Ahora toca hablar del tema de los adultos de la cuarta edad, y el COVID. Otra situación difícil.

No es novedad que desde los 30 años, se van perdiendo visión, audición y la fuerza muscular. Con el paso del tiempo, vamos adquiriendo más enfermedades, como diabetes, hipertensión, artritis, afecciones cardiovasculares y pulmonares, entre otras. Incluso la forma en que nuestro cuerpo se defiende ante las bacterias y los virus se va modificando, como por ejemplo la tormenta de citoquinas en COVID, que es más común en los más viejos que en los jóvenes.

Otras funciones, mentales como Alzheimer o demencias seniles van aumentando y la capacidad de resiliencia y creatividad se van deteriorando.

Esto los vuelve mucho más sensibles al COVID, en distintos aspectos, emocionales, sociales y patológicos: hay mayor grado de letalidad.

Con estos antecedentes no es fácil soportar o entender el arribo del COVID y la nueva forma de vida, impuesta a los los adultos mayores que difícilmente pueden enfrentar estos cambios tan radicales e importantes:

Ellos medio escuchan, medio ven y medio entienden esta nueva normalidad, a la que son sometidos, que rechazan y no comprenden.

No pueden salir a sus paseos matutinos, no pueden visitar a sus hijos y nietos, tampoco recibirlos en sus casas. No pueden darse el lujo de salir a un restaurante o ir a tomar un helado. Ni siquiera pueden salir a su cita del doctor, para que les dé una receta con la lista de fármacos que les ofrezca la esperanza de estar mejor. Los templos, o lugares de rezo, también están vetados. Con los amigos, ni se diga, muchos de ellos han desaparecido en sus casas, o de esta vida.

Al no ver ni entender claro, suponen que están confabulando en su contra:

Vi la graduación de mi nieto- dice el hijo
ahh fuiste?- contesta el abuelo
-no, no fui, sólo fue por Zoom-
-por eso, pero a mi me hubiera gustado ir, siempre he ido a esos eventos...-
Coexisten dos realidades en la mente del viejo. Es decir, saben, pero no saben. Entienden, pero no entienden. Y no hay una fecha para regresar a la cotidianidad.
El mundo se les volteó de cabeza”

Es así cómo la paranoia, la melancolía, el miedo y la frustración los invaden. Se pierde el deseo de crear, de cambiar, quieren repetir su normalidad, su día a día.

Encima los cubrebocas, o las visitas detrás del vidrio, que esconden las palabras y las caras. Por qué se queda afuera? Se preguntan.

Les dicen que se contacten por Zoom a la clase de yoga (que nunca habían hecho) o que vean las dramáticas noticias, alterándolos más.

No sólo les cambia el paisaje, sino la forma de vida a la que están acostumbrados por años. El tiempo entre visita y visita de algún familiar se vuelve más largo: el tiempo no pasa igual para ellos que para nosotros. Se sienten solos e intimidados por la tecnología que es muy difícil para ellos. Ver al otro vía imagen tecnológica, es muy distinto a sentir su presencia física.
Aunque peor es nada.

Si van a comprar algo, tiene q ser a través de una app que sólo saben usar los otros, y con tarjeta de crédito, si la enfermera o muchacha van a salir, el hijo(a) tiene que autorizar para que, al regresar, por lo menos, tome las medidas de higiene.

Luego esta la angustia de los hijos ante cualquier síntoma por mínimo que sea: tosió !!! Rápido háblale al doctor... le bajó oxigenación a 90!!! háblale al doctor! Si el primo del cuñado tuvo COVID, hay que cuidar más ...

No puede recibir los nuevos tratamientos (como cortisonas) porque tiene alta presión, o diabetes... La lista se va eternizando , complejizando y agudizando.

Por otro lado, hay familiares que con pretexto del contagio, se alejan y se desentienden de los viejos, dejándolos muy solos.

Los más jóvenes tienen que soportar el gran dolor de ver a los que antes eran grandes, fuertes, sanos y ejemplo a seguir, que ahora están más indefensos.

A pesar de la tristeza e impotencia, es muy importante que los hijos y/o nietos estén cercanos para rescatarlos del caos que están viviendo, aunque sea por teléfono, que se sientan acompañados, y que perciban que a pesar de que todo cambió, los demás están al pendiente de ellos. Una manera es pedirles en lo que ellos eran buenos: economía, cocina, historia, recuerdos o cultura.

Aunque el mundo se les volteó de cabeza, hay que buscar el hilo conductor de algo que se perciba como apoyo y que les de certeza.
No me abandones en mi vejez, dice la Biblia.
¿Qué puedes hacer tu?

4 COMENTARIOS

  1. Yo creo que la mayoría de los viejos, ( a quIenes ustedes llaman cuarta edad creyendo que el adjetivo de viejos es ofensivo), no respondemos a esos parámetros de semi conciencia o semi comprensión de la realidad. Creo que yo puedo incluirme en ese grupo; tengo 84 años y las edades de mis amigas, con las que me comunico por teléfono, WhatsApp o email, oscilan entre 80 y 93 años. Somos conscientes de la gravedad de la actual pandemia y aceptamos las limitaciones que ella nos impone, por lo menos hasta que se encuentre una vacuna o una forma más o menos segura para tratarnos. Por supuesto que el apoyo de nuestra familia es fundamental. Pero me desagrada su descripción de mi grupo etario. Seguro que hay personas deterioradas que corresponden a su visión sobre nosotros, pero gracias a todos lo adelantos de la ciencia y la civilización, somos una mayoría lúcida, que maneja internet y que comprende perfectamente lo que está sucediendo, y que frena sus salidas para cuidase.
    Espero que, durante el resto de nuestras vidas, nuestras familias nos sigan tratando como adultos racionales, y no con esa forma displicente, y para mí desagradable, como correspondería a personas medio desubicadas en el mundo como usted generaliza en nuestro grupo de “cuarta edad”.

    • Querida Norma: te agradezco esa gran corrección, y te admiro por tu participación en el mundo. Mil gracias y te mando un fuerte aplauso muy merecido !
      Atte. Jenny Harari

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Jenny Harari es Dra. en Psicoterapia Psicoanalítica.