En septiembre de 2016, un agente de policía de East Liverpool, Ohio, paró un vehículo por conducir erráticamente e hizo un descubrimiento asombroso: el conductor se hallaba apenas consciente y una mujer estaba desplomada en el asiento del copiloto. En la parte de atrás había un niño de cuatro años, según el informe policial, que identifica a la mujer como la madre del niño, aunque según un amigo de la familia en realidad es su abuela.

El policía llamó a una ambulancia y cuando llegaron, les administraron un fármaco para salvarles la vida, llamado Naxolona. Después de reanimarlos, la policía les arrestó y contactó con el Servicio de Protección de Menores. El conductor fue sentenciado a 180 días de prisión por conducir bajo la influencia de drogas y poner en peligro al menor.

 

Uno de los agentes tomó una fotografía, sin conocimiento, en la que puede observarse el brazo de uno de los policías sosteniendo la cabeza de la mujer y la mirada atónita del menor. Las autoridades tomaron una decisión sin precedentes, publicar la fotografía; con el siguiente mensaje: “Es el momento de que el público que no consume drogas vea con lo que tenemos que lidiar diariamente“, “sentimos que necesitamos ser una voz para los niños atrapados en este desastre horrible. Este niño no puede hablar por sí mismo, pero esperamos que su historia pueda convencer a otros consumidores de drogas para que se lo piensen dos veces antes de inyectarse ese veneno mientras tienen a un menor bajo su custodia”.

 

Este es un hecho más que forma parte de los que se ha definido como una crisis nacional en los . Los datos lo justifican: se estima que cada día mueren en ese país, más de 90 personas por sobredosis de opioides; sustancias que incluyen, medicamentos recetados para aliviar el dolor, la heroína y los opioides sintéticos, como el fentanilo.

 

El CDC (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades) estima que en ese país la carga económica total derivada del abuso de opioides recetados es de $78,500 millones por año; esto incluye los costos de atención médica, la pérdida de productividad, el tratamiento y los gastos en el sistema judicial.

 

Para el año 2020, se estimó que 2.7 millones de personas tuvieron problemas por consumir opioides y que las muertes por sobredosis se cuadruplicaron desde 1999 hasta 2016; en este periodo murieron más de medio millón de personas. Lamentablemente las consecuencias de la crisis de opioides incluyen a un numero creciente de bebés que nacen dependientes de los opioides, porque sus madres consumieron estas sustancias durante el embarazo; así como el aumento de enfermedades infecciosas, como el VIH y la hepatitis C.

Estos números se están incrementando de manera más significativa durante la pandemia de COVID-19. En noviembre de 2020, se reportó la muerte de 100,306 personas en los 12 meses anteriores, lo que supone un aumento de casi 30 % respecto al año anterior.

 

Entre otras razones que explican la crisis de los opioides es la excesiva sobre medicación de medicamentos analgésicos y en al abuso, fuera de prescripción, de estos analgésicos que son utilizados para aliviar dolores diversos. Parece que vivimos en una sociedad que tiene fobia al dolor y busca el placer.

 

El Instituto Nacional sobre Drogas (NIDA) advierte que casi 30 % de los pacientes a los que se prescribe opioides para reducir el dolor los usan de forma inapropiada. Alrededor de un 10% llega a desarrollar adicción. Los problemas de consumo se inician por el uso de estas sustancias con fines médicos, continúan por el uso fuera de prescripción (abuso) y la posterior dependencia (adicción).

 

En los últimos años se registra el incremento en el consumo de fentanilo que es 200 veces mas poderoso que la morfina; una pequeña cantidad, el equivalente a una cuchara de azúcar sería suficiente para producir 7000 dosis, por lo tanto, el riesgo de sobredosis es alto, como altos son los ingresos del crimen organizado por este negocio ilegal. De acuerdo con un reporte de la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA), el fentanilo se ha convertido en la droga que más ingresos deja a los grupos criminales, los cuales, con sólo una inversión de cinco mil dólares, comprando productos químicos en México o China, pueden hacer tantas píldoras para generar millón y medio de dólares de ganancias.

 

La Doctora Nora Volkow, Directora del Instituto Nacional sobre Drogas (NIDA) de los plantea que con el auge del fentanilo se está manifestando otra tendencia alarmante, personas que nunca habían consumido opioides consumen fentanilo mueren como consecuencia de su ingesta, aún en el primer consumo. “No son consumidores de opioides; no saben que esta droga está manipulada y mueren con una sola exposición”.

 

Los opioides son las sustancias más adictivas, lo cual se explica por el hecho de que el cerebro humano produce de manera natural sustancias químicamente parecidas a los opioides ya que nos sirven para regular funciones relacionadas con nuestro bienestar. Estas sustancias se denominan endorfinas y actúan como potentes analgésicos (disminuyen el dolor) y estimulan los centros de placer.

 

Se trata de sustancias que se elaboran en la hipófisis y el hipotálamo, se estima que existen al menos 20 tipos, entre otras, la oxitocina llamada la «hormona del amor» que es esencial en el momento del parto, la lactancia y favorece el vínculo entre padres e hijos, así mismo promueve la confianza, la empatía y los vínculos con otras personas.

 

Existen otras sustancias que favorecen sensaciones positivas y de placer. Son conocidas como “las hormonas de la felicidad”, estas incluyen la dopamina que produce estados de bienestar, ya que se libera en actividades que producen recompensas. Se asocia a sensaciones agradables, junto con el aprendizaje y la memoria. Por su parte, la Serotonina ayuda a regular el estado de ánimo, así como los ritmos circadianos del cuerpo. Además, engloban procesos biológicos como el sueño, el apetito y la digestión.

 

Cuando una persona consume opioides experimenta la supresión del dolor y sensaciones de euforia, somnolencia, relajación, así como una ligera disminución de la frecuencia respiratoria, náuseas, vómitos, estreñimiento, pérdida de apetito y sudoración.

 

Con dosis más altas, estos efectos son más intensos y duran más, los opioides producen un estado de euforia momentáneo (que es lo que buscan los adictos). Sin embargo, el uso regular resulta en estreñimiento, pérdida de interés sexual y un ciclo menstrual irregular en las mujeres; que incluso pueden llegar a dejar de menstruar. El efecto más peligroso de estos narcóticos es el no poder respirar, porque los opioides son drogas depresivas que afectan las zonas del cerebro que controlan la respiración. Pueden causar paro respiratorio o estado de coma y con ello que la persona llegue a morir. El efecto se agrava si se combinan con otros depresores como el alcohol o medicamentos para la ansiedad, o para dormir.

 

Al igual que otras sustancias, cuando las personas son adictas a los opioides, no pueden pensar en ninguna otra cosa más que en la droga. Esta se convierte en la prioridad número uno en sus vidas, desplazando a su familia, el trabajo y su proyecto de vida.

 

Como se ha mencionado, los opioides son las sustancias más adictivas, ya que estimulan el circuito de recompensas en el cerebro y liberan grandes cantidades de dopamina, lo que determina que las personas que son vulnerables en aspectos emocionales o físicos, busquen continuamente experimentar los efectos de las sustancias, como si su vida dependiera de ello.

 

Esto se convierte en una trampa química, ya que el cerebro no distingue entre recompensas naturales y las drogas exógenas. Cuando alguien las consume de manera regular, se reduce la cantidad de receptores o la producción de dopamina en el circuito de recompensa y con ello se reduce la producción natural de dopamina; causando que la persona experimente sensaciones de malestar y displacer. Por ello frecuentemente caen en un círculo vicioso del que no pueden salir, ya que lo único que lo va a reanimar es volverse a drogar para que el nivel de dopamina vuelva a ese nuevo nivel de normalidad. Además, la persona consumidora a menudo necesitará tomar mayores cantidades del narcótico para producir el mismo nivel deseado de dopamina, un efecto conocido como tolerancia. La adicción a las drogas erosiona el auto-control y la capacidad de una persona para tomar decisiones acertadas, mientras produce impulsos intensos para consumir drogas.

 

Los momentos de incertidumbre, tensión, estrés, crisis y desigualdades económicas, tienden a asociarse con niveles más altos de adicción a los opioides. Algunos de los mayores factores de riesgo de sobredosis son la desconexión social y el consumo en solitario. Los confinamientos pandémicos, aunque a veces necesarios para combatir la propagación de la enfermedad, incrementaron la soledad, así como el aislamiento físico y social.

 

Las estadísticas muestran que, entre la sociedad norteamericana, el numero de personas que viven en continuo dolor emocional es cada vez más creciente. Un reporte del Cirujano General, autoridad sanitaria en ese país, muestra que “más de 1 de cada 5 adultos a menudo o siempre se siente solo, sin compañía, se siente excluido o se siente aislado de los demás“. ‎‎ ‎En 2011, 25% de las personas mayores de 65 años se consideraban socialmente aisladas, para 2018, aumentó a 43%.

 

Las consecuencias de este fenómeno son preocupantes, las personas que están socialmente aisladas tienen un riesgo 50% mayor de demencia, un riesgo 29% mayor de enfermedad coronaria y un riesgo 32% mayor de accidente cerebrovascular en comparación con las personas que no están socialmente aisladas. ‎‎ Se ha demostrado que las personas con relaciones sociales más fuertes tenían 50% más de probabilidades de supervivencia que las personas con relaciones sociales más débiles.

 

La evidencia sugiere que la pandemia de COVID-19 puede haber aumentado la prevalencia del aislamiento social y la soledad. Según una encuesta realizada en agosto de 2020, el 66% de los adultos, y el 75% de los adultos jóvenes de 18 a 34 años, informaron haber experimentado aislamiento social durante la pandemia de COVID-19. ‎‎‎‎‎ A menudo, las personas que experimentan aislamiento social también informaron sentirse frustradas, estresadas, ansiosas, cansadas o tristes. ‎‎ ‎‎

 

Es evidente que la dinámica acelerada del mundo moderno, las crisis económicas y de salud impactan de manera notoria en las personas más vulnerables, provocando situaciones de desconexión social, estrés, depresión, ansiedad y aislamiento, y con ello profundo dolor y sufrimiento emocional.

 

Resulta paradójico que las personas que viven en sociedades con altos niveles de desarrollo se sientan insatisfechos, que en la era de la comunicación digital se sientan aislados. La dinámica competitiva provoca estados de angustia, depresión y frustración en amplios sectores de la población, principalmente entre quienes son más vulnerables. Para algunos filósofos y sociólogos estamos viviendo la era del vacío, en una sociedad liquida sin referentes (Zygmunt Bauman) o en la anomia social (Durkheim), caracterizada por la ausencia de la solidaridad social, relacionada a las transiciones y transformaciones culturales, a la erosión y el rompimiento de los vínculos entre los individuos y la sociedad; la disfuncionalidad de los sistemas normativos, en los que las reglas y normas ya no cumplen adecuadamente la función de orientar el comportamiento de los individuos y las consecuencias psicológicas que provocan.

 

El consumo de drogas, provoca una falsa sensación de conexión, seguridad y noción de alivio ante el sufrimiento; es una respuesta momentánea que puede resultar en una trampa mortal, al quedar atrapados en el circulo de la necesidad y el deseo y la obsesiva necesidad de satisfacciones inmediatas.

 

Es un hecho que esta crisis expresa también la crisis de la sociedad actual y en México seguimos estos pasos; también es un hecho que las neurociencias nos demuestran que existen formas naturales de experimentar estados de vida satisfactorios y crear estilos de vida con un buen nivel de bienestar y hasta de felicidad. Cuando practicamos hábitos saludables, relaciones sociales armónicas, cuando las personas cuidan a sus hijos o se enamoran, se esfuerzan por alcanzar grandes propósitos de vida, practican la solidaridad y las relaciones sociales para el bien común, producen de manera natural drogas endógenas que alivian los estados de ansiedad, estrés y depresión y generan estados de bienestar, calma, alegría y favorecen la vinculación afectiva o emocional, elemento de protección indispensable para la salud física y mental.

 

El MPICD. José Manuel Castrejón Vacio es Jefe y docente del Área del Estudio de las Adicciones de la Universidad Hebraica de México. Es Licenciado en Psicología Clínica por la UNAM y Maestro en Atención Integral del Consumo de Drogas, por la Universidad Veracruzana; cuenta con una amplia trayectoria de 30 años trabajando principalmente en la Administración Pública Federal en actividades de diseño y desarrollo de políticas públicas contra las adicciones y como responsable de programas nacionales contra el abuso del alcohol, el tabaquismo y la farmacodependencia. Ha formado parte de diversos grupos interinstitucionales y ha representado a nuestro país en reuniones de organismos internacionales especializados en materia de reducción de la demanda de drogas.

MPICD José Manuel Castrejón Vacio

Jefe del Área del Estudio de las Adicciones de la Universidad Hebraica de México