El valor de salir a la calle con libertad, de recibir unos rayos de sol, de tener una rutina, de llevar a las y los niños a la escuela, de acudir a una reunión, de saludarnos, de contar con un médico y un hospital, de mantener el trabajo. Dábamos muchas cosas por sentadas, hasta que esta pandemia nos enseñó que lo único seguro es que en cualquier momento todo puede cambiar.

Ahora, uno de los mejores caminos para superar esta pandemia es pensar en el presente, en cómo resolver las necesidades básicas e inmediatas y no ir más allá para que la ansiedad no nos rebase. Esperar, siguiendo las indicaciones de las autoridades, para regresar a una realidad que seguramente será distinta a la que conocíamos.

Para eso ayuda reflexionar sobre el valor de las cosas y diferencias cuáles son más importantes que otras. La familia, un núcleo que en muchos momentos hemos dejado olvidado, hoy se ha convertido en la primera institución sanitaria con la que contamos. Tener un techo que nos proteja, a los nuestros y a nosotros, que cuente con los metros mínimos para poder pasar tiempo en convivencia, también se ha vuelto en una necesidad y hasta en una norma a futuro para diseñar espacios.

Hace apenas unos días leía en redes sociales que la crisis sanitaria por este nuevo tipo de generará modificaciones en la dimensión que deben tener los balcones de departamentos. ¿Cuántos gozamos de un balcón para empezar? ¿O de otras áreas que hoy son consideradas urgentes y que antes solo eran “amenidades”?

Incluso las azoteas y el espacio que se dedica a ellas se han vuelto necesario para sobrellevar la contingencia y el aislamiento social. El ejercicio físico, escuchar música, leer, pintar, escribir, terminan de ser pasatiempos a significar formas en que nuestro cerebro y nuestras emociones pueden adaptarse a nuevas condiciones de vida.

Estos cambios nos demandarán muy pronto que pensemos en las soluciones que permitan sociedades más justas y equilibradas, respetuosas con el medio ambiente y conscientes de que como especie solo estamos como invitados en el planeta, junto con muchos organismos que buscan vivir al igual que nosotros, se trate de un animal o de un virus microscópico.

Pero todo a su tiempo. Primero mantengamos la y evitemos que nuestras y nuestros adultos mayores salgan a la calle, aunque debemos estar muy pendientes de ellos; cuidar a las y los niños para que este episodio los fortalezca y les enseñe que llegó el momento de que, entre todos, podamos reconsiderar el mundo que pensamos dejarles.

Así que hay una oportunidad de que revisemos desde cómo se encuentra nuestra azotea, para saber si podemos pasar tiempo valioso bajo el sol en este confinamiento, hasta reflexionar seriamente sobre la manera en que convivimos con la familia, con los vecinos y con muchas personas que forman parte de nuestro círculo inmediato.

La morajela es encontrarle sentido a lo que vivimos y extenderlo a los tiempos que vienen, cuando una nueva normalidad nos atrape de nuevo y corramos el riesgo de que se nos olvide el valor real de las cosas importantes, ese que apreciamos justamente en el momento en el que las circunstancias nos las quitan.

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