referentes informativos que se acerquen a las posturas adoptadas. Eso se llama pluralismo.

Lo anterior implica que el ciudadano debe saber discernir entre voces distintas, ponderarlas y sacar sus conclusiones. Sobre todo ser responsable de sus aciertos y errores. Por lo tanto el proceso de construcción de una ciudadanía nunca es lineal: habrá avances, retrocesos y (se espera) aprendizaje.

Tampoco se habla en el libro de estos temas: todo se resume a la identificación con una comunidad nacional en lo que, se reitera, tiene la persona en común con el resto de la población. Incluso se recurren a textos donde el individualismo es visto como una patología social (páginas 148-149).

Táctica

En su simplismo, la mayoría de los textos ciudadanos creen que las soluciones consisten en lo que llaman la “voluntad política”: un escenario donde todos los actores, especialmente los políticos, se dan cuenta del daño que han hecho y, en un acto de desapego y generosidad “hacen lo que se tenga que hacer” – sea lo que eso signifique.

Otro de los grandes argumentos de esta corriente es que se requiere mucha educación, especialmente cívica, frente a la disolución social. Si bien es deseable que esto ocurra, esta política arrojaría resultados a mediano plazo. Y es ahí donde se entra a un terreno que casi toda la literatura existente evita: las reglas del juego y su solidez. Para decirlo de otra forma, la reforma política.

Las instituciones, tanto las formales como las informales, son las normas de conducta en una sociedad y de esa forma reflejan la configuración de intereses beneficiados o afectados. Por lo tanto nadie va a mejorar un entorno si al hacerlo se afectan sus intereses a menos que se vean obligados a ello – y para eso se requiere de táctica para conocer las normas y generar alternativas de solución.

Si no hay un ciudadano estándar, los diversos intereses pueden no sólo ser distintos, sino en momentos compatibles y en otros contrarios a los de los demás. Por ello se necesita tener una agenda de reformas, tejer alianzas y saber cuándo presentarlas, a quiénes y cómo presionar: el cabildeo. Lamentablemente esta palabra está vetada en el imaginario ciudadano, al vérsele como una actividad que hacen los ricos y poderosos a espaldas de los demás.[4]

Aunque a todos nos gustaría pensar lo contrario, no existen soluciones fáciles e inmediatas. Eso corresponde más bien al pensamiento mágico. Todo arreglo institucional, además, generará efectos esperados e inesperados; pudiendo presentarse problemas que ni se imaginaban. Sin embargo para eso se requiere de una ciudadanía con juicio: para revisar estas normas y delinear planes de acción. No existen los buenos deseos en este juego.

Como he dicho en otros espacios, soy creyente de la ciudadanía organizada y sus capacidades. Es hora de definir los temas y separar aquellos conceptos y nociones que sólo llevan a hacer de este tipo de lecturas una forma de autoengaño.


[1] Se hablo sobre el tema es este espacio aquí:
http://www.gurupolitico.com/2011/02/ciudadanos-al-poder-trampas-y-falacias.html.

[2] Ver: http://www.fundacionpreciado.org.mx/biencomun/bc183/F_Dworak.pdf.

[3] Para un análisis de la opinión de Enrique Peña Nieto en torno a la reforma política, ver:
http://www.gurupolitico.com/2011/07/la-reforma-politica-segun-pena-nieto.html.

[4] Sobre el tema del cabildeo, ver: http://www.politicayestadoibd.org/doc.php?ID=130.

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Licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y Maestro en Estudios Legislativos en la Universidad de Hull, Reino Unido. Fue Secretario Técnico de la Comisión de Participación Ciudadana de la LVI Legislatura de la Cámara de Diputados (1994-1997). Durante los trabajos de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado, fue Secretario Técnico de la Mesa IV: “Régimen de gobierno y organización de los poderes públicos” (2000). En la administración pública federal, fue Director de Estudios Legislativos de la Secretaría de Gobernación (2002-2005). Ha impartido cátedra, seminarios y módulos en diversas instituciones académicas nacionales. Es Coordinador Académico del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa del ITAM. Es coordinador y coautor de El legislador a examen. El debate sobre la reelección legislativa en México (Fondo de Cultura Económica, 2003). En este momento, se encuentra realizando una investigación sobre las prerrogativas parlamentariasy e scribe artículos sobre política en diversos periódicos y revistas.