Faltan horas para que concluya el primero de los seis años de un cambio de época por el que millones votaron en 2018. Se han hecho muchos análisis sobre lo que ha ocurrido y algunos sobre lo que nos depara un año complejo en lo interno y en lo externo como se anticipa 2020.

Somos una sociedad que espera mucho de sus gobiernos, en particular la solución de problemas en los que no necesariamente deben o deberían intervenir; ello nos da cierta tranquilidad al transferir parte de la responsabilidad a autoridades que de antemano sabemos que tienen poco margen de maniobra para cumplir lo que prometen.

A esa viciosa transferencia de problemas, ahora tenemos que sumarle la división que a diario se trata de fijar en espacios públicos como las o los chats de mensajería instantánea y que terminan por dejar una sensación de que como ciudadanía nos quejamos mucho, pero participamos poco y ayudamos menos.

Esperamos resultados milagrosos, aunque nuestra revisión de compromisos asumidos a favor de nuestra comunidad más cercana (nuestros vecinos, por ejemplo) deja mucho que desear, frente a lo que podríamos lograr si pudiéramos ponernos de acuerdo en nuestro propio edificio.

De ahí, podríamos evaluar nuestra voluntad para aceptar cambios o, más importante, provocarlos en el trabajo, en la escuela o en cualquier otra comunidad donde pasamos la mayor parte del tiempo antes de regresar a nuestro domicilio, sin contar el análisis que deberíamos hacer cuando conducimos o vamos en el transporte público.

Queremos reglas para casi todo, pero que sean aplicables sólo a los demás, porque nosotros tenemos la idea fija de que nuestro proceder es el correcto en la mayoría de las ocasiones. No tenemos disposición para aceptar las normas, a menos de que éstas sean impuestas por medio de la fuerza o de algún grado de coerción. Es decir, nos interesa más evitar el castigo que el cumplimiento de los preceptos que nos ayudarían a vivir mejor.

Pongo dos ejemplos: un reportaje que le cuesta el puesto al responsable del alcoholímetro en la Ciudad de , probablemente el único programa oficial que todos considerábamos incorruptible y, por lo tanto, ejemplo de que vencer la impunidad era posible.

El segundo es la dolorosa travesía en Metro que narró en un usuario en silla de ruedas. A manera de contexto, las ciudades exitosas son aquellas que logran construir una infraestructura pública que le facilita la movilidad a las personas adultas mayores y con discapacidad. En México, por lo general, las ciudades se olvidan de quienes pueden romperse una extremidad (que somos todos) o de que vamos a envejecer tarde o temprano.

Alguna vez, con base en el análisis de miles de datos que nos proporcionó la ciudadanía, llegamos a la conclusión de que el 70 por ciento de las quejas vecinales, las cotidianas, se reducían a resolver los siguientes problemas: recolección de basura, iluminación en las calles, bacheo, retirar autos abandonados, y contar con agua potable de manera regular.

Me preguntarán por la seguridad, ésa es la prioridad número uno en cualquier municipio, pero no está entre las que diariamente nos agobian, tal vez porque los delincuentes no son más que nosotros y tampoco tienen tanto tiempo para asaltarnos todos los días.

Es más, si se solucionan las primeras, la inseguridad disminuye junto con su percepción y modifica tanto las posibilidades del criminal para hacer lo suyo, al mismo tiempo que aumenta la presencia de vecinos y policías para evitar que lo consiga.

En resumen, las sociedades que han podido vencer los obstáculos cuentan con un alto sentido de compromiso vecinal, de respeto personal por la ley, de reconocimiento a sus autoridades de seguridad y de participación para presionar y resolver esos siete problemas de cada 10 que los afectan.

Si el 2020 será próspero, no dependerá de gobiernos, de más normas o de discursos en , tendrá que venir de la sociedad organizada, y de una manera mucho más sólida que el crimen, la corrupción y los grupos de interés que prefieren que todo siga igual o como antes. Felicidades y mis mejores deseos siempre.

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