Los seres humanos tendemos a saludarnos cuando nos volvemos a encontrar con alguien, incluso cuando lo hemos visto un día antes, y en algunas ocasiones, hasta en el mismo día. Lo mismo cuando nos despedimos, solemos saludarnos con afecto.

En algunas ocasiones, incluso siendo desconocidos, nos saludamos al momento de vernos, más como un gesto respetuoso y a veces de compromiso, así como por educación. Por ejemplo, cuando llega alguien a un lugar donde ya estábamos de antes o somos nosotros los que llegamos a cierro lugar en el que ya había gente, al ser que tenemos en común el punto de encuentro, rápidamente creamos un lazo, aunque mínimo entre las personas.

El día de hoy, estaba yo en mi trabajo cuando de pronto entra alguien que su caminar indicaba la seguridad hacia dónde y con quién se dirigía. Nótese también que era alguien perteneciente a la empresa. Un saludo de bienvenida, hasta con gesto amable y de reverencia le ofrecí, el cual fue devuelto de manera muy cordial.

Sí, era uno de los jefes de la casa matriz de la empresa. Mis sospechas fueron reales.

¿Por qué solemos saludarnos al encontrarnos y hacer lo propio al despedirnos cuando sabemos que nos volveremos a ver?

Para responder esta cuestión debemos analizar más allá de la física, lo que se conoce como la metafísica.

Antes debemos preguntarnos por qué hay todo lo que hay y no más bien no hay nada. Para qué es cada cosa.

Todo lo que existe tiene una razón de ser, y todo fue creado con un propósito. Ese propósito es uno solo que resulta incómodo tenerlo en cuenta de manera constante, pero no por eso deja de ser.

El ser humano es un ser finito, como un segmento trazado dentro de una línea cronológica infinita de principio a fin. Sabemos que llegamos al mundo en cierto momento en el que el mundo ya existía desde mucho antes, en el que las cosas que estaban pasando eran consecuencias de otras que habían pasado. Un mundo en el que hubieron historias que cambiaron el curso de la vida humana. Pues es ahí, en ese instante donde llegamos al mundo, a media película. Y logramos entender, entrelazar, aprender, comprender, analizar, razonar mientras también nos esforzamos por vivir, sentir, disfrutar…

¿Pero por qué hacemos todo eso? ¿Y por qué existe todo lo que existe?
Por ejemplo, ¿para qué trabajamos, para qué comemos, para qué cada cosa que hacemos con las herramientas que existen y las que crearemos nosotros o alguien más? ¿Qué más nos da si los países tienen o no límites políticos, geográficos, históricos, culturales, artísticos y hasta gastronómicos? ¿Qué más nos da si hay mucho ruido de noche y no podemos dormir? En resumen: ¿para qué y por qué de cada cosa y de todo?

La respuesta es tan grande que se resume en muy pocas palabras: porque somos seres metafísicos y finitos.

Al decir metafísicos nos referimos a que nuestra ontología es un compuesto conformada por el cuerpo, el alma, los pensamientos, los sentimientos y la mente. Pues todo eso algún día se va a acabar, al menos en cada uno de nosotros. Ya que, si bien no vivimos pensando en que nos vamos a morir, sabemos que somos seres finitos, limitados, transcurrido un lapso de tiempo que algún día se nos va a acabar. Y hay cosas que pueden provocar que no lo disfrutemos o incluso que nos vayamos de este mundo antes de tiempo. El que no come se mueren, y el que come alimentos que no le agradan no disfruta. Y la vida se va a acabar, algún día nos tenemos que ir.

Nadie sabe cuándo no cómo ni dónde, pero inevitablemente eso va a pasar. Y qué bueno que así sea, de lo contrario no existiría nada más aburrido que la vida.

Imagina por un momento que todas las personas que han nacido desde el principio de los tiempos sean eternas. Seguramente nos encontraríamos algún día con el profeta Elías, con Sócrates, con grandes y con seres abominables también. Y nos encontraríamos con ellos varias veces. No tendríamos necesidad de trabajar ni de comer, ya que de todos modos nunca nos moriríamos. Tampoco tendríamos necesidad de disfrutar, de saborear, de amar, de tener placeres, de nada, ya que el tiempo es eterno, aletargadamente aburrido y sin sentido.

El límite de tiempo nos hace valorar, no sólo a nuestra vida, sino a la vida en general, la de nuestros semejantes, la de las plantas, la de los animales y hasta la existencia de aquellas cosas inertes, dado que nosotros tenemos pocas oportunidades de encontrarnos con esa piedra, con ese color, con esa textura, con ese cielo. No sabemos cuándo o si algún día volveremos a estar o a sentir ese instante. Lo único seguro es que podremos volver al lugar, tal vez, pero jamás al mismo momento.

Tal vez por eso es que nos saludamos al encontrarnos y nos despedimos cuando cada uno se va por su lado. Al ser que no sabemos cuándo no cómo, no siquiera si habrá otra posibilidad de volver a vernos, a sentir, a experimentar esa misma sensación, incluso si estuviéramos seguros que nos volveríamos a ver. Ya que el tiempo pasa sobre nosotros junto con muchas cosas que pesan como la vejez, la debilidad, el cambio de voz, el color de piel y hasta la cantidad de cabello. Mañana seremos otros, tanto nosotros como todos los demás.

Cuando alguien está en sus últimos días o sus últimas horas, cuando está viviendo gracias a las conecciones con tubos y máquinas y sabemos que ya no habrá posibilidad de volver a sentir nada de eso que sentimos alguna vez con esa persona, solemos llorar desconsoladamente. Entonces cabe la pregunta si lloramos por esa persona que se va o por nosotros que no volveremos a sentir eso. A diferencia de antes que no sabíamos si lo volveríamos a sentir o no, ni cuando ni como, ahora vemos al moribundo y ya tenemos esa seguridad. Realmente, siempre la hemos tenido, pero no la quisimos asumir. Y seguramente por eso que solemos ser corteses y nos saludamos y nos despedimos.

Ahora, esa persona está en su lecho de muerte y lloramos. Lloramos porque no existe peor infierno que el saber que se pudo hacer más, vivir más, aprovechar más, ser más real, y no haberlo hecho, no con esa persona no con nosotros. Lloramos porque nos enfrentamos delante nuestro, no delante de esa persona. Y ese enfrentamiento nos demuestra lo que podríamos haber vivido y no lo hicimos. Lloramos porque sabemos que aunque quisiéramos ya no lo podremos volver a hacer. Pero también lloramos porque nos reconocemos flojos y de poca o nula voluntad, ya que tal vez sí podamos a futuro hacer algo más, hacer muchas cosas de las que nuestro pasado se nos hace presente y nos indica que hagamos tal o cual cosa porque no somos eternos. Entonces el motivo de nuestro llanto es por la flojera que no logramos desprendernos de ella. Lloramos de bronca contra nosotros mismos.

También podemos decir que lloramos por esa persona que ya no escucharemos más su voz, que ya tendremos su gracia, su bondad, sus gestos, su amabilidad… Sí, es verdad que también lloramos porque no lo supimos aprovechar, pero en todos los casos que hemos enumerado, y aún muchos más, todos tienen en común nuestro derecho, no el de esa persona.

¿Acaso lloramos porque esa persona no aprovechó su vida o realmente ahí existe un despertar nuestro que nos enfrentamos contra nosotros mismos cuando tenemos evidencia clara de lo que nunca quisimos ver delante nuestro, que es la muerte?

Por eso hay todo lo que hay, existe todo lo que existe.

Yo creo que el dolor se sufre en vida, ya sea con una herida, una pérdida, o lo que sea que nos lastime sea el cuerpo o el alma, pero la persona que se muere no siente dolor por la muerte. Lo sentirá por la enfermedad que pasa, por el accidente que lo llevó a esa situación, y el dolor puede ser muy fuerte o mucho menor de lo imaginado. No es más que un dolor en vida, pero no creo que duela morir.

El que está por morir, si es que está consciente, llora por no haber aprovechado lo que pudo, por no lograr lo que no pudo, por creer que dejará sin cobijo a sus hijos, pero no porque la muerte le vaya a lastimar. Tal vez el mismo moribundo consciente lloré porque no sabe a dónde va. Así como un bebé cuando llega al mundo llora porque no tiene ni idea dónde está.

La incertidumbre es un motivo muy válido para la angustia, para el llanto, para el sentimiento de impotencia, claro que sí.

Cuando alguien se va, cuando alguien fallece, debemos saber que ya no volverá a sufrir ninguna de esas angustias. Todos las hemos tenido, quién más, quién menos, pero todos las hemos tenido. Ya sea en los engaños sociales, en las amistades, en la familia, en lo laboral, en lo físico, en lo mental, en lo geográfico, y en muchas cosas más.

Con esto no estoy diciendo que es mejor la muerte que la vida, sino todo lo contrario: que la vida es el único momento que tenemos para llenarnos de motivos hermosos para disfrutar, para dejar algo bueno, saludable, agradable. Es el único segmento en el cual podremos sembrar semillas para que muchos árboles crezcan cuando ya no estemos nosotros. El único momento que tenemos para estar seguros que los frutos de esos árboles serán dulces y provechosos para los demás, los que amamos y los que no también.

Hoy lloramos a un amigo que sabemos que ya se va, pero ¿lo lloramos a él o a nosotros que nos quedamos sin él, o a nosotros que nos dimos cuenta que nos hemos quedado sin nosotros?

Él se va a un lugar, que seguro es mucho mejor. ¿Por qué lloraríamos a alguien que va a estar mejor? Y claro que va a estar mejor porque ahora está sufriendo muchísimo y sabemos que no tiene cura. Pero también sabemos que cada instante de su respiración está haciendo todo lo que puede para seguir estando con nosotros, continuar regalándonos sus sonrisas, consejos, bromas, amistad, sinceridad, consejos, etc.

Y ese esfuerzo que hace con cada respiración lenta, es más grande que el esfuerzo de nacer, que el de haber creado un emporio, que el de haberse vuelto a levantar en cada una de sus caídas. Porque él desea y nosotros también.

No necesitamos que alguien esté viviendo un momento trágico como estar cercano a la muerte para vivir ese momento de consciencia, sino que debemos saber que cada instante es sabroso, único, irrepetible y digno de aprovechar y valorar.

Y si tenemos esa lamentable oportunidad de estar frente a un caso trágico, de alguien conocido, lo que debemos hacer es agradecerle a esa persona que, de manera consciente o no, nos está dando una lección. Una lección tan grande que hasta su vida pone en riesgo para demostrarnos el valor de la nuestra y aprovechemos cada instante.

Entonces debemos agradecerle mucho ese gesto que está teniendo, que lo estamos viendo.

Sepamos aprovechar cada instante.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.